Tuve miedo

Tuve miedo

La mente es poderosa. Demasiado, diría yo. El miedo (en ocasiones, irracional), puede bloquearnos hasta el punto de vivir pensando constantemente en cosas que aún no han sucedido, ni sucederán. A mí me pasa a menudo y aunque intento dejar a un lado la angustia, a veces es difícil. De esa clase de «miedos» trata el texto que tenéis a continuación.

Como siempre, muchísimas gracias por leerme. Sé que he estado un tiempo sin actualizar el blog, pero ya tengo preparados algunos borradores que espero publicar pronto.

¡Feliz semana!

PD: Escuché la nueva canción de La Oreja de Van Gogh, Abrázame, en un momento protagonizado por uno de esos «miedos». Y de ahí surgió este relato. 🙂

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María y Teófilo

María y Teófilo

María y Teófilo, que dan título al siguiente relato, son mis abuelos. Esta es una historia dedicada ambos y con ella me presento al concurso literario #NuestrosMayores organizado por Zenda Libros e Iberdrola.

La última vez que hablé con mi abuelo fue el 20 de marzo. Una semana después había enfermado a causa de la COVID-19. Recuerdo que, entonces, publiqué un post en Twitter para descargar la incertidumbre, la rabia y la impotencia que sentía. No sabía que esas palabras darían forma a este relato. A fin de cuentas, el texto que tenéis a continuación está basado en hechos reales. Narra cuanto hemos vivido desde aquel día… y cuanto seguimos viviendo.

Me gustaría aclarar que, pese a reflejar fielmente lo que ocurrió aquellos días, no todo sucedió tal y como está redactado. San Bartolomé de Pinares es un lugar hermoso y hermosas son sus gentes. Durante esas largas madrugadas en las que a mis abuelos se les iba la vida, no estuvieron solos. Hubo gente que quiso echarles una mano. Quiero agradecer especialmente la ayuda desinteresada de Segundo, amigo y vecino de mis abuelos desde su juventud; de Carmen y Teodoro Vaíllo, que han estado pendientes de ellos a diario; y de Lolita, sobrina de mi abuela María. Todos ellos acudieron rápidamente a socorrer a mis abuelos. Que «el vecindario desoyó» sus llamadas de auxilio es lo único de este relato que no se ajusta a la realidad. Sin embargo, quería expresarlo así porque de alguna manera tenía que transmitir la soledad descarnada, la cruel incertidumbre y la impotencia enrabietada de quien solo puede observar y esperar.

Han sido muchas, muchísimas, las muestras de cariño y apoyo que mi abuela ha recibido en todos estos meses por parte de sus vecinos bartolos. Y yo, desde este humilde rincón de literatura, quiero darles las gracias. De corazón. ¡Millones de gracias!

Espero que os guste y deseo que pronto salgamos de esta. ¡Fuerza a todos!

Nos leemos.

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Fantasmas de vena en vena

Fantasmas de vena en vena

Tuve mi primer ataque de ansiedad hace dos años. No sé si recordaréis el anuncio que Campofrío emitió las pasadas Navidades. Sí, sí, ese que protagonizaba Javier Gutiérrez, entre otros rostros conocidos de la televisión. Yo trabajaba en la empresa en la que se rodó dicho spot. En aquellos enormes espacios abiertos que se pueden ver durante el anuncio, teníamos ubicados nuestros puestos de trabajo. Mi departamento, Marketing, se mezclaba con los demás. A nivel de comunicación interna me han enseñado siempre que esta distribución es buena porque permite conocer mejor a los compañeros con los que compartes 8 horas diarias o más. Sin embargo, el ajetreo y el ruido eran, en ocasiones, tan abrumadores, que entorpecían el trabajo más que cualquier otra cosa.

