Versos sueltos

Es extraño. ¿No habéis perdido la percepción del tiempo? Desde que toda esta pesadilla dio comienzo hemos asistido a una sucesión de días que dejamos nacer y morir con la incertidumbre por bandera. Sabemos y no sabemos nada. Hemos tragado mil lágrimas y hemos sepultado en nuestra garganta los gritos que debíamos haber lanzado al aire. La vida, quizás la Tierra, nos han golpeado con toda su fuerza. Hemos sentido demasiado… y hay quienes no hemos podido gestionarlo. Es mi caso.

Siempre he sido una persona tranquila y nerviosa a la par. Me explico: me gusta la calma y hacer las cosas despacio, valorar cada momento… Pero gestiono mal ciertas emociones y situaciones. Me viene de familia. El que a lo suyo se parece, honra merece; así que lo veo como un ejemplo para aprender y saber que todo pasa. Suelo plantarle cara al estrés con aplomo, pero eso hace que, pasado un tiempo, explote de una u otra manera. Lo tenía bastante controlado hasta que llegó la pandemia y ese estrés se convirtió en ansiedad hace muy poco. Mi lucha conmigo misma tiene treguas y malas rachas. Hay algo que me costó mucho aprender y que ahora, sin embargo, lo tengo claro: No es tan fácil romperse, pero es completamente normal estallar. Y eso no significa que no seamos fuertes. De verdad, lo somos. Y debemos de tener la valentía y la paciencia de levantarnos una y un millar de veces. Cuantas haga falta. Tomarnos el tiempo que necesitemos y respirar. Y volar. Porque absolutamente todos tenemos luces y sombras, y de todas ellas podemos aprender algo. Yo solía creer que la ansiedad era un mal día y no. Son semanas y meses de no entender y de no encontrarse, de perderse y caer de bruces contra el suelo. No obstante, estoy convencida de que es algo que, trabajando la mente y cuidando el alma; mimando el corazón, se supera. Lo he comprobado en otras ocasiones. Y esta vez será igual.

Escribo el siguiente texto como reflejo de ese monstruo al que debemos dejar de alimentar. De ese modo, una buena mañana, se marchará. Y si decide volver sabremos hacerle frente.

Cuidaos mucho y, si alguna vez sentís que sois un verso suelto, recordad que también esos versos pueden construir la más bella de las poesías.

¡Besos literarios! ❤️

Antes del estallido mi corazón se había rasgado. Las fisuras arañaban las cicatrices que vestían de mimbre cada tejido. Lo cosían sin que se hubiera roto y a cada latido conquistaban más terreno. Su presencia era una constante amenaza, pero había aprendido a tolerarlas hasta caer en el olvido, como si se hubieran desvanecido en un movimiento cualquiera de sístole. No sé en qué momento volví a sentir su dolor, su incontrolable llanto. No sé en qué momento dejaron de recorrer el corazón destrozado. Solo recuerdo el eco del crujido. Retumbó contra el pecho. Se contrajo robándome el aire. Y luego, el silencio. Profundo. Hiriente. Y después, el estallido.

Era una herida abierta, palpitante. Una bala perdida. Era desgarradora poesía. Caótica y sin rima. Sola. Tan sola que ni el viento pudo arrastrar mis pedazos más allá de estas cuatro paredes: la nada fría y distante. En ella resonaba el corazón roto. En ella se reflejaba la sombra de mi cuerpo, encogido sobre el suelo, temblando, muriendo. La oscuridad se hundió en mi pecho y allí plantó una semilla. Otra. Otra más. Le supliqué al vacío que no germinara, que no aguantaría, que ya no podía; pero vaciló mi voz en su ruego y tuve miedo de quedarme así, siendo herida y bala; y versos que no encajaban en ningún poema.

Me pregunté una y mil veces qué pasaría después. Cuando la luz dejase de entrar por la ventana, harta de alumbrar sueños inútiles. Cuando se desvaneciera mi última esperanza. Cuando dejara el reloj de contar los segundos y el papel en blanco me devolviera una mirada vacía. Pensé que necesitaba llorar porque, de lo contrario, no acabaría nunca. Y llorar, y llorar. Y nadar en un océano de lágrimas, bucear en mí, hallar el corazón hecho añicos, como si fuera un barco hundido; y devolverlo a tierra perlado de ilusiones nuevas. Reventar. Reventarlo todo. Dejarlo ir. Gritar hasta que mi voz también explotara.

Recuerdo apretar los puños y golpear el suelo con fuerza. La frustración me arañó con sus garras afiladas y cientos de espinas rodearon mi cuello solo para apretarlo despacio. Me estaba desangrando.

Y entonces los vi: Hilos de color carmesí tintaron la madera. Dibujaron sobre ella un macabro trazo. La recorrieron en doloroso silencio. En una caricia… Recuerdo arrastrarme. Primero quise huir, pero hacia dónde seguía siendo una incógnita. Mi cuerpo se quejó cuando me deslicé de un lado a otro e intenté limpiar la fría superficie como quien quiere borrar el pasado: con desesperación y hartazgo. Nada. Absolutamente nada. Por más que agitara mis brazos, mi espalda y mis caderas, la sangre seguía pintando el suelo. Rendida, mi rostro se hundió otra vez en la sucia superficie. La frente contra aquel parqué. Mis pensamientos se estrellaron allí.

Y así me hallaste. Sobre el suelo polvoriento y rojizo, el corazón chapoteando, moribundo. En un parpadeo te hablaron mis ojos. En un parpadeo sentí tu abrazo. En un parpadeo besaste mis labios. En un parpadeo nuestras manos se trenzaron. En un parpadeo. O en un suspiro. Lo que sea más efímero.

No tenías que arreglarme. Remendar las costuras abiertas en la piel. No tenías que secar mis lágrimas; limpiar la herida. No tenías que coser mis dos mitades. No tenías por qué. No tenías que arreglarme. Sacarme de aquella oscuridad, enseñarme a vivir con la semilla que había germinado en mi pecho. Ahuyentar las sombras. Luchar a mi lado. Por mí.

—Echa un vistazo.

Noté el relente en mi piel con un ligero temblor. Respiré. Tu voz retumbó en mis oídos, fuerte y segura. Tus dedos sobre mis hombros lo eran aún más. Supe que si me atreví a mirar fue por sentir tu corazón bailando junto al mío tras haber recogido sus pedazos. Aquella sala ya no estaba sumergida en la penumbra. Un sol pequeño y tímido arrojaba una tenue luz que acariciaba la pintura desconchada de las paredes. Dejó de hacer frío.

Y allí, sobre el parqué que vestía el suelo, bellas y libres, había palabras. Vocales, consonantes. Decenas, cientos de palabras que, con el alma anudada, había creído simples trazos. Su tonalidad rubí brillaba. En ellas, a sangre, vi escritos los más hermosos versos: Era desgarradora poesía. Caótica y sin rima. Pero extrañamente perfecta, capaz de encajar en cualquier poema.

—Nunca nos perdemos del todo —susurraste mientras recomponía las cicatrices de mi corazón ajado. Las odiaba y las quería. También brillaban bajo ese mismo sol. Brillaba yo. No estaba rota. En ningún momento lo estuve. No tenías que arreglarme: ya era así—. Recuerda siempre que los versos sueltos siguen siendo poesía. A veces, la más bonita.

Y me llevaste lejos. Y me dejé llevar.

Viajamos. Seguimos haciéndolo. Luchando. Escribiendo poemas. Escribiendo.

Jamás dejaremos de hacerlo.

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