¡Feliz martes! ¿Cómo ha empezado la semana? Yo últimamente no he tenido tiempo de pasar por Radhuk. Las anginas me han dejado básicamente noqueada y la inspiración me ha pedido la baja, al menos hasta hoy, que por fin se ha puesto a trabajar.
Creo que, en cierta medida, el siguiente relato es difícil de leer. Al menos a mí no me ha resultado agradable escribirlo, porque de este sufrimiento sólo puedo percibir el dolor de quien realmente lo padece. No existe texto en este mundo capaz de transmitir la agonía que se siente ante pesadillas como la que supone una enfermedad como el Alzhéimer. Olvidar, ser olvidado y no poder luchar contra lo inevitable. De eso va esta breve historia. Desde este rinconcito me gustaría brindar mi apoyo y un abrazo muy fuerte a quienes tienen a alguien pasando por esta situación.
Gracias una vez más a todos por dejaros caer por Radhuk.
¡Nos leemos pronto con nuevos relatos!
¿Seguimos leyendo?
Tu memoria es un folio en blanco que a golpe de letras intentas rellenar. Así, imaginando las vocales, las consonantes. Sin tinta ni minas. Simplemente así. Viviendo. A veces sola. A veces junto a él.
Le tienes frente a ti. Podría ser una fotografía, una pintura. Podría ser un cuento, un poema de lírica incomprensible, pero no lo es. Estiras tu mano y le tocas el brazo. Tan real. Es tan real que te duele. Él separa sus labios para hablar. Pronuncia las palabras arrastrando una triste sonrisa. Cuánto anhelaste escuchar su voz, sentirla mientras acaricia tu piel con su aliento. Recuerdas cuando lo que tocaba cada poro eran sus labios, sus manos, cuando su ropa se pegaba a la tuya como una segunda piel antes de arrojarla lejos, junto al tiempo ya vencido. Junto los segundos que hoy acumulan polvo en el reloj de tu vida. Junto a tus días y al sol. Quieres decir algo, pero el nudo en tu garganta te lo impide, así que simplemente le miras. Le miras como antes, en el preámbulo, en el prólogo. Le miras como cuando sabías que te estabas enamorando, aunque ni siquiera le conocías. Le miras invitándole a bailar. Y lo hace. Acepta. Bailáis. Él se apoya sobre el colchón y derriba los centímetros, la corta distancia que os separa para besarte en la frente. Suave, lento. Presiona tus dedos contra los suyos mientras se retira más despacio si cabe y te aparta el pelo blanco de la cara, dejando que la luz de la mañana arrope tus arrugas. Son más profundas aquellas que enmarcan su viejo rostro. Las examinas preguntándote cuántas de esas arrugas cuentan vuestra historia. Buscas su nombre en ellas. Buscas el tuyo y la manera en que él lo pronunciaba. Lo buscas, pero no lo encuentras. Suspiras antes de recostarte sobre la almohada y cerrar los ojos. Te duele. Él te duele. ¿Será porque le odias? ¿Será porque le quieres? ¿Será que odias amarle así, en esta cama, en esta blanca habitación de hospital? Las respuestas te ahogan. El silencio te asfixia. La duda mata. Y durante un segundo, sólo un segundo, el recuerdo es tan real como lo es tu respiración. Como lo es la suya. Unidas. Al compás.
Empiezas a escribir.
—Yon —dices. Tienes la seguridad de haber pronunciado correctamente su nombre por lo corto que es, pero a ti te vale.
Un segundo. Un segundo. Que nunca se acabe. Vuelves a ver su sonrisa pintada en sus labios. Igual de triste. Igual de amarga. Yon sabe lo que viene después. ¿Y tú? ¿Ahora qué? Sientes un fuerte escalofrío recorrer tu espalda.
Y entonces todo se desvanece, todo se nubla. No queda nada. Sólo él. Él.
¿Quién?
Tu memoria es un folio en blanco que a golpe de letras intentas rellenar.
Tu memoria es un folio en blanco.
Tu memoria es un folio.
En blanco.

Jun 19, 2017 12:55 am
[…] sí el tema que describe (pese a subyacer disfrazado), es complicado, triste y duro. ¿Recordáis aquel texto sobre el Alzhéimer? Pues este también habla de un hombre abatido por los recuerdos que hacen la maleta y abandonan su […]