Mil millones de caras

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Las personas somos como las caras de un dado. La única diferencia es que no tenemos seis caras, sino más de mil millones.

Dado rojo
Fotografía: Steve A. Johnson (Flickr)

Yo tampoco tengo seis caras y no quisiera tener solo seis. Soy el resultado de cada segundo que pasa conmigo en el tictac de mi reloj. Soy un enigma hecho realidad, como tú, que camina a ciegas siguiendo las órdenes de los latidos de un corazón que ora va rápido, y ora prefiere ir más despacio. Soy un enjambre de costumbres, de valores, de literatura plasmada en páginas manchadas de amarillo y polvo. Soy las vueltas que da ese dado, los golpes de cada arista contra la superficie de la mesa. A veces niña… y de pronto mujer. A veces mujer… y de pronto niña. Y me gusta esa bipolaridad elevada a la enésima. Sentir que me encanta bailar bajo la lluvia, mojarme con el agua fría y notar que se me eriza la piel, que se me enreda el pelo. Aquí y ahora. Un día, y otro… y al siguiente odiar el gris, el olor a húmedo, el suelo mojado y resbaladizo, los cristales del coche empañados… Y así querer, y así quererte. A ratos, a dudas, a veces sí. Y a veces no. Y así odiar, y así odiarte. Porque mis mil millones de caras me impulsan a dar el salto y al mismo tiempo me obligan a frenar en seco; a destacar, a esconderme, a correr, a caminar, a gritar o a guardar silencio. A ser demasiado buena, demasiado inocente… y quizás a ratos egoísta, a ratos kamikaze. A enamorarme, a contenerme o a fingir que no me importa. La cara me dice eso, pero en la cruz ni siquiera estoy fingiendo. Y me da igual si voy a vengo, si siento o no, si estás o te vas, si vienes y te

quedas, o desapareces sin más. Y no me importa el gesto que hago al descubrir pintada en mis labios esa sonrisa tan temida como tonta. Me gusta verla ahí, en el espejo, aunque multiplique por dos mis mil millones de caras.

Soy una herida abierta, soy indomable, soy el viento. Libre, altivo, orgulloso. Soy un refrán, un susurro. Soy princesa y dragón al mismo tiempo. Soy yo. Ese enigma sin respuesta. Ese interrogante que no te deja dormir. Y estoy jugando con tu dado en mis manos, conociendo las luces y las sombras que yacen en tu pecho. Contando tus aristas, acariciándolas con mis dedos. Esperando a lanzar este dado sobre el tablero que esconde mis versos.

Así, por primera vez. Sintiendo que puedo. Sntiendo que siento.


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