Urracas y cuervos

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Urracas y cuervos

La música no entiende de gustos. Tampoco de infidelidades. Si entendiera de todo eso a mí ya me habría puesto una orden de alejamiento, porque si tengo un vicio insano (además de escribir) es la música, así que no puedo cerrar la puerta a ningún estilo.

Hoy he sufrido una sobredosis. Escuchaba música mientras escribía. O quizás escribía mientras escuchaba música, aún no lo tengo claro. El caso es que me dejaba llevar por Sublab y Azaleh y su You Found Me y desde lo más profundo de ese ritmo chillstep han salido volando los cuervos y las urracas. Y aquí estoy hablando de ellos al ocaso de este lunes, o de algo parecido.

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Urracas y cuervos

Amanece. El sol me acaricia las ganas allí donde mi espalda pierde su nombre, el lugar en el que justo ahora deberían estar apoyadas tus manos. Duele. El recuerdo de tu tacto se retuerce en mi pecho y agita mi pulso. O lo que queda de él, porque mi corazón se rompió en mitad de aquella canción que hicimos nuestra. Se perdió entre los graznidos de las urracas y de los cuervos, como todo lo demás. Y dejamos de bailar.

Cuando quieras te invito a recoger las maletas que aún guardo con recelo. Esas que dejaste olvidadas en el desván de mi memoria, en el baúl de los sueños rotos y de los amores no correspondidos. Te invito a llevarte lejos mi miedo, el que enfría mis noches como helado se queda el colchón vacío sobre el que ya no te recuestas. A que me escribas para dejar yo de escribirte, a que me leas las curvas por las que un día te multaron por exceso de velocidad. Te invito a quebrantar las reglas, a romper las promesas que se quedaron guardadas para siempre en el País de Nunca Jamás. O en el País de las Maravillas, donde también se perdieron nuestros besos y todas aquellas palabras que sólo escuchó el silencio.

El pasado de un presente que no verá el futuro. Dime que no eres la arena de ese reloj. Miénteme. Dime que ahora no bailas con esas urracas negras, que no me has cambiado por ellas, por los cuervos que me sacarán los ojos sin dudarlo si todavía hoy te confieso que te quiero. Dime que eres Peter Pan y que te encontraré cuando mire al cielo, que me guiarás y giraremos la segunda estrella a la derecha, volando hasta el amanecer. Este no, otro distinto. Más bello, más vivo. Uno en el que los muertos puedan seguir amando a través de la madera, la tierra y el granito. Uno en el que nos adueñemos de todos los segundos del universo, en el que hagamos replay cuando nos cansemos de querernos. En el que te declare el amor y tú la guerra, o viceversa. En donde quien me acaricie las ganas no sea el sol.

Que tus mentiras tenían mejor sabor que esta absurda realidad sin ti. Sin tu luz, sin el calor insoportable que me hacías sentir. Vuelve a nuestra ruina, a la rutina que significaba enamorarse de mí. Vuelve, que todavía no he desgastado tu nombre hasta convertirte en los malditos cuervos que tanto odio, que tanto temo; hasta hacer de mí una de tus urracas, aquellas que habitan en el cementerio de nuestra historia. Porque entonces, cuando nos crezcan alas, cuando aprendamos a volar, sólo entonces, la canción empezará de nuevo y nosotros seguiremos bailando.

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