La tierra ardiendo entre las herraduras

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Hay una noche de enero en la que el cielo tiene celos del suelo. Envidia su brillo y su color, su vida e incluso el ruido. Las estrellas compiten con la luz del fuego que asciende y las acaricia con delicadeza, pero las quema al mismo tiempo; y la luna se hinche de orgullo intentando ser más plateada que nunca.

Un caballo y su jinete atraviesan el fuego de las Luminarias.
Fotografía: Esther Ampuero Gordo

Imposible. Un año más el cielo se rinde y pierde. Se rinde ante el naranja de las hogueras que se encienden entre las callejuelas de adoquines grises; ante el calor y el frío, que juegan a quererse sin saberlo y se enredan en las crines de los caballos que bailan con el fuego, entre el humo, y se dejan llevar por el viento junto a sus jinetes.

Sí, el cielo tiene envidia. Pagaría si pudiera cabalgar él también, si sus estrellas se ahumaran y se desprendieran de su azul oscuro, y cayeran como si alguien allá arriba estuviera llorando de alegría ante semejante espectáculo de pureza y de sentidos, de emociones y de sentimientos, de ovaciones y gritos, de magia y de arte. El propio cielo descendería en forma de supernova para saltar él también entre las llamas, para dejar de ser un mero observador que no puede más que traducir lo que siente en gotas de lluvia, copos de nieve o una capa de niebla que tampoco es capaz de vencer al suelo cada 16 de enero, a la tierra ardiendo entre las herraduras.

Aquí, en las calles, los cascos de los animales resuenan como repiquetean las campanas cuando el reloj ya ha dado las nueve. Un hombre acaricia el cuello de su caballo, tan negro como la propia noche, y ambos clavan su mirada en la hoguera que los llama, como desafiándolos a adentrarse en ese naranja tan intenso. Ellos aceptan el reto en silencio y, aún con la mirada perdida allá donde termina la fogata, se disponen a atravesar las brasas.

En el aire, casi volando, le regalarán al cielo una caricia que en la oscura noche se quedará prendida aún cuando termine el salto.

Aquellos que conocen la “leyenda” y forman parte de ella traducen estas palabras en un sentimiento que cobra vida cada 16 de enero, la experiencia única de vivir una conexión aún más especial entre el hombre, el animal y el fuego. Son las Luminarias de San Bartolomé de Pinares.

Son las Luminarias de mi pueblo.

Una pequeña anotación sobre el reportaje:

Incluso trabajando, la noche de las Luminarias fue también para mí inolvidable. No paramos desde que llegamos al pueblo el jueves sobre las cinco de la tarde, terminando casi a la una de la mañana. Y de verdad, no sabéis la ilusión que me ha hecho poder haber realizado un reportaje de mi pueblo. Llevaba muchísimo tiempo queriendo hacerlo.

Al final grabamos tantísimo que tres minutos y medio se nos quedaban demasiado cortos, pero teníamos que ceñirnos a los límites marcados.

Sinceramente esta fiesta tan espectacular no es algo que pueda explicarse en tan poco tiempo. Es más, el sentimiento apenas puede describirse con palabras. Hay que vivirlo para entenderlo.

Por mi parte queda decir que este es el resultado de tantas horas de trabajo, pero antes de dejaros con el reportaje quiero agradecer especialmente la colaboración de Leticia Martin Abad y de su familia por recibirnos con los brazos abiertos y permitirnos grabar cómo preparaban a sus caballos, entre otras cosas. ¡Muchas gracias!

Ahora sí, eso es todo (por el momento).
¡Hasta pronto!

Esther.

  1. Ene 26, 2014 3:45 pm

    El jueves por la noche me pasé por el blog y dejé un comentario, en el que te elogiaba el reportaje, que es muy bueno y te hacía también alguna precisión lingüística, sobre la locución prepositiva «en base a».

    Observo ahora que mi comentario ha desaparecido, lo que no es la primera vez que sucede, por lo que no sé si ocurrirá también lo mismo con éste.

    En cualquier caso, enhorabuena una vez más por tus excelentes dotes como periodista y escritora.

  2. Sep 3, 2015 2:24 pm

    […] jinete y caballo son uno saltando las hogueras, como si el fuego nos hubiera declarado la guerra. Y otra vez volverán a odiarse el calor y el frío. A odiarse mientras se aman. Otra vez acariciarás las […]

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