Si estáis leyendo esto es porque finalmente me he atrevido a publicar el siguiente relato. Llevo días pensando si subirlo o no. Le daba mil vueltas mientras lo escribía. Pero hoy, 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, sé que debo hacerlo.
Mucho se ha hablado estos días (más que eso, estos meses) sobre feminismo y la huelga propuesta para hoy. Días en los que he tenido que escuchar muchísimas barbaridades de personas que no quieren ver ni entender. Escudados tras un «Ha pasado siempre y siempre pasará» intentan normalizar una situación que es de todo menos normal. Y lo hacen con ese argumento y otros peores. ¿Queréis un ejemplo? Ayer un hombre me espetó: «Yo también temo ir por la calle por si me roban o me pegan. ¿Y me quejo? ¿Me hago la víctima?». Creo que sobran las palabras para responder a semejante comentario. Luchamos contra el acoso, contra el abuso y las agresiones sexuales, la discriminación. Luchamos porque nos queremos, sí, nos queremos vivas. Porque «ni una más, ni una menos». ¿Durante cuánto tiempo más vamos a sufrir la violencia machista? ¿Cuántas vidas tienen que ser sesgadas para que empecemos a abrir los ojos? ¿Cuántas mujeres van a seguir, como yo, con miedo a volver a casa de noche; con miedo a vestir una falda o un vestido? ¿Cuánto falta para que podamos dejar de sentirnos sucias porque algún enfermo nos diga por la calle todo aquello que nos haría (o nos chiste como si fuéramos perros)? Las que de alguna u otra manera tratamos de hacer visibles estas y más cuestiones no pretendemos demonizar bajo ninguna circunstancia la figura del hombre. Los necesitamos, de verdad. Os necesitamos. Necesitamos que estéis a nuestro lado defendiendo esta causa. El feminismo no lucha para que la mujer sea superior (pese a las múltiples caretas de feminazismo que últimamente disfrazan el movimiento haciendo del mismo una caricatura), busca la igualdad para ellos y para nosotras. Nos somos unas amargadas, no odiamos a los hombres, no les deseamos el mal. Todos somos personas. Y queremos respeto.
Retomando el tema principal del blog, los relatos… Esta historia que podéis leer a continuación no es una historia real, aunque por desgracia, podría serlo. He valorado muchísimo escribir el final contrario al que vais a leer. De hecho, en un principio así iba a ser. Pero ya lo hice en una ocasión y tampoco quería dar a entender que sólo puede haber ese tipo de final. Del mismo modo, he pensado muchísimo en los roles de género. No he querido hablar de «ella» o de «él». Igualmente estoy cansada de enfrentarme a comentarios del tipo: «Es que las mujeres también matan a los hombres». Así que no hallaréis aquí esta distinción. Lo dejo a la libre interpretación del lector.
Me despido por ahora con una cita de la poeta Emily Dickinson: «Ignoramos nuestra verdadera estatura hasta que nos ponemos de pie».
Besos literarios.
Grietas. Tiene el corazón lleno de grietas. Se levanta cada mañana con el silencio ensordecedor de la casa —su casa—, sin fuerzas para romperlo. Calla y asiente mientras prepara el café. Las tostadas se están haciendo en la misma sartén que compraron cuando emprendieron la aventura de vivir en ese piso. La luz entraba por los ventanales del salón del mismo modo en que hoy se cuela en la estancia. Cálida, brillante. Acaricia la mesa sobre la que posa el desayuno que engulle en soledad. No le importa.
Ya ha hecho la maleta. Ha dado la vuelta a las fotografías que siempre adornaron cada rincón. Aquella copa en el bar de moda o ese viaje en el que respiraron la brisa del mar. Se amaron antes de accionar el disparador. Antes de que el cielo se tornara gris para llorar la lluvia que laceró sus mejillas. Y luego, nada. Cuánto golpe, cuánto beso. Beso, beso. Luego, nada. Sus rostros besan ahora la madera de los muebles, el gotelé de la pared. Odia esos recuerdos. Odia esas imágenes. Le gustaría agrietar el cristal del marco entre sus dedos y con él hecho pedazos desgarrar el papel fotográfico hasta hacerlo desaparecer. Destrozarlo. Romperlo.
Romperlo.
Roto. Tiene el corazón el roto. Termina de desayunar y abandona el sofá sin retirar los cubiertos. No piensa limpiarlos de nuevo. Se dirige a la cocina para servirse un vaso de agua. Bebe, pero su garganta protesta al tragar demasiado resentida y cansada de gritar tanto. Y de tanto callar.
Hoy se acaba.
Hoy… se acaba.
O eso cree.
Suspirando se detiene frente a la vitrocerámica. Posa las yemas de sus dedos sobre la superficie lisa y pulida, aún caliente después de haber preparado las tostadas. Sus ojos, allí reflejados, le regalan una mirada triste. Se toca la cara sintiendo que en verdad está abrazando su alma. La piel está rugosa y brillante. Esos recuerdos nunca han estado encerrados en el marco de una foto, pero duelen igual. Parpadea rápidamente para evitar el llanto mientras siente una fuerte opresión en el pecho.
Sí. Aquella noche las grietas abandonaron sus manos, habitualmente heladas, para mudarse a las puertas de su corazón.
Noche. Llegas a casa y depositas las llaves en el pequeño cuenco que hay en el recibidor. Te desabrochas la cremallera del abrigo mientras caminas hacia el salón. Hay alguien ahí. Esperas a que se levante. Un beso, quizás. Un abrazo. Pero no, esperas en vano el gesto que nunca llega. En su lugar escuchas su tosca voz taladrando algo más que tus oídos.
