Fantasmas de vena en vena

Fantasmas de vena en vena

Tuve mi primer ataque de ansiedad hace dos años. No sé si recordaréis el anuncio que Campofrío emitió las pasadas Navidades. Sí, sí, ese que protagonizaba Javier Gutiérrez, entre otros rostros conocidos de la televisión. Yo trabajaba en la empresa en la que se rodó dicho spot. En aquellos enormes espacios abiertos que se pueden ver durante el anuncio, teníamos ubicados nuestros puestos de trabajo. Mi departamento, Marketing, se mezclaba con los demás. A nivel de comunicación interna me han enseñado siempre que esta distribución es buena porque permite conocer mejor a los compañeros con los que compartes 8 horas diarias o más. Sin embargo, el ajetreo y el ruido eran, en ocasiones, tan abrumadores, que entorpecían el trabajo más que cualquier otra cosa.

Allí, sin despachos que alejaran las miradas curiosas ni las palabras amargas, mi antigua jefa me echó una bronca desproporcionada (a gritos) por un asunto del que yo no fui nunca responsable. Allí, delante de todos. Escabechina pública. No entendía nada, pero puesto que aquello no era un caso aislado, sino que fue la gota que colmó el vaso, estallé. Recuerdo que una compañera tuvo que sacarme de la oficina porque ya no podía seguir tragándome las lágrimas mientras me ahogaba. Fue ella quien me informó de que estaba teniendo un ataque de ansiedad. El primero, mas no el último, por desgracia.

El texto que tenéis a continuación lo redacté hace tiempo (varios meses atrás) mientras intentaba calmar uno de esos ataques de ansiedad. Además de aprender a controlar la respiración para relajarme y tomar tilas dobles, escribir es otro de mis trucos para descargar la tensión que a veces me inunda. Eso sí, ojalá no lo hubiera escrito nunca. Creo, sin embargo, que es importante compartirlo para contribuir a dar visibilidad a un problema serio que cada vez afecta y condiciona a más personas.

Sin más, os dejo con Fantasmas de vena en vena.

Nos leemos pronto aquí, como siempre. En Radhuk 🙂

Viento, atraviesa mis pulmones hasta herir el aliento de henchir el pecho en cada bocanada de aire. Te lo ruego. Ojalá respirar fuera suficiente para acallar la oscuridad intermitente que nubla la razón. Ojalá cerrar los ojos y creer que sólo será un día, un día más. Pero no. La lucidez de una mañana cualquiera se marchita cuando el corazón errante, de tanto nadar a contracorriente, se ahoga entre quimeras. Algo rompe su castillo de cristal, su refugio de papel. Y se inundan los latidos que con el tiempo brotarán disfrazados de lágrimas. Lágrimas que saben a Literatura.

Nunca he sabido cómo ahuyentar los fantasmas que moran de vena en vena. Nunca he sabido purgar mi alma de los demonios que arraigaron en ella. Ni hacer que duela menos. Nunca supe deshacer los nudos que otros tejieron en mi garganta o cuándo debía romper a llorar. Quizás ahora. Entre letra y letra. Lloro un río de ansiedad. Quizás ahora, entre frase y frase, me levanto lentamente y acallo los gritos que revientan mis pensamientos. Quizás ahora, me a(r)mo para cuidar estas manos que tiemblan, este corazón hundido, esta mente extraña que extrañamente me susurra cuán insignificante es el cuerpo vulnerable que me viste: sólo hueso y carne. Y sangre. Y sólo eso. Que cualquiera puede abrir en canal. Que cualquiera, a ciegas, puede juzgar.

Si por selección natural peinara mi ser de branquias el corazón, aún podría respirar mientras me sigo ahogando.

Ser fuerte. Ser valiente. Ser simplemente más.

Volar.

Lejos.

Más lejos.

Derribar los muros que aprisionan mis pulmones. Romper las hilos que mueven mis brazos y los hacen temblar. Coraza rota. Soy la marea golpeando las rocas que me arropan y me dan forma. Soy un incesante sismo que arrasa cuanto vive sobre la tierra que asola. Y no sé parar. Nunca he sabido. No lo sabré jamás.

Viento, sé mis alas, dame voz. Impulsa mis ganas. No quiero seguir a la deriva, arrastrando mis heridas sobre lijas empapadas de limón y sal. No quiero seguir sangrando letras. Prosa. Poesía.

No quiero seguir llorando ríos de ansiedad.

Ansiedad

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