El disfraz de la droga

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Relato inspirado en la canción Hotel California, de Eagles.

El lujo que me rodeaba, la calidez que desprendía cada rincón de aquel lugar, la brillantez y la alegría, los colores y el misterio que se ocultaba celosamente tras su sonrisa femenina, me daban las fuerzas que necesitaba para saber que no estaba muerto, que todo aquello resultaba ser demasiado real como para que en verdad no existiera absolutamente nada. Y, sin embargo, si estuviera vivo, hubiera sido dueño de mí mismo… algo que, por desgracia, no llegué a ser desde que puse un pie en la primera baldosa. Simple y llanamente me dedicaba a permanecer encerrado en aquel paraíso terrenal, derrochando tiempo entre copas de vino y divertidas fiestas que no parecían acabar nunca, buscando el significado a aquellas palabras que ella susurró cuando nos vimos por primera vez. Las mismas que aún hoy me torturan, las que nunca, jamás, podré olvidar, pues me perseguirán hasta que el tictac del reloj de mi vida diga “hasta aquí hemos llegado”. Palabras que con un sabor amargo susurran: “Bienvenido al Hotel California”.
Fotografía: ZeroOne (Flickr)
Los pequeños granos de arena blanca rebotaban suavemente contra el parabrisas de mi viejo Ford Scort de pintura levantada. Mi padre siempre dijo que aquel vehículo era algo más que una antigualla, que debería haber cambiado de coche desde hacía algunos años por seguridad más que por cualquier otra cosa. Pero mi pequeño Ford me encantaba. Fue mi primer coche… y después de aquellos acontecimientos  tan extraños, supe que el Ford Scort sería también el último.
Me sentía alguien importante conduciendo a toda velocidad bajo el asfixiante sol con mis gafas de aviador marca Ray-Ban. La tracción de las ruedas sobre el terreno era increíblemente suave, como si mi coche fuese en realidad un Jeep de último modelo. Había estado al volante durante horas sin beber ni comer nada, y a pesar de todo aún conservaba la calma. Vamos, que me encontraba perfectamente. Fue la primera señal que me indicó que algo estaba fallando. En cambio, no le di importancia, sino que seguí conduciendo hasta que irremediablemente cayó la noche… y ni siquiera sabía dónde me encontraba. Me quité las gafas y las deposité con cuidado en la guantera. No era un detalle que me importase demasiado, dónde me encontraba, quiero decir, ya que tampoco tenía ni idea de hacia a dónde me dirigía. Genial, ¿verdad?
Un viento helado comenzó a soplar desde algún punto del desierto. El calor sofocante de hacía unos minutos había desaparecido por completo. Pronto mis manos temblaban mientras giraban el volante del Ford Scort hacia alguna parte. El motor comenzaba a hacer extraños ruidos denotando que no aguantaría por mucho más tiempo aquel ritmo de conducción sin frenos. ¿Qué iba a hacer? ¡Estaba absolutamente perdido! 
La desesperación empezó a engullir mi mente calmada, avasallándola con un millón de locas ideas sin principio ni fin. Pisé el acelerador con fuerza notando cómo mis labios se teñían de un azul espantoso y mi cuerpo luchaba contra las sacudidas del frío.
 

Y entonces sucedió.
El volantazo fue tal que el coche bien podría haber salido despedido por el flanco derecho dando al menos tres vueltas de campana, pero no lo hizo. En su lugar, patinó firmemente sobre un suelo que ya no estaba bañado por la suave arena del desierto. Era una superficie muy pulida y de un blanco que hacía daño a la vista y que contrastaba con el negro del cielo. ¿Mármol? Solté el volante con cierta dificultad, pues mis dedos entumecidos no reaccionaban del todo a las órdenes de mi cerebro. Si llegué a gritar en algún momento es algo que ni siquiera recuerdo, quizá porque me centré más en lo que mis ojos vislumbraron a continuación. Una elevada verja de oro se extendía desde el suelo hasta por lo menos treinta metros de alto. 
La puerta de entrada estaba celosamente cerrada por un enorme candado de plata. Y cuando digo que era enorme, es que realmente lo era, ya que tenía el tamaño de una de las yantas de mi coche.
Bajé del viejo Ford y me detuve a escasos metros de la verja dorada. Aquel lugar me fascinó desde el primer momento. No era solo aquella imperiosa barrera que me impedía pasar al otro lado, sino todo lo que me rodeaba. Estiré el brazo mientras seguía avanzando sobre el mármol para alcanzar el candado y examinarlo de cerca. Cuando mis dedos estaban a punto de cerrarse en torno al artilugio, una voz me detuvo.
—No lo toques.
Me detuve.
Su voz. La de ella.

