Escribí este relato hace un par de semanas, cuando se cumplía un año de mi ingreso hospitalario por contraer el virus Epstein-Barr (responsable de la famosa mononucleosis). Tuve que pasar diez días encamada, vigilada por médicos y enfermeros porque realmente no sabían si había contraído esa enfermedad o en realidad se trataba de una bacteria que nada tenía que ver con la monucleosis. Tras salir del hospital y en agradecimiento a mi otorrino, decidí regalarle el cuento «El caso de la puerta 415 y el doctor niño«. Un año después, recuerdo y comparto con vosotros con las siguientes palabras aquellos días…
Carta a la muñeca de trapo llamada Ana
Carta a la muñeca de trapo llamada Ana
A veces se te olvida que estuviste aquí, añorando la libertad que te ofrecía esa ventana. Se te olvida que alargabas la mano hacia el cielo, encerrada entre estas cuatro paredes, hasta que te dolía el brazo y lo dejabas caer. Que por las noches no podías dormir, ni siquiera aunque yo te arropara con mi tacto áspero, rugoso… una piel blanca que olía a lejía. Se te olvidan el cansancio y la pena. Se te olvidan tus locas ganas de querer dejarme, de abandonarme en esta habitación que aquellos días y aquellas noches fue nuestra. Solo nuestra.
Se te olvida… ya quisieras, porque en realidad pretendes olvidarlo aunque no puedas. Y no quieres recordarme. Algo se rompe dentro de ti si lo haces. Un chasquido en tu pecho, una lágrima por lo vivido en tu pupila y luego el desvío de tu mirada veinteañera. Hoy no quieres ni acordarte, hoy intentas enterrarlo, pero inevitablemente recuerdas aquel pequeño televisor que se convirtió en tu único entretenimiento, el sofá de color salmón y el suelo frío bajo tus pies débiles y descalzos. El miedo y ese dolor que no se iba por mucho que te abrazara. Fuerte, más fuerte. Escondías la cara en cualquier recoveco de mi camisa de algodón y en silencio te mordías la lengua, pero igualmente llorabas sin nada que yo pudiera hacer para atentar contra tu agonía.
Y de eso deseas gritar que ya no te acuerdas.
No te engañes. Yo tampoco quiero acordarme de esa estampa tuya tan frágil, tan rota sin llegar a hacerse pedazos, quebrada… No, no deseo verte aquí de nuevo. Créeme, si algo anhelo es que jamás vuelvas a cruzar la puerta de esta habitación, que ni se te ocurra perderte en mi calor otra vez, que el destino no quiera unirnos bajo ninguna circunstancia.
Quiero recordar tu sonrisa al dejarme, tus ganas de vivir, de enamorarte. Tus ganas de (sencillamente) caminar, de echar a correr. Así, sin volver la vista atrás, sin despedirte. Quiero ver que cumples tus sueños, que no te rindes, que te haces más fuerte, más valiente.
Y quiero pensar en ti sabiendo que fuiste, eres y serás feliz.
Nada más.
Sólo te pido que me guardes bajo llave en el baúl de tus experiencias y que conserves en tu memoria todo lo que pudiste aprender de mí… si consideras que te enseñé algo.
Yo seguiré aquí, arropando a quien me necesite, incluso a quien odie mi presencia. Seguiré siendo testigo de aquellos que se van con ganas de vivir, cantándole nanas a los que se quedan y se pierden en mí para desearles el más dulce de los sueños.
Insisto: sé feliz. Sin duda, yo rezaré para que lo seas.
Atentamente,
La cama de la habitación 415
PD: Si decides engañarme con alguna otra, que sea con tu propia cama.
![]() |
| Fotografía: Grégory Tonon (Flickr) |
