El 5 de abril mi vida cambió para siempre. Ese día llegó al mundo mi pequeña Alaia, nombre que, en euskera, significa alegría. Tras nueve meses de espera por fin nos podíamos conocer más allá del vientre. Ese primer abrazo, ese instante de tenerla sobre mi pecho, quedará grabado a fuego en mi memoria. Reí, lloré. No podía creerlo. Le habíamos visto la carita en cada revisión, la naricita, sus pies inquietos, las manitas estirando sus pequeños dedos mientras flotaba en la oscuridad. Nunca tuve la sensación de estar embarazada a pesar de que la barriga, poco a poco, iba haciéndose notar. Me parecía estar viviendo otra realidad incluso si era consciente de lo que ocurría en mi interior. Quizás, por miedo. Confieso que el embarazo y, especialmente, el parto, siempre me habían aterrorizado. Y no es poca broma. Lo tenemos absolutamente normalizado, pero la gestación, el milagro de la naturaleza, es un proceso salvaje y brutal, tanto a nivel físico como emocional. Ya en pleno posparto, agradezco a mi yo del pasado reciente que nos cuidara tanto a Alaia y a mí practicando yoga prenatal y cuidando la dieta (la diabetes gestacional me rondó alrededor del sexto mes, aunque finalmente se quedó en un susto). Todo ello nos condujo a un parto precioso. Creedme, a pesar de ese miedo, de la incertidumbre, sabía que podía confiar en mi cuerpo. Siempre, siempre confié en él. Cuando las contracciones se intensificaron inspiré durante cuatro segundos y dejé escapar el aire durante otros seis. Así, poco a poco. Cada contracción, una menos para conocernos. Lo repetía constantemente. El dolor me acercaba a mi bebé y saberlo lo reducía, me ayudaba a surfear cada ola que rompía contra la orilla. El momento del expulsivo fue mágico, tan natural… Me guiaba por instinto, por la voz de las matronas que nos atendieron (a las que estaré agradecida de por vida). Cuando Alaia abandonó mi cuerpo y respiró por primera vez, mi corazón estalló junto a sus pulmones. Qué increíble. Qué fuerte.
Gracias, Alaia, por hacerme mamá.
Y gracias, Alaia, por conseguir que me siente otra vez delante del ordenador para escribir. <3

Oscuridad. Nada. Sólo silencio. Sangre. Nada más. Y de pronto, una luz. Cálida, pequeñita. Se desprende de las entrañas, de la raíz; y se desliza suavemente hasta adherirse en los profundos recovecos de mi interior. Se aferra con fuerza, con rabia, germina y espera. Yo también lo hago mientras todo a mi alrededor sigue girando. A veces siento que me falta el tiempo. Otras, que el reloj avanza demasiado despacio. Tengo prisa por verte, por conocerte, pero también me aterra el abismo de esos ojos que un día me mirarán esperando a que ocurra algo extraordinario. ¿Seré suficiente? ¿Seré paciente? ¿Sabré enseñar? ¿Calmar tu llanto? ¿Hacerte reír? Seré mamá.
El cuerpo. Este cuerpo crece a medida que tú lo haces. Te arrulla, te alimenta, te adormece, te abraza y te quiere. El cuerpo duele. El cuerpo se arquea, quema. Siente, sangra. Se parte. Y tú, tan pequeña, te abres a la vida, el pecho henchido, los pulmones hinchados. Un grito. Tuyo. Mío. Aprieto. Empujo. Luego llegan las lágrimas. Tuyas. Mías. De felicidad, de plenitud. Me vuelvo más animal y menos humana. Mamífera. Salvaje. Siento unas manos fuertes sobre mis hombros. Me sostienen inclinándome hacia adelante, hacia a ti. Oigo palabras de amor, susurros del corazón. Te dedico cada latido, cada segundo de mi respiración.

El cuerpo. Este cuerpo tiembla. Se encoge, se sacude. El cuerpo… ya no te rodea lo más recóndito de mi ser. Son mis brazos, nuestros brazos. Estás aquí. Por fin. Lo hemos hecho. No puedo creerlo, pero eres real. El sueño ahora es recuerdo. Sonrío al verte sobre mi pecho. También lloro. Lloro mucho. Todo a la vez.
Algo de ti se queda dentro y todo de mí estará siempre contigo.
Soy mamá.
Y ha llegado la alegría.
Alaia.