—¿Estas son horas de llegar a casa? ¿Y la cena? —pregunta. La mirada perdida en algún punto del televisor.
—Perdona, me he entretenido con…
—Me da lo mismo. Te estaba esperado para cenar.
No puedes decir nada. No te salen las palabras debido al temblor de los labios. Susurras la frase, pero no te comprende. Lo dices más alto:
—No tengo hambre. Hemos picado algo por ahí.
—¿Cómo?
—Queda ensalada de ayer. Si quieres te…
—No me has entendido —dice con suavidad. Se yergue mientras lo hace—. Te he estado esperando para cenar. Y no me he quedado aquí para nada. Yo sí tengo hambre.
Ojalá fuera ese hambre de querer devorar tu cuello, de por ello desgastar sus labios hasta cortarlos. Ojalá fuera ese hambre que se acrecienta en la oscuridad del dormitorio. Ese que calienta el corazón y nubla los pensamientos. Ojalá tuviera hambre de ti, de quererte, de amarte. Ojalá.
Pero no. No. Otra vez. Lo repites en tu cabeza hasta agujerear los tejidos de tus neuronas. Grietas. Otra vez grietas. Otra vez no. Por favor.
—Me has hecho esperar. Lo suyo es que ahora lo compenses, ¿no?
La tranquilidad con la que pronuncia cada palabra, como si todo fuera normal, te altera. No sabes lo que se avecina, pero tienes miedo y ya empiezas a suplicar:
—Por favor…
Te coge del brazo. Fuerte. Aprieta más fuerte. Te hace daño.
—Vamos.
Te arrastra hasta la cocina. No opones resistencia, aunque no quieres ir. La primera lágrima te sorprende. La esperabas, pero tenías fe en que podías tragártela. Tenías fe.
La tenías.
—Basta, por favor.
—¿Cómo tengo que decírtelo? Tengo hambre, te he estado esperado y vas a cenar conmigo.
Delante de ti tienes la reluciente vitrocerámica. No te ha dado tiempo ni a quitarte el abrigo. Intentas escabullirte, pero aún te sigue agarrando por el brazo. Intercambiáis miradas. No ves absolutamente nada en la suya. Ese vacío invita a tus lágrimas a seguir saltando en paracaídas.
—Vamos —insiste. Te gira bruscamente por los hombros mientras señala los fogones—. Cocina.
Sigues callando. Sigues llorando. La impaciencia cobra vida en su voz:
—¡Que cocines, joder! ¡Te lo estoy diciendo!
—Déjame, por fav…
Luego, nada. Silencio. Corazón agrietado.
El bofetón llega en un parpadeo. Te preguntas dónde están los cuentos de hadas que te acompañaron al crecer. Te preguntas en qué lugar dejó olvidadas las caricias, las veces en las que enrollaba los dedos en tu pelo mientras te hacía cosquillas en las mejillas. Te preguntas por qué sólo ves oscuridad allí donde fingió amarte. Y gritas. Y lloras. Y te agitas entre sus brazos. Los que te enjaularon en noches perladas de estrellas. Como esta.
—¡Déjame! —chillas—. ¡No!
Pero ya no te escucha. Hace tiempo que dejó de hacerlo.
—¡He dicho que quiero cenar!
Te obliga a doblarte sobre la vitrocerámica. Tu cara está pegada al negro cristal. Ves cómo toquetea los reguladores del fuego. Los enciende. Y empiezas a notar calor. Calor. Calor. Tus lágrimas se evaporan al caer. Sigues gritando. Calor y dolor. Más calor. Más dolor. Te sientes morir. Te derrites bajo las manos que un día tocaron tu alma desnuda. Cierras los ojos desbordados en un mar de lágrimas. Te quemas. Ardes. Tus piernas se disparan en todas direcciones tratando de golpear cada trocito de carne que encuentran a su paso. Huele a pelo chamuscado y algo parecido a goma quemada.
Y luego… luego nada. Todo termina. Un parpadeo…
Corazón agrietado.
Por eso su mirada está triste. Por eso esta cocina es una sala de tortura. Y el lavabo, donde la sangre tantas veces ha teñido de escarlata el plato de la ducha. Y el dormitorio, donde estallaban los orgasmos de una sola boca mientras terribles gritos se ahogaban en el otra. Murió el amor entre insultos y vejaciones. Murió lenta y agónicamente entre mentiras y un falso cariño que tardó demasiado en ser desenmascarado. Murió. Simplemente.
Y hoy lo sepulta en sus cicatrices. En las malditas grietas que pintan el corazón ajado y cansado; sucio y marchito. Pensó que era débil, que sus rodillas se doblarían y de nuevo besaría el suelo. Lo creyó fuertemente hasta que se puso de pie.
Abandona la cocina y regresa a su habitación. Las maletas esperan junto a la cama. Las arrastra hasta el recibidor sin volver la vista atrás. No quiere hacerlo y tampoco lo necesita. Sale al portal y cierra la puerta. Dentro ha dejado las llaves, pero sabe desde hace tiempo que no piensa regresar.
Hoy se acaba.
Hoy se ha terminado.
Nunca ha querido ser valiente, sólo libre. Hoy se marcha sin saber que es ambas cosas.
Corazón agrietado.
Corazón henchido.
Corazón vivo.
