Yo no nací con hambre de ser libre, yo nací libre, libre en cualquier sentido que yo pueda entender.
Nelson Mandela
Y por eso debemos defender incansablemente nuestra libertad. Hoy no hay palabras en mitad de esta oscuridad presente en la Ciudad de la Luz, del caos, del miedo… y las que hay se convierten en nuestro clavo ardiendo.
Ojalá no tuviera nunca motivos para escribir textos como el que tenéis a continuación.
#PrayForParis
¿Seguimos leyendo?
Se acurruca entre las sábanas. Tiembla, está asustada. Teme a los monstruos, pero no a los que se esconden debajo de su cama ni a los que aún se refugian en los recovecos de su cabeza. Teme a los que están ahí fuera, tras su ventana, arañando el cristal. La luz anaranjada de las farolas se cuela en su dormitorio y acaricia con suavidad su figura enjuta y encogida. Siente que la noche aplasta su cuerpo contra el colchón, que sus manos frías y oscuras se cierran en torno a su cuello y aprietan, aprietan… Y ella se ahoga.
La Historia ha recorrido sus venas, la ha hecho crecer, ser mujer, envejecer. Hoy es sólo una pequeña niña asustada que aprieta los ojos con fuerza y suplica en silencio que esos monstruos se vayan. Escucha el segundero de su reloj de pared. La aguja se sincroniza con los latidos de su corazón. Uno, dos, tres… rompiendo el silencio. Uno, dos, tres…
Y el tiempo se detiene eternizando la noche. Se hunde en su pecho. Más de un centenar de ángeles alzan el vuelo.
Una bomba estalla. La explosión atronadora golpea sus tímpanos. Ella llora, se tapa los oídos y oculta su rostro en la almohada. Después vienen los gritos. Lluvia de pólvora y sangre que ametralla su alma. Suenan tambores de guerra, repican las campanas. Clamorean. No por los humanos, sino por la humanidad.
Las lágrimas que empapan sus mejillas congelan su piel, su aliento, su respiración. Lenta y cruel agonía materializada en un susurro. El suyo, de los monstruos que decidieron disparar primero.
París, bañada en la mortecina luz de las farolas, se retuerce de dolor entre las sábanas. Así se llama, París. A veces, niña; a veces, mujer. En ocasiones anciana sabia y curtida de manos ásperas y arrugadas, pero valiente y decidida. Esta noche París es una combinación de las tres.
Redoble de tambores. Repican las campanas. Clamorean. ¿Por quién repican? ¿Por quién clamorean, París? No por los humanos, sino por la humanidad.

Nov 15, 2015 9:56 am
Reflejas a la perfección el dolor provocado en el corazón de la capital del país que mejor simboliza los valores de la libertad, igualdad y fraternidad en que se basa la Unión Europea, y que por desgracia están cada vez más amenazados.
Un abrazo.
Nov 17, 2015 5:52 pm
Muchas gracias, Nicolás. ¡Abrazos!