Fotografía: bdebaca (Flickr)
Aunque en aquellos momentos yo no la conocía de nada, supe desde el primer segundo en que abrió la boca que ese encuentro iba a ser muy importante para mí. No me equivoqué.

Di media vuelta en busca de la voz que había frenado mis acciones, pero no encontré su procedencia hasta que volví mi vista hacia el candado de plata… aunque para entonces, lo que yo tenía delante no era el cierre de la verja dorada.
Una mujer de tez morena y belleza sin igual me observaba tras una mirada inexpresiva de color ámbar. El largo pelo negro le llegaba por la cintura. Se lo había recogido en algunos mechones para después trenzarlos y dejarlos caer libres por la extensa cabellera. De complexión media, llevaba puesto un precioso vestido blanco muy sencillo que resaltaba sobre el tono de su piel. Una sonrisa acudió a sus labios cuando abrió la boca por segunda vez.
—Perdona, pero no puedes tocar este candado a no ser que tengas autorización para entrar aquí. Forastero, ¿quién eres y de dónde vienes?
Juro que traté de recordar mi procedencia, pero por algún motivo, había olvidado de dónde venía. Intenté evocar algo que consiguiera identificarme, aunque todo fue en vano. Lo único de lo que podía acordarme era de mi nombre. Tan sólo eso.
—Llámame Glenn, por favor —dije improvisando la que sería mi siguiente frase, pero aquella mujer que a mí se me antojaba perfecta, fue la primera en hablar.

—Dime, Glenn, ¿recuerdas algo más sobre ti o sobre tu vida en general? —preguntó con cierto misticismo.
Yo me encogí de hombros y negué con la cabeza.
—No, ¿eso importa?

La chica sonrió de forma extraña, aunque no quise interpretar a fondo su sonrisa. Quizá estaba cegado por la luz que desprendían sus ojos, pero ahora sé que hubiera merecido la pena perder algunos segundos para valorar esa manera de curvar los labios.

—En absoluto, Glenn. Mi nombre es Námida —se presentó y acto seguido extendió su mano para rozar con sus finos dedos el candado de plata. Éste estalló en mil pedazos con un ruido sordo en cuanto la piel de Námida acarició el metal.
La verja de oro empezó a desmoronarse también al quedar desprovista del candado. Sorprendido o asustado (aún no lo sé) quise escapar corriendo de allí, pero mis pies parecían haberse quedado anclados a la pulida superficie de mármol (o lo que fuera aquel material). Creo que en realidad era Námida la que me tenía encandilado y que si no llegué a salir de aquel lugar tan rápido como me lo permitieron mis piernas fue precisamente por ella.
Cuando la verja desapareció por completo, pude ver sin ningún problema un lujoso edificio parecido a un castillo del siglo XVIII. Las elevadas torres se alzaban con ganas de querer ser las dueñas del cielo, al igual que cada parte de la construcción, majestuosa en todos los sentidos.
 

Námida volvió a sonreír mientras me tendía una de sus manos de pianista.
 

—Glenn —susurró con solemnidad para añadir—, bienvenido al Hotel California.
Esa primera noche jamás voy a poder olvidarla.
 

Námida prácticamente me obligó a cruzar la frontera que separaba el resto del mundo del Hotel California para conducirme minutos después hacia el hall del grandioso edificio. Un botones ataviado con un impecable uniforme azul marino me atendió amablemente en la recepción bajo la supervisión de mi enigmática acompañante.
—Muéstrele a este caballero su habitación, señor Clawson.
Y el señor Clawson, cuyo acné revelaba que era demasiado joven como para ser tratado de usted, me guió a través de infinitas escaleras de caracol hasta llegar al cuarto piso del castillo. Allí, en el ala oeste, se encontraban los que serían desde aquel día hasta hoy mis aposentos.
Clawson empujó la puerta de mi dormitorio con cierta cautela y depositó en mis manos la llave de la misma.

