¿Eliminar contacto o deshacer?

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No hay duda de que la tecnología avanza cada vez más deprisa ni de que imaginarnos la vida sin ella resultaría casi imposible. Quizá no nos damos cuenta, pero aún nos quedan por ver muchos más avances tecnológicos aplicados a todos los ámbitos habidos y por haber. Con nuestros teléfonos móviles somos capaces de averiguar, con la ayuda de determinadas aplicaciones, el precio más barato de un mismo producto en distintos comercios, así como gestionar nuestras cuentas bancarias. Hay aplicaciones para iPhones que incluso nos despiertan en el momento justo en que nuestro cuerpo está más descansado. Es tan solo la punta del iceberg. ¿Hasta qué punto dependeremos de la tecnología para seguir viviendo?
Sentada frente a la pantalla del ordenador organizo los archivos por carpetas. Es noche cerrada y el frío de este crudo invierno sigue sin concedernos tregua. Creo sinceramente que, de salir a la calle, mis lágrimas se congelarían con la caricia mortal de una ráfaga cualquiera de viento. Hace una semana que el ritual es el mismo. Escucho música tumbada en la cama, con las cortinas echadas a un lado. La tenue luz del crepúsculo baña el interior de una habitación de paredes semidesnudas pintadas de un color lila bastante cálido. Los acordes atraviesan mis tímpanos con furia, con rabia, siguiendo siempre la misma ruta, sin perderse, el camino idéntico que me hace recordar, una vez más, que las cosas no son como yo en su día las imaginaba. Perfectas. Lo son, sí, pero a la imperfección. Los recuerdos acuchillan mi alma cansada, taladrándola hasta lograr que sangre sus penas con una exhalación como principio del llanto. Y ahí me encuentro yo, aferrada de pronto a la colcha que cubre mi cama, hundiendo el rostro en la almohada y manchando de rímel y sombra negra las sábanas azules. El maquillaje del año 2721 no es capaz de ganarle la guerra a las lágrimas.  
Soy una chica normal, o al menos eso dicen de mí. En apariencia extraña, supongo que al final lo que cuenta se halla en nuestro interior. Así, mi piel paliducha y enfermiza contrasta con un cabello negro y brillante como el ala de un cuervo. Es liso y largo, tanto, que me llega por la cadera, y enmarca perfectamente mi cara de niña que empieza a ser mujer. Mi nariz es pequeña y tal vez algo respingona, y carnosos mis labios. Me encanta pintarlos de cualquier color que se complemente muy bien con el de mis ojos, azul intenso, un azul que parece tan falso como real y que destaca sobre la palidez extrema de mi piel. ¿Dije extraña en apariencia? Admitamos sin miedo que soy un bicho raro.  
Respondo a un nombre, pero es un nombre que a veces no me gusta y otras tantas me complementa a la perfección. Airía. Me llaman Airía. Y estas son mis crónicas… las que estoy a punto de borrar.
—Bueno, ¿qué te parece?
Ella sonríe amablemente mientras echa a un lado un pequeño cuaderno de hojas cuadriculadas y apaga la grabadora. Lleva el pelo rubio recogido en una coleta bastante alta y me observa por encima de las gafas con sus ojos casi negros, aparentemente satisfecha. Es todo lo contrario a mí.
Fotografía: 4lexander (Flickr)

—Estupendo —dice—. Es un buen comienzo para mis primeras crónicas en Radhuk, aunque si te digo la verdad, se podría escribir una buena novela con este argumento de fondo.

