El balcón de los sueños

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Para Estrella. ¡Feliz cumpleaños, mamá!

Plata y luna. Una gran dama se asoma al balcón de los sueños esta noche. Cabello negro; vestido blanco. La mirada perdida en el cielo con los ojos cerrados. Lleva horas de pie contemplando ese azul eterno mientras siente la respiración de aquella niña. Tez pálida; sonrisa invisible. Sostiene su mano con fuerza, como si el viento le fuera a arrebatar ese contacto si la suelta. La dama canta; la niña escucha su voz pausada. Ella busca en el firmamento una respuesta que no llega, que esquiva con agilidad sus preguntas formuladas este mes de agosto. Mira de reojo a la pequeña. Apenas sabe nada de la vida. Los años que por su cuerpo ya han pasado no le han aportado las experiencias más bonitas, así como las más duras. Apenas sabe nada de ella misma, del amor ni del odio, del dolor o de la felicidad.

Fotografía: Alejandro Vasquez Núñez (Flickr)
La dama suspira. Entiende que algún día su hija lo sabrá, pero del mismo modo comprende que ahora lo que le toca a la hermosa niña de ojos castaños es jugar, soñar a ser la princesa de un mundo encantado, un cuento que para ella se escribirá.

Una mirada al frente. Allí no hay mar, pero una brisa que huele a lluvia, a tormenta de verano, sacude el pelo de la niña recogido en una coleta. Esa gran dama a la que ella llama «madre» desea que ese susurro le traiga sus deseos cumplidos, una sonrisa de verdad. Ambas suspiran. Lento y después deprisa. Y acompañando su suspiro un ligero resplandor ilumina sus rostros. Es blanco, plateado. Plata y luna. Azul de la noche. 

Estrella fugaz.

Estrella.

La dama mira a la niña; la niña a la dama.


Y la pequeña, al fin, sonríe. Es la estrella que algún día le concederá el deseo de vivir a otra niña de sonrisa invisible. Porque años después ella misma acudirá al balcón de los sueños y le suplicará respuestas al cielo. Años después sostendrá entre las suyas una mano diminuta, largos dedos y mordidas las uñas. Años después contemplará con dulzura a su mayor aventura. Será un segundo, el tiempo exacto que tardará en desprenderse otra estrella fugaz de la oscura noche. Y una palabra, solo una, rasgará el silencio:

Esther.

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