Kintsugi

Kintsugi

Mi madre padece fibromialgia. Se la diagnosticaron oficialmente hace algún tiempo, pero estoy convencida de que sufre esta enfermedad cruel y silenciosa desde hace muchísimos años. Siempre que echo la vista atrás, la recuerdo sumergida en un profundo dolor… un dolor camuflado, disfrazado de enrevesadas contracturas tejiendo su espalda. No eran contracturas: era fibromialgia. Y el dolor no se concentraba únicamente en la espalda, sino que se expandía por todo el cuerpo. Todo. Duele hasta el alma. Desde que amanece hasta que anochece. Siempre. El dolor no cesa, no descansa, no concede una tregua. No tiene cura. Aunque entonces, cuando mi madre tenía poco más de treinta años, ni siquiera sabíamos de la existencia de esta enfermedad crónica.

A día de hoy, tiene el cuerpo cosido a moratones, trenzado con venas negras y heridas de guerra. Pero todo eso es invisible a los ojos. La fibromialgia es una enfermedad cruel porque nadie, salvo quien la padece, es consciente del sufrimiento que acarrea. Hace unos meses, una antigua compañera de trabajo redactó un artículo desgranando la enfermedad, concienciando sobre ella. Creo que es importante darle voz y, por eso, más allá del siguiente relato, quería compartirla con vosotros. Se llama Sí, me duele, y podéis leerlo en este enlace.

Ahora sí. Quería hablar de todo esto para contextualizar el texto que tenéis ante vosotros: Kintsugi. ¿Por qué se llama así? El kintsugi es una técnica creada por los japoneses para reparar objetos rotos (sobre todo, piezas de cerámica) volviendo a unir sus pedazos con oro. Pretenden simbolizar así la belleza de las cicatrices y la historia que cada una de ellas cuenta. En lugar de ocultar las roturas, las acentúan. Esta técnica nos enseña cómo, a pesar de estar destrozados, podemos levantarnos y volver más fuertes.

Yo, cada vez que veo a mi madre, no percibo en ella los golpes causados por la fibromialgia, sino que puedo contemplar claramente sus grietas bañadas en oro. De ahí el título del relato. Es y siempre será un ejemplo para mí por la manera en que sonríe a la vida con ganas, con fuerza, con valentía, con fiereza. Siempre luchando. Me dijo que le gustaría que escribiera algo sobre la fibromialgia… y aquí está.

Fuerza a todos. No estáis solos. Hagamos que esta enfermedad deje de ser invisible.

Feliz lectura.

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Cuando blanco amaneces

cuando blanco amanece

El invierno ya ha llegado y mi pueblo, San Bartolomé de Pinares, comienza a vestir de blanco. No quiero decir con ello que sus calles empiecen a llenarse de nieve. Ya en raras ocasiones sucede eso. Antaño, cuajaba tanto que los niños podían tirarse desde el punto más alto dentro de una caja de cartón, como si fuera un improvisado trineo, y bajar las pendientes a toda velocidad resbalando sobre el hielo. Mi abuela cuenta que, en ocasiones, tenía que sacar la pala de la cuadra para retirar la nieve de la puerta de su casa porque apenas se podía salir al exterior.

Cada año, las nevadas intensas, como las de entonces, son más un recuerdo que una realidad. El cambio climático nos ha conducido a estar prácticamente en manga corta en pleno mes de noviembre. Pero mi pueblo sigue igual de bonito. Cuando el cielo se tiñe de blanco y se refleja en el suelo; cuando las chimeneas comienzan a funcionar a pleno rendimiento y se encienden los braseros; cuando los bartolos se refugian en abrigos y bufandas de lana; y acumulan leña para sobrevivir al frío. Está precioso. Y quería reflejarlo en el texto que tenéis a continuación.

Creo que este es uno de esos relatos de libre interpretación según el lector. Mi visión del mismo es la de mi pueblo en invierno, pero he podido sorprenderme gratamente al escuchar otras opiniones de quienes pudieron leerlo antes de verlo publicado en Radhuk. Interpretaciones que hablan sobre la vejez, el paso del tiempo o el Alzhéimer. Y me ha parecido curioso a la par que bonito, porque creo que así, entre todos, enriquecemos estas líneas.

Espero que os guste 🙂 ¡Besos literarios!

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Ausente

ausente

He vuelto a escribir. En realidad no he dejado de hacerlo, pero tampoco he llegado a cerrar ningún texto. Hay finales que nunca llegan a serlo por la inseguridad que a uno le golpea en el pecho y le devora los pensamientos. Pero esto no podía seguir así. Por eso, armada de un valor que aún tiembla de miedo, me he echado al teclado para derramar lo primero que saliera del corazón. Y este es el resultado.

Con más temor aún, me atreví a mostrarle este relato a mi madre para después presentarlo, a mediados de agosto, al concurso de narrativa de mi pueblo, San Bartolomé de Pinares. No esperaba ganar. En serio. La sorpresa cuando escuché que había quedado en primera posición por segundo año consecutivo ha sido mayúscula. Y no puedo por menos que estar y sentirme muy agradecida. ¡Gracias, gracias, gracias! 🙂

No voy a mentir, he echado de menos a la Esther que escribía. Siento que en algún momento la enterré en lo más profundo del alma. Así, sin motivos. Porque no sentía que valiese para seguir plasmando palabras. Porque, quizás, las expectativas siempre han sido demasiado altas y la voluntad débil. No lo sé. Pero mientras renuevo y curo ese valor del que os hablaba, he decidido retomarlo donde lo dejé. Para seguir adelante. Siempre.

Espero que os guste este pedacito (ahora vuestro) de mí.

¡Nos leemos pronto!

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Versos al paso: ¡Estamos en Canillejas!

Versos al paso

Hoy no, hoy no os traigo un relato. Permitidme este pequeño paréntesis para compartir con vosotros algo que me ha hecho tanta ilusión que, incluso después de haberlo visto con mis propios ojos, me resulta difícil de creer: un pedacito de estas Crónicas vistiendo el asfalto de mi ciudad.

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Ojalá

Ojalá

Cuando el frío peinaba las calles, yo escribía acerca de funambulistas que bailaban sobre abismos imposibles. ¿Lo recordáis? Vengo de allí, de donde esos funambulistas sueñan ya con esa noche. Los abrigos continúan en el armario porque el calor estos días es sofocante y el fuego, lejos de arder en cada esquina, lo lleva dentro la gente que ha caminado por San Bartolomé de Pinares la última semana de agosto. ¿Por qué os cuento esto? Porque este año decidí presentarme al concurso literario del pueblo más bello de Ávila con «Funambulistas» y el relato resultó ser el ganador del primer premio. ¡No os imagináis la ilusión que me hizo! Para mí es muy especial recibir ese reconocimiento en el lugar que cada verano me ha visto crecer, aprender, madurar y ser lo que soy hoy. Por eso quería hacer una mención especial en esta entrada y agradecer, una vez más, al jurado que decidió que esa era la historia merecedora de tal puesto. ¡Gracias!

Y ahora sí, poco a poco despedimos el verano… Os dejo con el siguiente texto. Para ser sincera, comencé a escribirlo hace un par de meses. Volvía a Madrid desde Valencia en un autobús escuchando a Beret. Seis horas de viaje sirvieron para dar vida a las primeras palabras que leeréis aquí. El resto, las haréis respirar vosotros.

¡Muchas gracias por seguir ahí!

¡Nos leemos!

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