El café… a solas

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Tabú es un local que solo abre de noche. El precioso piano de cola situado sobre la tarima, que vendría a ser un pequeño escenario, refleja en el brillante negro de su color los focos que se alzan sobre la clientela y que cuelgan del techo bamboleándose suavemente de un lado para otro, como si estuvieran a punto de caer. Parecieran lágrimas a pocos segundos de desbordarse y mojar la piel de quien llora sin motivo alguno. Los tonos de las luces, entre malvas y turquesas, se reflejan en la plata del anillo que adorna mi dedo meñique y crean un ambiente que, combinado con el jazz y el alcohol de las copas que allí sirven, sugiere el principio de algo nuevo. O, en mi caso, de replantearme lo que en su día fue novedoso y bonito. Casi un sueño.
Fotografía: sweetron (Flickr)

Tú. Un camarero ataviado con camisa blanca y chaleco negro, te detienes ante mí detrás de la barra y me observas esperando una petición. Te dedico una primera mirada entre el barullo del gentío y la música que alcanza mis oídos. Llevas mal puesta tu corbata de color granate, pero no parece importarte. En realidad te esfuerzas más por conservar la sonrisa. Una sonrisa que… engancha.

—¿Qué te pongo, guapa? —preguntas con picardía mientras me guiñas un ojo y te inclinas ligeramente sobre la barra.
Te observo con atención antes de responder. El pelo castaño y corto, la tez trigueña (al menos con esta iluminación parece tener ese tono), tu sonrisa endiablada… pero lo que parece poseer vida propia además de tu alma, es el verde intenso y sobrenatural de tus ojos.
Sin quererlo desvío la mirada y contesto:
—Un premio Pulitzer, por favor. Y rapidito, no me gusta que me hagan esperar.
Ni te inmutas ante mi demanda, sino todo lo contrario. Apoyas los codos sobre la barra y la barbilla sobre tus manos entrelazadas, mostrando interés.
—¿Eres periodista?
—Da la casualidad de que sí. Lo soy. Y de las buenas.
—Pero no de las mejores —apuntas mientras yo siento que el golpe bajo convierte mi sangre en hielo.
A ti te hace gracia tu propio comentario y te ríes, pero yo no se la encuentro por ninguna parte. Suspiro con resignación. He sonado poco convincente… y tanto la seguridad como la credibilidad a la hora de decir las cosas son fundamentales en periodismo… siempre y cuando sean verdad, claro. En fin, será que esta noche no tengo suerte… y tampoco se me da bien  mentir.
—Ponme un café solo, anda —murmuro entre dientes clavando mis ojos en el granito que recubre la barra. Sé que no serás mayor que yo. Un año o dos tal vez. Tres a lo sumo. Me da la sensación de que eres algo insolente y eso me irrita—. O mejor, a solas.
—Marchando.
Y tan pronto como has aparecido, das media vuelta y empiezas a prepararme el café.
Fotografía: loretahur (Flickr)

El jazz rebota en las paredes del local y mis dedos tamborilean sobre mis rodillas, por encima de la falda. Parece una recopilación de Frank, el álbum completo de Amy Winehouse. Sería una melodía perfecta si no estuviera tan quemada con mi profesión.

Periodista. ¡Periodista! Sí, soy periodista. Y también soy bipolar debido a mi relación constante de amor y odio con este trabajo. Amor y odio, amor y odio. Como un tic tac de un reloj de arena infinita. Cada grano es un segundo y cada segundo una eternidad. Amor y odio, tic-tac…

Que no es un buen momento, que el periodismo está en crisis. ¿El periodismo? Que sólo lo salva lo vocacional que pueda tener, que el papel está muerto, que la versión 2.0 del mundo nos exige ser periodistas todoterreno, que no podemos ser buenos, sino que, como tú dices, tenemos que ser mejores. Puedo aceptarlo, puedo formar parte de las críticas y estar de acuerdo con ellas, pero no creeré que el periodismo es culpable de una mala (pésima) gestión. No, que los medios no inventen excusas baratas. La crisis está en ellos, en los medios.

—Aquí tienes, el café.
Tus palabras me sorprenden cuando depositas ante mí una pequeña taza blanca sobre un platito del mismo color. Luego dejas caer un sobre de azúcar y otro más de sacarina.
—Al gusto del consumidor, ¿eh? —pregunto jugueteando con el sobrecito del azúcar.
—Siempre —asientes mientras espero a que te vayas, cosa que no haces—. Dime, ¿qué hace una periodista en Tabú? ¿Estás trabajando?
—Podría decirse así —contesto—. Un periodista nunca se jubila.
—¿Jubilarse? Tú eres muy joven para eso.
Tal vez estés pensando que por mi edad lo que realmente debería hacer sería estar en cualquier otro local bailando como si no hubiera mañana. Justo así, con la melena libre y alborotada y una copa en mis manos, derramándose el alcohol por el cristal del vaso.
—Tú también lo eres.
—Sí, pero yo no soy periodista.
—¿No me digas?
Remuevo el café una y otra vez con aburrimiento antes de darle un sorbo. Está ardiendo. Cierro los ojos en un acto reflejo y aparto la taza de mis labios, pero es demasiado tarde, ya me he quemado. Sabía que era mejor el Pulitzer, ¡lo sabía!

De pronto no me gusta ese sitio y el taburete en el que estoy sentada se me hace de lo más incómodo. De pronto me faltan las palabras y me ahogo en el moka que estoy tomando. De pronto las tenues luces del local me deslumbran.

El coche se me hará mucho más cómodo, pienso fugazmente haciendo el amago de levantarme. Dejo el dinero sobre el barra, el café a medio terminar y me marcho en silencio, sin llamar la atención, tal y como he entrado. Discreción y modestia. Como siempre.

