El Mac que amó a Windows

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Durante el máster he hablado muchísimo del marketing y de las marcas. Las clases estaban enfocadas a la comunicación corporativa, por supuesto, pero nunca faltaron los debates acerca de los nuevos medios publicitarios y de las estrategias que buscaban convertir un contenido en viral. Amigas o enemigas, queridas y odiadas, recibimos su impacto cada día. Su mundo está lleno de claroscuros, subidas y bajadas que quedan registradas a fuego en los informes anuales de las compañías. Y últimamente, parece que las marcas están demasiado de moda. ¿O no es Internet el infinito cajón de sastre donde se sumergen todas ellas en una cruenta batalla por destacar?

Sea como fuere, todo ello sumado quizás a las recientes noticias del escándalo de Volkswagen, me han llevado a escribir este relato sobre el alocado y fascinante universo de las marcas. Eso sí, aliñado al estilo Radhuk 😉

¿Seguimos leyendo?

El Mac que amó a Windows

(Riley)

Sobre el escritorio hay un Mac de 27 pulgadas. Es precioso. Negro y plateado. Parece una ventana abierta al atardecer que muestra el salvapantallas. Lo veo y me pregunto si estoy a la altura de todo el potencial que posee la máquina. Es absurdo. Me estoy comparando con un ordenador, pero al mirarlo es como si todas mis aptitudes se evaporaran nada más rozar el teclado con los dedos. Debería ser al contrario. Si el marketing fuera mi aliado, ahora mismo tendría que sentirme más creativa que nunca. Tendría que recogerme el pelo en un moño casual, vestir un jersey ancho, utilizar gafas de los 80 marca Ray Ban (no, unas Hawkers, que ahora son más trending), vaqueros ajustados de tiro alto, quizás rotos, zapatillas Vans, el frapuccino de Starbucks en la mano derecha y el MacBook en la izquierda. Y el iPhone siempre listo para tomar mi foto más egocéntrica y compartirla en Instagram. Sería la perfecta hispter de oficina, porque las calles de Nueva York todavía me pillan lejos, y aun así, declararte una Brand Lover no te convierte en alguien creativo. Ni más guapo, ni más listo ni más nada. Eres justo lo que se lleva ahora, y precisamente por eso no estás de moda. Lo siento, los anuncios te han estado engañando toda tu vida.

Que me perdone Steve Jobs, pero nunca he sido de Apple ni de su sistema operativo. Crecí con Windows 95, 98 y luego con XP. Bill Gates y Microsoft se colaron sin querer en mi infancia como lo hicieron los calendarios de Pascua, las colecciones de cromos, los dibujos animados y las cintas de Parchís. Cualquiera traiciona esos recuerdos con la competencia. Las marcas deberían perseguir ser la “infancia adulta”. ¿Quién no ha soñado con volver a ser un niño otra vez? Tendría que proponerlo en la próxima reunión. Windows tenía el famoso buscaminas. ¿Qué tenía Apple en aquel entonces?

Volviendo al Mac, tengo que acostumbrarme a él. Los de arriba consideran que la creatividad no nace de un simple PC, por eso en este departamento no trabajamos con Microsoft. No pasa nada. Es bueno alejarse de vez en cuando de nuestra zona de confort, salir, buscarse otra y mientras tanto disfrutar del viaje. Y además yo me adapto rápido a los cambios. Sé que dentro de un año seguiré llegando a la empresa cuarenta minutos antes de la cuenta, que aparcaré junto al centro comercial, y que desayunaré el mismo café de siempre mientras leo cualquier libro de Marwan. Sé que dentro de un año seguiré aquí, en esta misma silla contemplando los trenes de carga que se ven desde la ventana de la oficina. Que mi vida, salvo los fines de semana, será igual de predecible que ahora. La única diferencia es que habré dominado por completo este endemoniado sistema operativo.

El Mac que amó a Windows

(Harriet)

—Si te dijera la verdad no te lo creerías.

Y me contó lo que había sucedido. Y no le creí. Pero ahí siguen los cristales rotos, desperdigados por el suelo. Nada ha quedado de la ventana a través de la cual contemplaba los trenes cada día. Ella se llamaba Riley y tenía 34 años. Todas las mañanas acudía a su puesto de trabajo y se sentaba aquí. Conectaba sus auriculares al monitor del Mac no sin cierta dificultad. No estaba acostumbrada a ese ordenador. Pero al final lo conseguía, y entonces escuchaba La mujer de verde, de IZAL. Puedo imaginármela con los ojos cerrados, tarareando la letra, y con los dedos marcando el ritmo de la canción sobre la superficie lisa del escritorio, en busca de inspiración. Era creativa, vivía del marketing y odiaba las marcas. Odiaba las mentiras que le hacían contar, como que con un BMW la sensación de conducir es mucho más placentera, casi orgásmica, que con cualquier otro coche; o que bebiendo Coca Cola la felicidad está a la vuelta de la esquina; o que usando Axe seduces a cualquiera. Su favorita tenía su origen en el Think different de Apple.

