Descolorido

¡Buenos días! Hace un par de semanas descubrí (o más bien me enseñaron) una canción que se ha convertido en una droga para mí. La escucho racionando los momentos en los que pulso el play para no cansarme de ella y poder vivirla durante mucho más tiempo sin acabar odiándola. Faded, de Alan Walker e Iselin Solheim, la voz que habla de una búsqueda sin fin descubriendo Atlantis, ha ido directa a la lista de mis canciones favoritas y ha inspirado el relato «descolorido» que tenéis a continuación. Habla, al contrario de lo que trata el tema de Walker, de encontrarse a uno mismo en la soledad y de no aferrarse a un pasado insustancial, diluido en los años que atrás quedaron.

¡Feliz lectura!

¡Nos leemos pronto por Radhuk!

Descolorido

Marfil sobre cetrino. El tono de una piel que se arrugaba al sonreír por ti. Como deslumbrada por los primeros rayos del sol, un buenos días perfecto para el más imperfecto de los comienzos. Me busco en las fotografías de antaño porque en el espejo no me encuentro. Me añoro, me echo de menos en los recuerdos que me cuentan historias de quién era y de lo que me gustaba vivir. Aquí y ahora, en mi reflejo no hay nada, ni un atisbo de lo que fui, ese lienzo de colores que bailaban como las llamas que iluminaban tu mirada en invierno. Hoy es sólo una quimera, un sueño, un cuadro en blanco dispuesto sobre un caballete de madera.

Níveo, níveo y perlado sobre una tez morena. Perdiste el arte. La manera en que dibujabas tus paisajes sobre infinitas curvas, las que llevaban mi nombre, las que fueron de otras. ¿Por qué respiro si me desvanecí contigo? Si me sangran las primaveras en mi almohada vacía y vivo hasta que entiendo que de ti sólo quedaron mojadas las cenizas. Alquiler de sentimientos mudos y consentidos. Veneno en vena. Las deudas ahogan los días y los días reviven las dudas que me impedían alcanzar las estrellas.

Vuelves a acercarte cuando me alejo de los besos reducidos a la indiferencia. Sonríes entre las lágrimas que disfrazan de rojo mi mirada y me besas las cicatrices que grabaste en mis labios. Que si al alba despertó el fantasma de lo que fui, hoy su mortecino brillo cobra fuerza ante los recuerdos que me hicieron ser olvidada. La sombra de mi vida proyectada por mi luz. Aquella que murió al oscurecer la mañana, al descubrir desnudo mi corazón la noche, inerte y sin quererte más. Descolorido. Desgraciadamente sobrio, ansiando, por desgracia, estar ebrio de ti porque el olvido me hallaría en el amanecer de mi resaca.

Beige sobre porcelana. No te quiero; no te he querido. Te amaba todo lo que tú nunca me amaste a mí sin entender que del aire respiro, pero que un amor desoxigenado jamás fue suficiente para seguir enamorada de un espejismo. No son tuyas las rosas que no se marchitan, ni mis versos a otras manos prendidos. No son tuyos mis sueños estampados sobre la almohada ni mucho menos los suspiros de la primavera. Y perdóname si destiño los colores que tú un día garabateaste en mi memoria. Si rompo las páginas que juntos escribimos en invierno. Ficción, tan irreal como promesas de ébano. Sé que huyo y me defino por la cobardía de no volver contigo y la valentía de quererme más que a ratos. De pensarme, de dejar de buscarme en un pasado a tu lado porque ya he encontrado lo que soy en mi soledad, a cuestas conmigo.

En pedazos. Me rompes en mil pedazos como mil fueron las lunas que velaron el engaño de querernos. Y mis aristas al descubierto se agrietaron suplicando apagar el sol negro de tus ojos. Ese que prende un fuego que hiela y desgarra.

Porque brilla el marfil sobre el cetrino. El tono de una piel que se arrugaba al sonreír. Ahogado bajo el mar. Descolorido, esperando el blanco  a ser pintado.

De nuevo.

Libre.

Sin ti.

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