—Le deseo la mejor de las estancias en el Hotel California, señor…
Pareció dudar unos segundos, pero yo reaccioné a tiempo.
—Mi nombre es Glenn —dije simplemente.

—Glenn —repitió el joven botones haciendo una exagerada reverencia.
 Dispuesto a marcharse, giró sobre sus talones, aunque le retuve agarrándole por el brazo.
—Disculpe, señor Clawson, ¿qué puede decirme acerca de este sitio?
 

El muchacho, incrédulo, no supo qué responder a mi pregunta, por lo que se limitó a sonreír para decir amigablemente:
—El Hotel California es un lugar encantador, muy espacioso y especial. Estoy seguro de que le gustará tanto que deseará alargar su estancia aquí.
 —¿Y sobre Námida?
 —¿Qué quiere usted saber sobre ella que ya no sepa?
¿Cómo? ¿A qué venía preguntar algo así? No sabía nada sobre la misteriosa mujer, era lógico que sintiese curiosidad, ¿verdad?
Clawson advirtió los destellos de duda en mi silencio.

—Si quiere conocer más detalles sobre Námida puede preguntárselo directamente esta noche. Hay una fiesta en el salón central del hotel, y me consta que ella se alegrará muchísimo de contar con su presencia, Glenn.
Así fueron pasando los minutos, uno tras otro, hasta que finalmente me decidí a bajar al salón central del Hotel California. Acostumbrado a ver en cientos de películas y documentales esas enormes salas abarrotadas de lienzos, gigantescas mesas de madera, antorchas por doquier, escudos y armaduras de decoración, sillas de oro y jarras llenas de vino, supuse que sería eso lo que me encontraría en semejante castillo.
Pero no. Para nada esperaba ver lo que mis ojos contemplaron.

Fotografía: dogulove (Flickr)
Había antorchas, sí… ¡Pero éstas iluminaban una cala en pleno interior del hotel! Con su mar, su arena húmeda y hasta la brisa que soplaba desde algún lejano rincón.

Námida estaba allí entre un puñado de hombres de todas las edades. Se había cambiado de atuendo. Ahora llevaba otro vestido mucho más elegante que el de antes, aunque del mismo color blanco que el anterior. Su cuello lucía un carísimo collar que le caía hasta el escote, aunque no era lo único que se salía del presupuesto de cualquier persona de clase media. También portaba anillos en casi todos los dedos de sus manos, cuyas muñecas quedaban adornadas con delicadas pulseras de oro blanco. Enseguida tuve clara una cosa: Námida estaba hecha toda una princesa y aquellos hombres que se pavoneaban a su alrededor eran los candidatos a ser su príncipe. Me pregunté si aquel era también mi papel.
Me vio desde la lejanía. Sonrió y se aproximó lentamente a mí haciendo aparecer en sus manos un par de copas de lo que parecía ser champán.
—¿Sorprendido? —preguntó ofreciéndome una de las copas.
—Sí, para qué negarlo —admití aceptando el champán de buen grado. Le di tal sorbo que Námida tuvo que invitarme a otra copa. No sé por qué no me atreví a preguntarle qué era exactamente aquel lugar. Imaginé que simplemente no era el momento apropiado.
—¿Damos un paseo? —sugirió quitándose las sandalias y acercándose a la orilla.
La seguí mientras el agua del mar mojaba mis pies descalzos. Námida era única. Tenía algo especial, mágico, algo que traspasaba su mirada ambarina que me atraía como el más potente de los imanes. Sin embargo, la mujer que conocí esa noche estaba lejos de ser la sencilla Námida que me dio la bienvenida al Hotel California.
Nos alejamos del ruido de la cala, de la fiesta y prácticamente del resto del mundo. Solo existía el mar, la luna, las estrellas, la playa, Námida y yo. Perfecto.
 

