Te dejo

Te dejo, Crónicas de Radhuk

¡Bienvenidos a Radhuk un día más! ¿No notáis que muy poco a poco los días se van acortando? Todas las mañanas salgo a la misma hora de casa para ir al trabajo y en cuestión de un par de semanas he comprobado que el sol se va levantando cada vez más tarde. Cuesta decir que quedan pocos días de verano, especialmente cuando aún no han llegado mis esperadas vacaciones, pero así de cruda es la realidad. Lo que no desciende a pesar de todo es este calor insoportable de Madrid, un duro rival para los ventiladores y el aire acondicionado. Y aún así lo echaré de menos cuando llegue el otoño. Otro otoño tan distinto al anterior que parece mentira que vaya a vivirlo la misma persona.

En fin, de eso trata el relato de hoy. De echar de menos aunque, eso sí, con un pequeño asterisco: de añorar algo que jamás hemos tenido. De renunciar a ello. ¿Nunca os ha pasado? Sé que podía haber dedicado estas noches de calor y de dormir mal a escribir otra cosa más alegre, menos tópica. Pero otra vez me veo ante la duda de no saber con qué estar redactando estas líneas: si con la cabeza, reflexiva y lógica; o con el corazón, crédulo, impaciente y loco.

En cualquier caso, espero que disfrutéis del siguiente texto. Hay una clara referencia a la novela Yo antes de ti, que leí hace muy poco y de la que haré una reseña dentro de menos. ¡Perdonadme, no he podido resistirme!

¡Y eso es todo! ¡Nos leemos pronto por Radhuk!

¡Besos!

Te dejo, Crónicas de Radhuk

Te dejo.

Así, sin más. Como un punto final inesperado. La frase acortada por el viento. Como un recuerdo nublado por el tiempo o el paréntesis que se queda sin cerrar. Te dejo. He decidido dejarte… engalanado el corazón, de punta en blanco, para recogerte a la puerta de tu casa. Te dejo mi pecho al descubierto y el alma temblando como un niño en invierno tras morderte los labios. Un reloj llamado infinito y más de un millar de folios en blanco para empezar a colorear. Que grises fueron mis días vagando en mi propio «antes de ti», pero sin lugar a dudas más negras fueron las noches de buscarte en la soledad de mis sábanas. Vacío. Como las palabras que se traga el eco del portal en donde aún no te he besado. Y hasta eso te lo dejo.

Te dejo.

He decidido dejarte mi aliento contenido y luego desechado, extraviado allá donde también se pierde tu falda. En el contoneo de tus caderas al bailar o la sonrisa fugaz que dejaba entrever aquel pintalabios rojo. El enigma de no saber qué habría pasado de haberlo intentado. Te dejo el humo de los cigarros que consumí pensando en ti, inventándote sobre el colchón de mi cama, cuando la madrugada y el alcohol demacraban mi alma y el corazón latía cansado. Triste, inútil, absurdo. Como la letra de aquella canción. Como la carta escrita a trazos desiguales, delatores del temblor que asoló a mis manos por no enredarse en las tuyas. Por no enredarse en ti.

Y así mil lunas, mil y un soles pasaron. Así se diluía en tu boca la mía, entre atardeceres escarlatas y noches bañadas en plata. Así se desvanecía mi vida en tus días, las cadenas que aún ancladas en la memoria no me impedían dejarte a solas.

Pero ahora sí.

Ahora sí. Te dejo.

Te dejo una rosa y el sonido de las olas rompiendo contra el acantilado que nos caló hasta los huesos antes de que lo hiciera la lluvia. El beso que murió en mi garganta o los segundos que desperdicié creyendo que no te merecía. Que no me querías. No cuando el dolor me hizo sentir que sentía, que mi verdad era tu mentira.

Y después, desesperadamente, la mía. Mentiría si dijera que el pasado es sólo un día malo, que no quiero estar a tu lado. Mentiría si dijera que no quiero dejarte.

Pero te dejo. Por eso te dejo.

Amor.

Te dejo esa palabra enterrada en tus recuerdos. Te dejo mis «te quiero», que para escribirte y volver a hacerlo ni siquiera los necesito. Así, sin más. Como un punto final inesperado. La frase acortada por el viento. Un paréntesis sin cerrar.

Para no echarte de menos.

Y hasta este texto… es lo último que te dejo.

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