—No es nada del otro mundo. En Radhuk todos lo hacemos.
¿Almacenar en un ordenador tus sentimientos?
—Y no solo guardarlos, sino descargar otras experiencias a tu propio cuerpo y borrarlas cuando ya no te gusten. En esta ciudad no existen los corazones rotos. Nos podemos conectar directamente a los ordenadores y convertir nuestro corazón y nuestro cerebro en servidores capaces de ejecutar programas sensoriales. ¿De donde tú vienes no hay nada parecido?
La chica se ríe y me hace sentir una ingenua, pero yo no lo veo tan raro. En Radhuk es el año 2721 y no hay nada que la tecnología no pueda lograr.
—Yo vengo de un lugar en donde lo más parecido a eso que me cuentas lo hacen los psicólogos.
—Pues en Radhuk se quedaron en el paro cuando inventaron este sistema.
Nos quedamos calladas durante algunos segundos, cada una inmersa en sus pensamientos, hasta que la cronista decide hablar otra vez con una seriedad que hasta ahora no había mostrado.
—¿De verdad piensas borrar lo que sientes?
—¿Qué quieres decir?
—Que en mi mundo casi todos hemos pensado alguna vez que, escondido en alguna parte de nuestro cuerpo, deberíamos tener un botón de «Eliminar contacto» o de «Deshacer». Pero si no lo tenemos es por algo. Los recuerdos forman parte de nosotros mismos y gracias a ellos aprendemos y llegamos a ser lo que somos. Las malas experiencias y los errores también te enseñan a crecer y madurar. Yo en mi vida he tenido la opción de eliminar algo que me haya hecho sufrir hasta quebrarme. Y créeme que he tenido experiencias así, pero convivo con ellas y sé que les debo el no volver a equivocarme de la misma manera. Si me dieran la oportunidad de usar ese ordenador… no lo utilizaría.
Reflexiono en silencio sus palabras intentando organizar mis ideas. Ella tiene razón, pero yo no veo como algo malo poder olvidar aquello que te hace sufrir. Tal vez ella lo entienda como una manera de perder nuestra humanidad… Sin embargo, la tecnología de Radhuk nos permite hacerlo sin riesgos, sin dejar de ser personas por depender de chips que existen para mejorar nuestra calidad de vida. No seré la primera que lo haga ni tampoco la última.
—Entiendo tu posición, pero llevo semanas organizando los archivos por carpetas, como te he dicho, seleccionando muy bien lo que quiero borrar y lo que no —hago una breve pausa en la que siento su mirada fría posarse sobre la mía. Esos ojos negros me intimidan de algún modo, aunque al mismo tiempo es como si ante ellos se opusiera un velo de tristeza—. Hagamos un pacto, ¿de acuerdo? No eliminaré mis memorias hasta que no hayas escrito mis crónicas. Después pensaré lo que hacer. ¿Qué te parece?
—Perfecto, Airía —y vuelve a sonreír con ese gesto de inocencia que encandila. A mis dieciséis años aún no sé cómo ella me ha encontrado ni por qué se ha interesado en mi vida. Sin embargo, es la primera vez que alguien hace tan largo viaje para contar en algún otro lugar lo que ella ha llamado las «Crónicas de Radhuk«. Me pregunto si allá donde esté relatando esas historias está teniendo éxito.
Con una mirada soñadora, recoge su cuaderno y la grabadora que reposan sobre la mesa y los guarda en un bolso de cuero negro.
—Oye, ¿cuánto tiempo llevas en Radhuk?
Vine aquí en verano, pero hasta el invierno no empecé a movilizarme buscando historias que contar. Y me sorprende mucho la gran cantidad de contrastes que hay en este sitio. Hay ciudades como esta y la capital muy avanzadas tecnológicamente, pero también he encontrado pueblos que viven de la agricultura, la ganadería, la pesca o la minería. Incluso lugares devastados en los que apenas se puede vivir. La magia y la tecnología en este mundo se han fusionado y forman parte del mismo concepto. Mi mundo está empezando a unir ambos igualmente. Nunca hubiéramos imaginado que la ropa de LED existiese, pero existe. Al igual que las televisiones que se doblan como si fueran sábanas, o dispositivos que imprimen en 3D. ¡Incluso hay lápices que también lo hacen! Pero en Radhuk esas ideas son llevadas al extremo.
Habla con fascinación de todo lo que es Radhuk, pero está claro que aún no sabe el lado oscuro que se oculta en este lugar. Quizás si yo fuese al sitio de donde ella proviene todo me parecería increíble… pese a que tal vez solo se tratase de una primera y falsa impresión.
—¿Has estado en Grisphere, el pueblo de la lluvia plateada? —pregunto.
Siento una punzada en el corazón al recordar el pequeño pueblo gris reducido a cenizas hace pocos días. No le he dicho nada a la cronista, pero en parte es la muerte de aquel muchacho que hablaba con los lobos lo que quiero olvidar. Liam.
—Sí, hace unas semanas —contesta—. Estuve la noche en que fue arrasado.
—Fue Eris… la que gobierna sobre todo Radhuk. Ella lo arrasó.
—¿Eris?
Suspiro largamente. No voy a dar más explicaciones por el momento.
—Sí, pero ya te hablaré de ella otro día. En su lugar te contaré algo que puede interesarte.
—Te escucho.
Fotografía:  Tupolev und seine Kamera (Flickr)

—Dicen que Radhuk es el reflejo a la inversa de otro mundo. De hecho se cuenta que en algún lugar existe un espejo desde el que se conectan ambos. Nunca nadie ha conseguido dar con él, pero es la primera vez que alguien viene del exterior y convive con nosotros narrando historias que van a parar a otro lugar distinto. Y esa eres tú. ¿Acaso entraste a través del espejo?

Permanece callada con el rostro inexpresivo durante cinco segundos solo para negarlo y añadir:
Llegué aquí porque deseé hacerlo. Pero, ¿qué quieres decir con que es un reflejo a la inversa?
—Me refiero a que lo que en Radhuk es próspero en el otro mundo está en decadencia… y viceversa.
Cruza los brazos ante el pecho y desvía su mirada hacia la ventana con un deje enigmático.

Atardece. Tres de las lunas de Radhuk ya pueden vislumbrase en lo alto del firmamento.

—Es como si fuera una sombra… —comenta casi para sí misma.
—Exacto.
La cronista abandona su silla, se cuelga el bolso del hombro y se dirige a la puerta de mi habitación no sin antes entregarme un libro de tapas negras bastante grueso.
—Gracias por contarme esto —dice—. A cambio te regalo esta novela. La escribí antes de mudarme a Radhuk. No sé si te gustará, pero tal vez aprendas algo del lugar del que procedo.
Por todo agradecimiento asiento con la cabeza girando el libro entre mis manos. No tiene título. 

La chica asegura que volverá pronto para que le siga relatando mis crónicas y desaparece de mi vista sin mediar ni una sola palabra más.

«Toda ella es una enigma», pienso para mis adentros mientras abro el libro y leo la primera frase: 

La noche se cierne sobre la Ciudad de las Luces. Noche tranquila, cerrada, silenciosa. Noche de amor entre callejuelas parisinas, de suaves y lindas palabras nunca antes pronunciadas, noche de pasión, de correteos insanos a las orillas del Sena..

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