Cuando el silencio se hizo entre nosotros, decidí que había llegado la hora de romperlo con respuestas.
—Oye, Námida, ¿puedo preguntarte algo? —dije con cierta vacilación.
 

Fotografía: Bob Jagendorf /Flickr)
Námida clavó sus ojos en los míos en la oscuridad de la noche, intimidándome, pero al final cedió.
—Por supuesto.
Tomé aliento.
 

—¿Quién eres en realidad?
 

Ella torció la mirada y la fijó en las olas que rompían contra los acantilados rocosos. Si bien me había dicho que podía preguntar, no parecía tan dispuesta a responder. Pensé que me había equivocado, que hubiera estado mejor calladito, cuando Námida abrió la boca para hablar.
No es quién, sino qué —masculló entre dientes dejándome sin habla. ¿A qué se refería? Ya no me atrevía a seguir preguntando. Námida interpretó correctamente mi silencio, por lo que decidió ampliar su explicación—. Soy como la playa de este hotel, Glenn. Puedo ser libre y hacer lo que me plazca, pero a fin de cuentas, no dejo de estar encerrada entre las cuatro paredes del Hotel California.
—¿Y quiénes son todos esos hombres, los que estaban en la cala?
—Son mis… invitados —informó dubitativa.
Yo me mostraba especialmente escéptico. Había visto cosas increíbles aquella noche, pero no podía creerme ni la mitad. ¿Sería que estaba soñando?
—¿Invitados a qué?

A disfrutar de mi compañía —susurró con un tono extraño en su voz, mucho más grave—. Y tú formas parte de todo esto, Glenn. Ahora eres uno de los nuestros.
Se inclinó hacia mí tan repentinamente que creí por unos instantes que me iba a besar. Nada más lejos de la realidad. Námida tomó mi muñeca izquierda y la apretó con fuerza entre unos dedos que ya no me parecían tan débiles. Su contacto quemó mi piel. No, en serio, ¡la quemó! Un desagradable olor a carne chamuscada recorrió todo el mar. Grité con todas mis fuerzas e intenté apartarme de ella, pero todo fue en vano. Simplemente no podía escapar de Námida. ¡Me había encandilado a base de bien! Me sentí muy ingenuo en medio de aquella pesadilla. Pensé que aquello era demasiado fantasioso, que en cualquier momento despertaría en mi cama, con las sábanas revueltas y una fina capa de sudor empapando mi cuerpo. Sin embargo, el dolor de aquella quemadura era demasiado real, la sensación de mil cuchillos atravesando mi piel no era sólo cosa de mi imaginación. ¡Estaba sucediendo de verdad!
Námida retorció mi muñeca mientras yo me deshacía en gritos. No recuerdo muy bien cómo logré escapar, pero hubo un momento en que dejó de ejercer presión sobre mí… y creo que aproveché esos segundos para salir corriendo en dirección a la cala.
Corrí con todas mis fuerzas hasta quedarme sin aliento mientras la luna incrementaba su brillo plateado en el cielo a cada minuto que pasaba. Echaba la vista atrás todo el tiempo, pensando que Námida podría estar pisándome los talones, preparada para el segundo asalto. Pero la mujer permanecía donde yo la había dejado, aunque eso no podía saberlo.

Llegué a la cala muy sofocado, con el corazón latiendo a mil por hora después de la carrera. Los hombres que estaban allí seguían bebiendo, comiendo, fumando y bailando al ritmo de la música, a la luz de las antorchas como en cualquier fiesta pagana. Ahora que me fijaba, también había mujeres y niños. Y todos ellos llevaban una extraña marca en el brazo izquierdo. Las quemaduras producidas por el contacto de Námida dejaban una extraña cicatriz…
No me entretuve demasiado. Salí del salón central, regresando al castillo del siglo XVIII del principio. Seguí mi camino hacia el hall entre jadeos hasta alcanzar el mostrador de recepción, en donde me dejé caer exhausto.

Clawson estaba allí, colocando en un panel las llaves de todas las habitaciones del hotel. Se giró hacia a mí con un vaso de agua en las manos.
—¿Puedo ayudarle en algo? —preguntó amablemente tendiéndome el vaso.

