¿Por qué te escribo?

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Tuerzo la sonrisa que se dibuja en mis labios sin permiso alguno. Me obligo a hacerlo. La opresión en mi pecho no me deja apenas respirar y se traduce en un suspiro que deja escapar una lágrima.

Si lo pienso ahora me parece absurdo, pero más ridículo es que todo (o casi todo) empezase con esa pregunta:
—¿Pesadillas?
Fotografía: Abhi (Flickr)
Sí, pesadillas. Y eso que los malos sueños vinieron después, mucho después, y tenían que ver muy poco con monstruos durmientes bajo el colchón de la cama. Entonces no había más que sonrisas, noches de desvelo y alguna que otra discusión que pasaba sin pena ni gloria por la vida.
—Que yo tenga un lado cruel no es novedad, ¿pero tú? —decía. Y no. Se equivocaba. Solía malinterpretar mis palabras a sus anchas. Y yo a veces le seguía la gracia. A veces, porque a besos sabía que siempre sería imposible.
—No es crueldad, es sarcasmo —contestaba con la misma sonrisa que hoy me obligo a borrar—. ¿Y tú tienes un lado cruel? Me andaré con ojo.
Evidentemente y por mucho que me pese no lo hice. No tuve cuidado y creí a pies juntillas cada una de sus mentiras.
Creo que en el fondo quería creer ciegamente en ellas porque me encontraba demasiado bien donde estaba, porque abrir los ojos sería admitir de nuevo que el corazón se había parado primero y después roto. Por eso en mis horas libres seguía soñando despierta. Pretendiendo interpretar a la perfección un papel que nunca fue para mí.
Los días eran muy aburridos sin él y el tiempo pasaba muy despacio. Tic, tac… tic… y luego tac. Y cada vez a un ritmo más lento.
—El aburrimiento es muy malo —decía yo cuando no me interesaba hablar.
—El aburrimiento te pone muy romántica.
“Porque escribes”. Lo pensaba y de vez en cuando me lo decía. Porque escribía de forma encubierta todo lo que se me pasaba por la cabeza, las razones de mis latidos y del temblor de mis manos. Todo. Y cada letra a él iba dedicada. Desde el párrafo más largo a la coma mal puesta. Escribí nuestra historia hasta que quedarme sin imaginación, hasta el último aliento, hasta agotar el tintero infinito del procesador de textos. Hasta que algo en mi pecho se detuvo aquel día y el sueño dejó de ser un sueño y se convirtió en esa pesadilla. Sí, hasta ese momento escribí todo lo que era nuestro. Hasta que se apagó el fuego.
Sé que no quedaron cenizas. Sé que de aquellos sentimientos hechos trizas solo perdura la nostalgia de su belleza. Ya no siento. Le enterré en mi literatura, en mi poesía sin rima.
Pero entonces, dime, ¿por qué hoy te escribo? Me jode hacerlo. Así, sin eufemismos. Hablarle al papel de ese amor no correspondido.
Dime, ¿por qué te escribo? Si ya debería haber comprendido que poner un folio en blanco delante de un alma enamorada es lo mismo que darle un arma a un suicida.
Oye… ¿por qué te escribo?

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