Allí, sin despachos que alejaran las miradas curiosas ni las palabras amargas, mi antigua jefa me echó una bronca desproporcionada (a gritos) por un asunto del que yo no fui nunca responsable. Allí, delante de todos. Escabechina pública. No entendía nada, pero puesto que aquello no era un caso aislado, sino que fue la gota que colmó el vaso, estallé. Recuerdo que una compañera tuvo que sacarme de la oficina porque ya no podía seguir tragándome las lágrimas mientras me ahogaba. Fue ella quien me informó de que estaba teniendo un ataque de ansiedad. El primero, mas no el último, por desgracia.

El texto que tenéis a continuación lo redacté hace tiempo (varios meses atrás) mientras intentaba calmar uno de esos ataques de ansiedad. Además de aprender a controlar la respiración para relajarme y tomar tilas dobles, escribir es otro de mis trucos para descargar la tensión que a veces me inunda. Eso sí, ojalá no lo hubiera escrito nunca. Creo, sin embargo, que es importante compartirlo para contribuir a dar visibilidad a un problema serio que cada vez afecta y condiciona a más personas.

Sin más, os dejo con Fantasmas de vena en vena.

Nos leemos pronto aquí, como siempre. En Radhuk 🙂

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Si supiera hablar la lluvia

Si supiera hablar la lluvia

Hacía muchísimo tiempo que no escribía un relato romántico. Raro, rarísimo en mí. Antaño no dejaba de redactarlos. Hoy vuelvo a la carga. Hoy, que llueve, hablamos precisamente de lluvia, pero sobre todo… de amor.

El siguiente relato es un recuerdo de la tormenta más bonita que he vivido. Una que ya dura cuatro años. Bendita lluvia. Que no acabe nunca.

Espero que os guste.

¡Nos leemos por Radhuk!

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Kintsugi

Kintsugi

Mi madre padece fibromialgia. Se la diagnosticaron oficialmente hace algún tiempo, pero estoy convencida de que sufre esta enfermedad cruel y silenciosa desde hace muchísimos años. Siempre que echo la vista atrás, la recuerdo sumergida en un profundo dolor… un dolor camuflado, disfrazado de enrevesadas contracturas tejiendo su espalda. No eran contracturas: era fibromialgia. Y el dolor no se concentraba únicamente en la espalda, sino que se expandía por todo el cuerpo. Todo. Duele hasta el alma. Desde que amanece hasta que anochece. Siempre. El dolor no cesa, no descansa, no concede una tregua. No tiene cura. Aunque entonces, cuando mi madre tenía poco más de treinta años, ni siquiera sabíamos de la existencia de esta enfermedad crónica.

A día de hoy, tiene el cuerpo cosido a moratones, trenzado con venas negras y heridas de guerra. Pero todo eso es invisible a los ojos. La fibromialgia es una enfermedad cruel porque nadie, salvo quien la padece, es consciente del sufrimiento que acarrea. Hace unos meses, una antigua compañera de trabajo redactó un artículo desgranando la enfermedad, concienciando sobre ella. Creo que es importante darle voz y, por eso, más allá del siguiente relato, quería compartirla con vosotros. Se llama Sí, me duele, y podéis leerlo en este enlace.

Ahora sí. Quería hablar de todo esto para contextualizar el texto que tenéis ante vosotros: Kintsugi. ¿Por qué se llama así? El kintsugi es una técnica creada por los japoneses para reparar objetos rotos (sobre todo, piezas de cerámica) volviendo a unir sus pedazos con oro. Pretenden simbolizar así la belleza de las cicatrices y la historia que cada una de ellas cuenta. En lugar de ocultar las roturas, las acentúan. Esta técnica nos enseña cómo, a pesar de estar destrozados, podemos levantarnos y volver más fuertes.

Yo, cada vez que veo a mi madre, no percibo en ella los golpes causados por la fibromialgia, sino que puedo contemplar claramente sus grietas bañadas en oro. De ahí el título del relato. Es y siempre será un ejemplo para mí por la manera en que sonríe a la vida con ganas, con fuerza, con valentía, con fiereza. Siempre luchando. Me dijo que le gustaría que escribiera algo sobre la fibromialgia… y aquí está.

Fuerza a todos. No estáis solos. Hagamos que esta enfermedad deje de ser invisible.

Feliz lectura.

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