—No le gustaba. No quiso pelearse con el maldito ordenador. Acabó lanzándolo por la ventana y exigió un PC. Luego se largó y no ha vuelto a venir por aquí.

El jefe del departamento había dicho aquello hacía más de doce horas. Yo siempre he creído que a la fuerza la gente que se dedica al marketing tiene que estar loca, al estilo de Jack Kerouac, la Generación Beat y su endiablada prosa, pero nunca imaginé que estuviera tan mal como para lanzar un Mac por la ventana de la oficina. Sólo con lo que cuesta podrían pagar mi sueldo los próximos cuatro meses.

Allí, además de los cristales rotos que seguían desparramados sobre el suelo incluso después de haber pasado varias horas desde que Riley arrojara la moderna máquina a la calle, había un Asus último modelo. Fue una de las primeras cosas en las que me fijé porque era diferente al resto. Acababa de firmar mi contrato de prácticas en el área de Recursos Humanos y aquel fue el único PC que vi en todo el departamento.

Era para ella. Para Riley. Era. Porque ahora que ya no estaba yo ocuparía esa silla, esa mesa y ese ordenador. Me sentía una intrusa, una ladrona robando un espacio que no era mío. Aunque fuese de forma provisional, porque Riley volvería. Tenía que volver. Tenía que hacerlo y hablarme de su locura. Algo me decía que no creería su historia hasta no ver junto a las vías del tren el famoso Mac de 27 pulgadas. La obsesión de aquella creativa frustrada se había convertido de algún modo en la mía.

Fui testigo del destrozo horas después, en el descanso del café. Mientras mis nuevos compañeros enfilaban el luminoso pasillo hacia la cafetería yo salí del edifico por la puerta de atrás. No tuve que caminar mucho para verlo. Ahí estaba. Distinguía perfectamente cada chip. El Mac de Riley, o lo que quedaba de él, se derretía bajo el sol. El hardware estaba salpicado de arena y hierbajos secos; la manzana de Apple comenzaba a pudrirse.

Sentí incluso una punzada de lástima. Era la historia de un amor no correspondido. Aquel perfecto ordenador solo quería que Riley lo aceptase tal y como era, que lo amase. Pero ella lo había tirado por la ventana para luego darse a la fuga. Me pareció un final triste, incluso cruel, para una marca que vendía todo lo contrario. El marketing había fallado. Riley ni siquiera sentía la necesidad innecesaria de prestarle atención a aquel ordenador.

¡Oh, Romeo, Romeo! ¿Por qué eres tú, Romeo?

Ni aunque cien mil veces negara el Mac el apellido Apple conseguiría un poquito del amor de Riley.

Y sí, es absurdo, pero aquí estoy ahora. Son más de las once de la noche y la calle está desierta. Ni gente, ni coches… ni trenes. Escucho el débil canto de los grillos ocultos entre la maleza. Parecen contentos. Supongo que están esperando a la caída del telón.

La mochila pesa demasiado como para seguir cargándola sobre los hombros, que ya se quejan en silencio. La deposito con cuidado sobre el suelo de tierra y la abro haciendo el menor ruido posible.

La luna se refleja en el plástico negro del monitor del Asus. Su plata lo acaricia despacio, como si le cantara una dulce nana. Apenas puedo creerme que haya robado el PC del departamento. No sé por qué lo he hecho, pero tampoco he encontrado ningún motivo para no hacerlo. Simplemente he acudido a la Literatura para salvarle la vida al marketing. Para entender a Riley.

Ni Steve Jobs, ni Bill Gates.

– Y dime ¿Cómo has llegado hasta aquí y para qué? Las tapias del jardín son altas y difíciles de escalar, y el sitio de muerte, considerando quien eres, si alguno de mis parientes te descubriera.
– Con ligeras alas de amor franqueé estos muros, pues no hay cerca de piedra capaz de atajar el amor; y lo que el amor puede hacer, aquello que el amor se atreve a intentar. Por tanto, tus parientes no me importan.

William Shakespeare. Romeo Mactesco y Julieta Asusleto.

Los bautizo antes de emprenderme a golpes contra el PC nuevo. Se rompe la pantalla, el pie, salta la tarjeta gráfica por los aires, la cámara integrada… todo. Y las maltrechas piezas se mezclan con las del Mac. Buscan su refugio, su calor. Se abrazan, se besan, pactan, se juran amor eterno, se duermen. Y mueren.

Ya no están solos. Deshechos, pero rehechos. Enamorados. Para siempre. Es mejor así.

Me alejo en silencio de la escena del crimen y allí se quedan los dos ordenadores sepultados por el viento que susurra la tragedia a su paso. La historia fatal e imposible de un Mac que amó por primera vez en la Historia al sistema operativo Windows.

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