Le miré a los ojos, suplicante, en busca de las explicaciones que él, por supuesto, no me daría. 
Frustrado por saber esto, le di tal manotazo que el vaso de agua salió volando hasta estrellarse contra el suelo, donde se hizo añicos y el agua quedó desparramada sobre la fría piedra que revestía la superficie.
 

Fotografía: Bob Jagendorf (Flickr)
—¿Dónde está mi coche? —grité agarrándole del cuello de la camisa.
Clawson me apartó con suavidad y se recolocó su uniforme de botones. No parecía dispuesto a contestar.
—¡Te he preguntado que dónde está mi coche! —repetí apretando los puños. Lo único que quería era salir de allí cuanto antes.
 

Clawson me mostró su mejor sonrisa.
—Relájese, Glenn —dijo calmadamente—. El Hotel California es un lugar encantador, muy espacioso y especial. Estoy seguro de que le gustará tanto que deseará alargar su estancia aquí.
Fueron las mismas palabras que me había dedicado horas antes, cuando bajé del Ford Scort y Námida hizo estallar el gran candado de plata que cerraba la verja dorada. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral.
¡Déjame salir de aquí inmediatamente! —exigí.

Clawson se encogió de hombros.

—Relájese —repitió impasible—. Estamos programados para recibir, Glenn. El Hotel California es muy especial porque abre sus puertas fácilmente a quien lo necesite. Si bien es muy sencillo entrar, salir resulta ser toda una hazaña.

—¿Qué quieres decir?
 —Que usted nunca, jamás podrá abandonar este lugar hasta que cumpla los designios de Námida.
—¡No me tomes el pelo! ¿Y qué designios son esos?
—Sólo ella lo sabe.
Y aquí estoy. Pensando si esto es el Cielo, el Infierno o el umbral que separa uno del otro. Ya no sé si estoy vivo, muerto, muerto en vida o sencillamente loco… He perdido la cuenta de los días que he pasado encerrado buscando una salida que no hace acto de presencia. Me mezclo entre los demás prisioneros, porque no tenemos otro nombre, y ellos parecen felices de estar aquí. Dicen que aquí estamos protegidos del engaño, de las mentiras que nos creemos… Y aseguran que algo grande se nos viene encima. Algo glorioso, algo con lo que haremos Historia. Lo dicho, todo surrealista.
Lo único que es certero en mitad de toda esta locura es que de Námida no he vuelto a saber nada desde que la dejé aquella noche en la playa. Justo lo que ocurrió con mi preciado Ford Scort de color blanco, como una nube capaz de ocultar los rayos del más brillante sol.
Nunca supe qué me hizo aquella noche, pero ella se había mezclado con mi sangre dejando como prueba de ello esa extraña y retorcida cicatriz. Ya no la buscaba. No la necesitaba. Ella estaba dentro de mí.

Fotografía: e-MagineArt.com /Flickr)
Námida… En pastillas, inyectada, esnifada en dólares, euros o yenes. A veces conocida como Cocaína. Otras, como Heroína. No sabía si la droga ya me había matado o me mantenía con vida. No era consciente del paso del tiempo, de si era de noche o ya se había hecho de día. Pero cada vez que contemplaba mi imagen en cualquier espejo me encontraba con ella (¿o acaso ella acudía a mí?) junto a los orificios de mi nariz teñida de blanco. Y yo, dependiendo de su esencia, bebía de Námida hasta saciarme. Hasta ser incapaz de volver a abrir los ojos.Hasta dejar de ver el disfraz de la droga para solo mirar superficialmente sus falsas promesas, su endiablada belleza, su sucia persuasión y el sinfín falso de posibilidades que juraba ofrecer.

 Maldito Hotel California.
¿Y a usted? ¿Le han invitado alguna vez al Paraíso irreal donde la droga se viste de una bella mujer?
  1. Jun 11, 2013 9:00 am

    Como de costumbre, relato fantástico, fascinante y muy bien escrito. Tus lectores somos muy afortunados. Enhorabuena otra vez.

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