Sus pasos resuenan en la oscuridad de las calles empedradas mientras toda ella se baña con la plata de la luna. Vestido blanco y zapatitos de charol, como si fuera la princesa de un cuento de hadas para embellecer los sueños de aquellos chiquillos que, pasados los años, serán unos rebeldes sin causa. Es una mujer perfecta que juega a ser niña cuando el crepúsculo deja paso a un cielo teñido de negro, ribeteado de marfil. Y qué dulzura le susurra el viento… Pequeña e insegura vocecita entonando nanas que sólo unos cuantos afortunados pueden escuchar, va cantando alegremente mentiras que en realidades se tornarán.
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| Fotografía: Esther Ampuero Gordo (San Bartolomé de Pinares, Ávila) |
Ella es un fantasma que no sabe llorar o que quizá ya ha agotado todas sus lágrimas, que ha roto sus cadenas y que finalmente ha aprendido a sonreír. Se dedica a caminar de aquí para allá, jugando con los niños del lugar, narrándoles aventuras increíbles que leyó en alguna novela jamás publicada. Libre y desbocada corretea sin parar, divertida, sin importarle lo que digan los demás.
Y es que ella es la chica nueva. El enigma irresoluble que se oculta tras oscuros callejones y que desaparece cuando el sol despunta al alba. Es un misterio humano que a veces resulta peligroso, pues te puede cautivar, enamorar su mirada, embriagar su perfume, desear su boca e imaginar en secreto cómo se llama. Desvarío.
Nadie sabe quién es en realidad.
Algunos dicen que no conoce el sitio adónde va, mientras que otros aseguran que en realidad está loca de atar. Se confunden al hablar de ella, al tratar de definir el tono de su piel o el color de su mirada. ¿Es rubio su cabello o acaso castaño? Dicen y dicen que sólo es un sueño que yo quiero alcanzar.
Ella ha cortado el hilo dorado que me unía a la cordura, convirtiéndome en un poeta que le pregunta a las estrellas si saben dónde está. La busco en la noche en cada rincón imposible esperando encontrar su rostro trigueño, sus ojos llorosos por la nostalgia de algún recuerdo amargo, el calor de su pecho y sus labios rosados. Interrogante sin respuesta, pienso que es un ángel que ha perdido las alas y que no puede volar.
Es cierto… la llaman loca. Completamente loca contagiándome su falta de razón, su romanticismo ciego, sus palabras de amor. ¿Será que el loco ahora soy yo?
Las habladurías la han convertido en leyenda: mitad mentira, mitad verdad. Muchos murmuran que ya no respira pero, muerta o viva, la ilusión quiero despejar.
Ella te roba el aliento cuando descubres sus ojos negros, cuando te reflejas en ellos. Así, de cerca, lentamente… Te cautiva poco a poco mientras te pierdes en su sonrisa y te preguntas si en vez de un ángel es una sirena salida del mar. Distorsión a la que sólo yo puedo llegar.
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| Fotografía: Esther Ampuero Gordo |
Nos entendemos sin necesidad de palabras. Quizá sea porque somos dos almas enamoradas. Pero ora sonríe y ora se lamenta. Es la chica que he convertido en mi propio sueño siendo yo un soldado cabalgando en la conquista por retenerla a mi lado. Ella, la que a veces me odia; la que también a veces me ama. Somos dos desconocidos buscándonos en la noche, de madrugada.
La gente comenta que cada vez la ven más cerca de mí, que sienten su presencia cuando por mi lado pasa. Dicen que me llama en silencio, que me busca casi con desesperación tal y como yo escribo estas líneas con la esperanza de que ella sea mi única lectora.
Y es así, que mi mente degenera más y más cada día que no la veo con su habitual paseo por las calles del pueblo, cuando los astros del firmamento enmudecen y el que siente que se acerca el momento del llanto no es si no yo mismo. Obsesión que se transforma en lujuria.
Nadie sabe quién es ella; ya nadie sabe quién soy yo.
Reflejo difuminado de la vida que nos une.
Es ella, toda ella y nadie más. Leerá esta historia mientras la luna alumbrará su desnudez bajo el vestido blanco. Sus ojos brillarán con la ilusión de descubrir el sentido de cada frase hecha literatura. Se convertirá en el ángel que yo siempre he imaginado, desplegando sus alas perfectas, níveas. Llorará de alegría y después pensará que todo es mentira. Entonces me verá escondido en la bruma, observando atentamente cada gesto, cada movimiento. Será por fin humana y sentirá la calidez en su pecho. Avanzará hacia mí muy despacito, con miedo, pero después aumentará el ritmo y detendrá sus pasos antes de tocarme. Nos miraremos con intensidad y ahora sí me abrazará con fuerza, como si pensase que pudiera fundirme con el aire si me suelta. Me susurrará algo al oído. Confesión. Declaración. Volveremos a sostenernos la mirada y le preguntaré cómo se llama. Así se resolverá el misterio, el enigma que aparentemente no tiene solución. Sólo palabras que cobran significado, pues siempre se trata de eso. Palabras, sí… y esos ojitos negros que ven más allá del marrón de los míos. Labios que pronuncian algo, que acortan distancias.
No importa cuántas veces la contemple y la admire. Siempre creeré eso de ella y así se lo haré saber. Que es una mujer perfecta que juega a ser niña cuando el crepúsculo deja paso a un cielo teñido de negro, ribeteado de marfil.
Tras una nueva sonrisa ella pronunciará mi nombre mientras mi corazón rebelde volverá a emocionarse por esa mano que acariciará mi mejilla. Y entonces, sólo entonces, después de murmurar un “te quiero” que sólo ella podrá escuchar, sentiré que la historia llegará a su fin para comenzar de otra manera. Por supuesto… sólo entonces me besará.

