~ Él ~
Suena la canción que me gusta y subo el volumen. Son más de las nueve de la noche, pero es ahora cuando la ciudad abre sus ojos de neón. Quiere bailar aunque no sea fin de semana. Participar en eso del “juega, toca, besa”. Quiere olvidarse del día. Quiere vivir (también con las letras B y E).
Las calles abarrotadas se pierden con sus viandantes. La mayoría supera la veintena de edad y un poco menos de la mitad faltará mañana a clase. Nadie quiere saber nada de los lunes, pero incluso ese odioso día es perfectamente válido para salir de fiesta.
La canción llega a su clímax y yo subo otro par de decibelios su volumen. Me dejaría llevar por cada acorde, por cada nota, de no ser porque me encuentro en el autobús de la línea 15. Goya. Dirección: Alguna parte. A mí hoy me toca huir de todo este bullicio, de las luces de colores del centro de la ciudad, de la música comercial e incluso de las ganas de ligar. Hoy tocaba partido y a casa. Y justo estoy en la segunda fase del plan de esta tarde. Nada más.
Me incrusto los auriculares prácticamente hasta el cerebro y cierro los ojos. El autobús abre sus puertas. Entran más personas de las que bajan, pero luego el vehículo no arranca. Me inclino hacia la derecha en mi asiento y miro por la ventana. El disco del semáforo está rojo y el tráfico de la avenida perpendicular es denso. Mejor relajarse, esto va para rato. Me apoyo contra el grueso vidrio de la salida de emergencia y me entretengo curioseando entre la gente que se mueve deprisa por la acera, como si nunca nadie les hubiera dicho que también se puede vivir despacio. Seis chicas intentan hacerse un selfie cerca de la parada del autobús. Unos metros más a su izquierda, un hombre ataviado con un traje gris se mete a toda prisa en el Metro sin dejar de consultar su reloj (seguramente de los caros). A lo lejos, una pareja entra en un restaurante, quizás con la idea de cenar bien y coger fuerzas para lo que vendrá después.
Suelto un suspiro de cansancio y me aferro a mi bolsa de deporte. Al menos voy sentado. Recorrer este trayecto de pie y embutido entre tanta gente es un auténtico coñazo. Los cristales se empañan por el frío de fuera y el calor de dentro. Te sobra la cazadora, pero estás tan enlatado que no puedes moverte y, si lo haces, todavía recibirás la reprimenda de algún idiota. El mundo está lleno de eso: de idiotas. Es lo último que pienso antes de volver a mirar por la ventana, porque entonces mi cabeza sufre un cortocircuito y deja de funcionar.
La he visto. La veo. Está ahí, parada junto al escaparate de una tienda. Ella. Madrid pierde sentido. Madrid pierde color. Pierde ruido. Se apaga lentamente. Y solo estamos ella y yo. Y este autobús.
Decir que la miro es poco, pero habrá quien piense que decir que en realidad me la como con los ojos es acoso. Está tan guapa como siempre. Incluso más. Ahora que su imagen sólo puede vagar por mis recuerdos, ahora que no puedo tocarla o incluso hablarla, ahora que ya no hay nada, la creo inalcanzable a pesar de estar tan cerca.
Lleva un vestido holgado, una cazadora vaquera, medias transparentes y botas marrones, a juego con su bolso. A juego con su sonrisa. Diría que le suena el teléfono móvil. ¿Un mensaje? Sí, eso parece. Desbloquea la pantalla y lo lee. Le brillan los ojos en la oscuridad de la noche. Le brilla el alma. Veo que duda. Mira hacia aquí, pero yo esquivo esa mirada casi negra y me fijo en mis viejas deportivas como si me interesasen más que ella. Contengo el aliento mientras imagino que me ha visto a través del cristal de la ventanilla, que correrá hacia el autobús y se lanzará como una loca contra la puerta suplicándole al conductor que la abra, que su próxima parada soy yo. La imagino abriéndose paso entre la gente sin ningún miramiento, a empujones, como si fuera a volatilizarme en el aire. Imagino que llega hasta mi asiento y me abraza con fuerza. Y yo la retengo contra mi pecho, acaricio su pelo y después… Después la beso.
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| Fotografía: Cindy Shebley (Flickr) |
Una oleada de valor me obliga a volver a mirarla, pero ella ya no presta atención al autobús. Contesta al mensaje y luego nada. Nada…
Me empieza a inundar una agonía, un desasosiego que no logro entender. Unas ganas de empezar de cero que no atienden a razones. Y salir del autobús y gritarle al oído que no he podido olvidarla. Decírselo con flores invisibles, con promesas hechas para ser cumplidas, con los “te quiero” que tanto cuestan. De esos de verdad, nada de tonterías.
El semáforo aún sigue en rojo. No me basta sólo con imaginarlo. A veces no es suficiente desear algo para que se cumpla. A veces hay que actuar y no perder el tiempo. Hacer una locura. Dejarse llevar y ya está.
Me pongo en pie de un salto y me agarro al asa de mi bolsa de deporte, como si así pudiera darme fuerzas a mí mismo para hacer lo que voy a hacer. Un paso a la izquierda, otro más… Hay tanta gente que aquí dentro cuesta respirar. Y hace calor, me sobra todo. Pero ella me espera ahí fuera, bajo la lluvia de luces de neón. Ella es Madrid. Madrid centro, donde vivo desde hace veinticuatro años. Y hoy sólo quiero regresar a casa.
De pronto un rugido me impide seguir avanzado. Todos los pasajeros permanecen inmóviles, pero a mí el ruido me golpea los tímpanos con saña. El suelo se mueve, las paredes tiemblan y vibran los cristales. El semáforo se pone al fin en verde. El autobús arranca y yo caigo de bruces sobre los muslos de una mujer que está a punto de cruzarme la cara.
Espero el golpe casi con impaciencia para despertar de mi ensoñación, pero la mano de la mujer no llega a estamparse en mi mejilla. Me disculpo de forma automática y estiro el cuello con la idea de mirar por la ventana. Ella sigue ahí, con su vestido, su cazadora, sus botas y su bolso. Con su sonrisa, la misma que no supe conservar en aquellos días a los que bautizamos como “felicidad”.
Mientras retrocedo hasta mi asiento dejo escapar un quejido lastimero y penoso que pasa desapercibido por los demás. Sólo quiero sentarme y olvidar los últimos cinco minutos. Sin embargo y para mi desgracia, alguien ha ocupado mi sitio, así que no me queda más que aguantar este rollo de trayecto de pie. Lo dicho, un auténtico coñazo.
Mientras el enorme vehículo de color azul se pierde por la amplia avenida me refugio en un único consuelo. Que esta vez, la culpa por no haber arreglado las cosas no ha sido del maldito orgullo. Esta vez… la culpa es del autobús.
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| Fotografía: Nick Page (Flickr) |

