No parar de correr

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Siempre contemplaba las nubes tumbada en el césped verde y fresco, bañado aún por el rocío de la mañana. Las veía pasar muy despacio en el cielo azul, tranquilas, hasta que se tornaban grises y rompían a llorar. Entonces la lluvia golpeaba mi cara con fuerza y rabia, ensañándose con cada poro, y me pedían a gritos que entrase en casa… suplicando. Pero lo único que conseguían era que hiciera oídos sordos. A mí ese picor que incluso dolía me daba igual. Simplemente cerraba los ojos para notar cómo esas gotas mojaban mi piel de manera incansable hasta que el sol salía de nuevo, porque lo hacía, y sus rayos acariciaban mis brazos y se colaban hasta la terminación nerviosa más profunda. Sonreía y me quitaba las gafas esperando que esa calidez rozase también mis párpados.
Fotografía: jhderojas (Flickr)
Me encantaba ese campo que nunca se marchitaba. Yo quería creer que siempre estaría vivo, que nunca moriría, que sería mi principio y mi fin. Ensayo y error.
En cambio, un día el acolchado césped en el que solía tumbarme me pareció de lo más incómodo. Me di cuenta de que no me gustaba ese verde que algunos se fuman, de que las hormigas trepaban por mis piernas molestándome, de que el cielo estaba raso y no había nubes que contemplar.
Me incorporé. Me levanté. Y eché a correr.
Así, sin más. Me recogí el pelo en una coleta que se balanceaba a cada paso. Izquierda, derecha. Rozando mis hombros, susurrando contra el viento.
Y una vez hube empezado ya no fui capaz de parar.
Hoy llueve con más intensidad que antaño, pero es que hoy aún no he terminado esta carrera tan frenética. Hoy sigo corriendo hasta que algo o alguien me detenga, hasta que me obliguen a frenar, hasta que me digan: «Basta, se acabó». Y si nadie lo hace, por mí está bien. Que me alcancen. Llevo mucha ventaja.


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