Al otro lado de la cortina de humo

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Perdonadme por salirme de las líneas que habitualmente leéis en este blog. Mañana tendréis un nuevo relato y aviso también de que se avecinan novedades en Radhuk. Sin embargo hoy no os traigo una historia de amor, como viene siendo costumbre en cada entrada. Hoy sólo quiero reflexionar acerca de algo muy serio que está ocurriendo en España. La gota que ha colmado un vaso que lleva un tiempo rebosando de indignación. Dicho esto os dejo con este pensamiento. Podéis llamarlo artículo, podéis llamarlo columna de opinión. No deja de ser un texto que expresa la sensación que tenemos muchos españoles ante lo que estamos viviendo: que ya está bien. Que estamos hartos.
Al otro lado de la cortina de humo
Llevo unos días queriendo escribir algo sobre lo que está pasando en España y hoy por fin encontré las palabras para hacerlo. Palabras que son más que eso, más que letras y verbos conjugados. Es indignación, rabia, impotencia, enfado… Es vergüenza, miedo y también es cansancio. Todas las mañanas leo la prensa y veo los informativos a sabiendas de que pasará algo que hará que estas palabras cobren más fuerza, más vida, hasta convertirse en gritos de ira que revienten los tímpanos de los que mandan con una incompetencia que genera más pánico que el propio ébola. Estoy harta. Harta de los que esconden en Suiza el dinero que nos roban, de la corrupción, de las mentiras, de las promesas políticas, del paro, de los sueldos de mierda que no dan ni para la gasolina, como si tuviéramos que pedir disculpas por querer ganar dinero por trabajar. Harta de ser el hazmerreír de Europa, del mundo entero. Harta de las famosas tarjetas opacas, de la hipocresía de muchos, de los que aprovechan el periodismo para divulgar falacias, de la independencia de Cataluña y del vacío legal que parece existir en el terreno de la política. Estoy harta. Estoy agotada. Y tengo miedo, no lo voy a negar. Porque aquí hay una realidad que desconocemos. Nos prefieren tener al otro lado de la cortina de humo, como si nosotros también careciésemos de sentido común. Estos días nos hemos preguntado qué es lo que ha fallado o qué se ha hecho mal… Quizás deberíamos preguntarnos qué es lo único que se ha hecho bien, ese algo por lo que algunos se han colgado una medalla que ahora pesa demasiado.
La minista de Sanidad, Ana Mato, en una reunión con las autoridades sanitarias
Fotografía: Andrea Comas (REUTERS)
La ministra de Sanidad, Ana Mato, luce una de esas medallas. Trata inútilmente de exculparse diciendo que otros países también han repatriado a sus enfermos de ébola. Pero guarda silencio en cuanto a que esos países, por cierto, no habían desmantelado el único hospital con capacidad para atender enfermedades como la que ha llegado a España. “Mal de muchos, consuelo de tontos”, señora Ministra, pero qué le voy a contar. De estupidez es de lo único que saben usted y todos los de su calaña, me importa muy poco el color que lleven por bandera.
Continuamente nos venden la idea de que todo está bien, de que nuestros sanitarios poseen unos súper trajes capaces de proteger cada milímetro de piel, de que existen protocolos de seguridad y de que estamos a salvo porque el riesgo de contagio es nulo. Todo es perfecto. Las cosas van tan sumamente bien que los médicos tienen que enterarse por la televisión de que han de hacer frente a enfermos de ébola sin haber recibido una buena formación, de que los trajes no protegen todo lo que deberían, de que no hay personal capacitado y, en definitiva, de un largo etcétera que se traduce en esos sentimientos de rabia e indignación plasmados en este espacio en blanco. Sencillamente hay errores que no se pueden cometer y aquí no estamos hablando de uno o dos fallos… es que no se ha hecho nada bien en ningún momento. La gestión de esta crisis ha sido y es una chapuza tras otra. En palabras del periodista Mario Tascón, “si no fuera porque es muy triste, sería incluso cómico”.
Desalojo de enfermos del hospital Carlos III para habilitar otra planta destinada a los sanitarios que trabajan con el ébola
Fotografía: Julián Rojas (El País)
Yo no duermo pensando en todo lo que está pasando en España. No puedo. Hay noches que tengo que recurrir a un par de valerianas para forzar el sueño e intentar descansar. Me mantengo alerta a los periódicos digitales por si acaso hubiera novedades. Por si acaso hubiera un motivo para empezar a respirar tranquila. Me pregunto si a esta panda de inútiles el sueño les falta, aunque sospecho la respuesta.
El problema, otro más para la lista, es más grave de lo que muchos creen. Estamos hablando de una enfermedad que mata a un ser humano en menos de veinte días. Un virus por el que los médicos y enfermeros rompen sus contratos para no tener que enfrentarlo en estas condiciones. Por el que se están contratando a recién graduados ante la falta de personal en el hospital Carlos III. ¡Recién graduados! ¿De verdad ha tenido que llegar una enfermedad prácticamente mortal para que los estudiantes de Medicina que acaban de salir de la universidad tengan un contrato profesional? No, no, ¿en serio? ¿Se creen que aceptarán sin más un trabajo así, como cuando aceptamos contratos (eternos) de prácticas sin cobrar? La respuesta es clara: “No contéis conmigo”.
¿En qué están pensando nuestros políticos? ¡Premio! En las próximas Elecciones Generales. Por eso se empeñan desesperadamente en señalar culpables (algunos ridículos), en recurrir al “Os lo dije”. Eso, señores míos, no nos conduce en la situación actual a ninguna solución. Es el momento de unirse por una maldita vez, de dejar de lado las ideologías políticas de cada uno y atacar el problema. Sólo cuando tachemos el ébola de la larga lista de males que pasean alegremente por nuestro país (de pandereta), podremos señalar responsables de este caos. También a nivel informativo.
Menos hablar y más actuar (pero con cabeza, Dios mío). Y, de verdad, cuídense todos ustedes de lo que dicen y cuiden a sus votantes, porque de seguir así, quizás (y ojalá me equivoque rotundamente) ni la mitad de los españoles lleguemos a noviembre de 2015. No hablo solo del ébola. Para entonces muchos habrán hecho las maletas.
¿Qué nos queda, pues? ¿Rezar? Rezar es lo que nos espera para el que crea. Aunque me parece que ante lo que estamos viviendo, cualquier ateo confiaría más en Dios que en los que toman las decisiones en España.
Estoy harta. Estoy muy harta.

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