El último aleteo

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El último aleteo

Este es uno de mis relatos extraños. De esos que tienen múltiples interpretaciones y que podéis tachar sin miedo de raro. Un ejercicio de escribir por el simple placer de hacerlo… aunque el resultado final carezca de sentido. ¿O tal vez no? Hay textos que cobran un significado u otro dependiendo de quién los lea.

Lo cierto (y como viene siendo habitual últimamente) es que empecé a redactarlo hace unos días, pero la (falta de) inspiración no me había dejado terminarlo hasta hoy. Espero que os guste 🙂 ¡Me encantaría leer vuestras interpretaciones, por cierto! Suena a comentario de texto de primero de Bachillerato, pero ya sabéis que me gusta leer lo que pensáis.

¡Besos literarios y disfrutad del fin de semana!

¿Seguimos leyendo?

El último aleteo

El aleteo de la mariposa es débil. La observa delicadamente, como si fuera de cristal, y acaricia el vidrio del tarro intentando reconfortar el sufrimiento del insecto. Sus antenas tocan las yemas de sus dedos a través de su transparente jaula en una súplica muda. Ella siente las cosquillas en los diminutos surcos de la piel, un hormigueo que habla y reivindica libertad. Aparta sus ojos de los de la pequeña mariposa y mira a su alrededor. Un cubo. Un cubo de seis caras conforma su refugio seguro. Con un suelo sucio y un techo del mismo negro que el de las paredes. Opaco, una mezcla entre carbón y mármol que no deja ver el azul del firmamento, igualmente bonito cuando está cubierto de nubes y llora la lluvia que germina la tierra.

Cayendo en vertical, delicados hilos de plata se enrollan a sus extremidades. Ni los brazos ni las piernas. Lo único que le preocupa son aquellos que se enroscan alrededor de su cuello y aprietan primero despacio y luego muy rápido, como cuando se enamoró por primera vez y redactó los latidos de su corazón en forma de versos, los que dejaron cicatrices con el paso de los años. Aprendió de memoria los nombres de sus cadenas sin eslabones. Algunas, miedo; otras, vergüenza. Y cogió la costumbre, la manía o el vicio de averiguar qué había más allá del negro techo, soñando un cielo en donde sus alas no sangrasen al volar. Inventándose un calendario en las paredes de su oscura celda.

De no ser porque son de madera sus huesos, vestido de trapo su corazón, porque es una marioneta, pensaría que se refleja en el cuerpo de la mariposa. Como un metrónomo inspira el vacío y cuenta los segundos que quedan, que suman y no restan, pero que igualmente consumen su alma. Y respira otra vez sin sentirse ni saberse libre, exigiendo al tiempo que oxide la plata que ata su voluntad.

De nuevo dirige su mirada hacia el pequeño insecto encerrado en su dormitorio de cristal. Alas rojas y frágiles en un elegante batir conforman su deseo de abandonar tanta agonía. Es el único reloj que marca las horas. Tic-tac. Hasta el último aleteo.

Y comprende que se ha parado el tiempo, detenido el mundo.

Estira los brazos y siente en su piel el miedo y la vergüenza. Las cadenas que siempre han tirado de ella. Ilusa marioneta presa de la realidad entiende que se habrá parado el tiempo, detenido el mundo…

Mas no la vida.

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