Serán los recuerdos

Luminarias

Como sabéis, llevo a mi pueblo, San Bartolomé de Pinares, en mi corazón. Y con él, sus tradiciones y sus gentes. Este 2021 la pandemia no nos ha dejado celebrar una de sus fiestas más antiguas y más conocidas no solo en España, sino también a nivel internacional: Las Luminarias. Este año las hemos vivido desde el recuerdo. Y como ya es habitual en este blog, he querido dedicar un breve relato a ese 16 de enero, diferente esta vez, que nos hace vibrar de emoción. ¡Espero que os guste!

¡Nos leemos pronto! Besos literarios.

Los árboles se estremecen de frío, desnudas sus ramas. Parecen tristes y cansados. La nieve ha vestido sus raíces con zapatos blancos cuyo eco se pierde al atravesar las angostas callejuelas. De gala es el calzado. Aquellos árboles, cuya corteza retorcida atesora en la madera el tacto de quienes les regalaron sus caricias, ya no caminan sin miedo, no bailan despacio. Ya no persiguen los sueños.

Porque hoy se estremecen de frío, desnudas sus ramas. Y esperan, nostálgicos, como ancianos que contemplan la tormenta tras sus ventanas, el danzar de la primera hoguera. Solos, el fuego en sus ojos. Solos. Ceniza gris quemando la memoria.

Bailarán con la luna otros; mujer de plata, recluida en su palacio helado. Otros acunarán el paso de las herraduras sobre el empedrado, los gritos y los aplausos. Contemplarán otros el fuego en su ascenso hacia los cielos y a cientos de caballos de vapor surcar sus incandescentes llamas. Otros, serán los recuerdos.

Nadie, no hay nadie. El silencio es dueño y señor de cada calle. Y no saben, no saben que antaño, no hace tanto, de vida bebían los engalanados rincones. No saben que el calor de cada latido era mayor que el irradiado por las hogueras que peinaban los caminos de oro. No saben, no lo saben. Que sonaban las canciones, que ensordecían los clamores, que se iluminaba la noche y que sonreían los corazones.

Latente y dormido, bajo la mortecina luz de la luna, el pueblo llora en silencio. No hay viento acariciando las crines. Ni relinchos que contengan la emoción de un gélido invierno. No hay corceles de fuego. No hay jinetes de cuento. No hay ramos ardiendo, ni música, ni credos. No hay gente, ni vítores. Que ya no, que ya nada. Ni nadie. No hay nadie.

No hay Luminarias. Eternas, milenarias, mágicas. No hay Luminarias.

Y desnudas siguen las ramas de los árboles. Desnudo el pecho, desprovisto de pasiones. Mudos los adoquines que no albergan el paso de aquellos zapatos blancos. Nieve perpetua. Lágrimas de hielo resbalando por los desgastados tejados.

Bailarán con la luna otros; mujer de plata, recluida en su palacio helado. Otros acunarán el paso de las herraduras sobre el empedrado gris, los gritos y los aplausos. Contemplarán otros el fuego en su ascenso hasta los cielos y a cientos de caballos surcar sus incandescentes llamas.

Otros, serán los recuerdos.


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