Te escribo

Te escribo

¡Hola, viajeros! Sé que ha pasado muchísimo tiempo sin escaparme a Radhuk. No obstante, ha sido por una buena razón y os la quiero contar: Desde enero estoy escribiendo una historia ajena al blog. ¡Nada más y nada menos que el borrador de una novela! Me he dedicado casi por entero a ello y, aunque todavía tengo bastante camino por delante, estoy muy ilusionada con el proyecto. Me lo tomo calma, eso sí, sin prisa pero sin pausa, pues, a fin de cuentas, ya sabéis que el trabajo ocupa gran parte de mi tiempo. ¡Ojalá un día pueda dedicarme por entero a escribir! Sin embargo, mientras ese momento llega (espero que lo haga en un futuro), tengo que organizarme bien para optimizar mis horas libres.

En cualquier caso, echaba de menos Crónicas de Radhuk, cómo no, y he querido regresar con un brevísimo texto que me recuerda a los inicios del blog, cuando hablábamos de una manera un tanto críptica del amor descarnado y perdido. ¿Os acordáis? ¡Es que este rinconcito literario ya tiene algunos años!

No es el único relato que he redactado estos días. Tengo en mi carpeta de Borradores varios más a medio escribir y los iré publicando poquito a poco. Además, tal y como hiciera con El Guerrero a la Sombra del Cerezo, os adelanto que estoy preparando una nueva vídeo-reseña sobre los dos primeros libros de la saga de The Witcher: El Último Deseo y La Espada del Destino, así que hay Crónicas de Radhuk para rato.

Espero de corazón que os encontréis bien. Esta pandemia nos ha pasado factura a todos, pero estoy convencida de que pronto saldremos de esta. No nos descuidemos, estamos en la recta final.

¡Feliz lectura!

Papel en blanco. Vestido negro. En una caricia palabras de amor la tinta traza y disfraza, quizás, de realidad un recuerdo; de verdad, un sueño. Te escribo el corazón abierto, latiendo. Tranquilo, desnudo y sin miedo. Que ya olvidé mi rabia. Que ya mi dolor es solo triste poesía. Pestañas en caída libre, suicidas. Las lágrimas ataviadas de alegría.

Papel en blanco. Vestido negro. Esta luna mueve los hilos de mis dedos entre versos y besos robados al tiempo. Y te escribo. Te escribo el alma cicatrizada, con la lección aprendida de promesas rotas y falsas primaveras. Magia latente, aún duerme. Y que no despierte. Que, acunada en mi pecho, descanse y sueñe. Siempre. Que no despierte.

Ignoro mi propia causa. Sé que escriben por mí los segundos ya muertos en un reloj parado. Me dejo arrastrar en lo que hoy es solo un mar bravío de letras. Antaño fue agua salada, tequila y limón. Bravío. Por aquel entonces nadaba en la tormenta incesante de tus labios salvavidas, pero no dejaba de ahogarme entre tus piernas. Eras el amenazante abismo al que me asomaba sin temor a tropezar y sumirme en la penumbra. La vieja estación en donde me sentaba sin subirme a ningún tren, donde me quedé con la certeza de que todo terminó, sin despedidas, en un punto y aparte.

Solo sabe el viento qué querían decirte mis gritos desesperados, apagados en su deambular entre callejones solitarios. Solo mi almohada puede contarte el porqué de todo lo que he llorado. Solo este papel en blanco; vestido negro. Te escribo en cada fotografía que contemplo y enjaulo en la vida que nunca hemos leído, que jamás leeremos.

No importa. Me digo que no importa. A ti tampoco te importó.

Por eso rompo este papel en blanco; vestido negro. Donde te he escrito el corazón abierto, latiendo. Mi alma sin cicatrizar, engañada. Que no olvidé la rabia. Que es mi dolor más que triste poesía. Lágrimas ataviadas de añoranza y pena. Despierta la magia y su furia. Es esta maldita literatura responsable de prender la llama. Magia que no descansa, que no sueña. O que sigue soñando. Contigo. Sin ti. Intento acallarla, calmar el desasosiego de hallarse perdida. Que vuelva a dormir. Que duerma siempre. Nada.

Papel en blanco. Vestido negro.

Roto.

Siempre te he escrito mi corazón abierto.

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