El invierno en Radhuk es muy frío, demasiado. La nieve cubre las calles de la capital con su manto blanco, el mismo sobre el que pinto mis pasos al caminar, dejando huella. El coche está al otro lado de la acera. Pareciera que se camuflara con el edificio que tiene a su lado. Saco las llaves del bolsillo del abrigo, abro la puerta, me siento ante el volante y la vuelvo a cerrar. Allí dentro también hace frío, pero no tanto. Me pregunto si poner la radio será una decisión acertada, pero para qué engañarme, la radio no tiene buenos contenidos si no soy yo la que locuta al otro lado de las ondas.

No, estoy de broma. Simplemente ahora prefiero que me acompañe el silencio, el caer de los copos de nieve, el viento helado… y nada más.

¿Periodismo, eh? Sí, periodismo. Me gusta ser periodista. Me encanta. Viajar, conocer gente, investigar, poner las palabras por escrito, transmitir, retransmitir, aportar mi granito de arena a la sociedad, adaptarme a los cambios, reinventar la profesión y sacarla adelante como ese camarero sirve cafés que se toman a solas en su local.

Arranco el coche tras hacer contacto con las llaves. Las luces de cruce iluminan el final de la calle. Pongo las manos sobre el volante y quito el freno de mano. Embrague y primera.

—Pero cómo te quiero —pienso para mis adentros refiriéndome a mi profesión—. Aunque a la par te odie, te quiero.

Suspiro. El café a solas y el periodismo en el coche.

Acelero. El vehículo se pierde en la oscuridad de la noche al tomar la primera curva.

  1. Ene 27, 2013 11:28 am

    …y qué vas a hacer tú para reinventar la profesión y sacarla adelante?

  2. Ene 27, 2013 12:14 pm

    Con «reinventar» no quiero decir cambiarla por completo. El periodismo conserva los mismos propósitos desde su origen: formar, informar y entretener. Eran las bases de lo que se consideraba «buen periodismo». Ahora hay otros factores que interfieren en la calidad de estas tres acciones. Sabemos que la profesión está condicionada por la publicidad, que los informativos de televisión dejan bastante que desear, que la prensa (hablo del papel) está muriendo poco a poco, que hay absorciones por parte de las empresas de medios, desaparecen las radios, se cierran corresponslías… En los tiempos que corren el periodista tiene que cambiar y adaptarse especialmente a las nuevas tecnologías y a las herramientas que éstas aportan, sacarles partido. Gracias a internet, el mensaje, la información que ofrecen los periodistas no es unidireccional. Antes el público aceptaba (o no) lo escrito en los periódicos. Tragaba y a callar, pero ahora no es así. Ahora las noticias se comentan directamente con el periodista, el lector puede aportar nuevos datos convirtiéndose en fuente e incluso puede ejercer el conocido periodismo ciudadano. Tiene voz. Da su opinión sobre lo que le gusta y sobre lo que no.

    Pero no es sólo la figura del periodista lo que está cambiando. Ya no necesita ir hacia el lugar de la noticia en busca de información. Un par de clics son suficientes para obtenerla. Por no hablar de las agencias de prensa, que prácticamente escupen las noticias sin tener los periodistas que desplazarse de las oficinas.
    Están cambiando los soportes, los intereses y los formatos periodísticos y esto exige un cambio de mentalidad. No podemos pensar como el periodista de hace cincuenta años. ¿Qué le ha pasado recientemente al diario español «El País»? Publicó en su portada una fotografía falsa de Hugo Chávez entubado por tener en la cabeza la idea del viejo periodismo que daba mayor importancia a la rapidez de dar una exclusiva que a la veracidad de las informaciones. Y ahora eso ha quedado obsoleto. En internet, ¿cuál es el valor de ser los primeros? ¿Cuánto más se va a adelantar la competencia? ¿Cinco segundos? ¿Diez? No entraré en detalles sobre lo acontecido en «El País», ya que me resulta muy difícil creer que un periódico de su prestigio, que en cualquier parte del mundo vende ejemplares, haya cometido ese tipo de error. Sobre todo cuando el periodista está harto de escuchar que hay que contrastar una y otra vez los hechos antes de publicarlos.

    Hay que pensar de otra manera, hay que pensar en las nuevas tecnologías como parte de nuestro futuro e integrar las redes sociales a nuestra vida. Me parece algo básico.

    El periodismo va a seguir existiendo porque la sociedad tiene la necesidad de consumir información, de saber qué está pasando. Nadie sabe hacia dónde se dirige esta profesión, pero a mí me gusta pensar que las nuevas generaciones de periodistas la mantendremos a flote con nuevas ideas.

    ¿Qué voy a hacer yo para lograrlo? Amigo, eso nadie lo sabe, porque nadie tiene la certeza de qué va a pasar con el periodismo. Y la pregunta no tiene que ir enfocada a qué puede hacer una sola persona. Somos una comunidad. Avancemos juntos.

    Es verdad que se empiezan a vislumbrar cambios. Nacen nuevos medios que siguen otra metodología, que implican más al lector, pero nada está definido en su totalidad. Lo que no podemos hacer es conservar la mentalidad de hace medio siglo, porque ni la situación ni las condiciones de vida son las mismas. Tenemos muchas herramientas para mantener a flote este mundo periodístico. Aprovechémoslas.

  3. Feb 4, 2013 7:06 pm

    «Sin periodistas no hay periodismo. Sin autocrítica nunca recuperaremos el prestigio que hemos tirado por la borda. El público ya nos conoce»

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