El caso de la puerta 415 y el doctor-niño

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Aquel pasillo era tan largo como luminoso. Nacía en un pequeño recibidor adornado por una enorme planta de un verde que destacaba más aún a la luz del sol, y un sofá azul de cuero situado frente a un par de ascensores. Las baldosas que cubrían el suelo eran blancas, al igual que las paredes, y tan brillantes que daban la sensación de estar siempre mojadas. Se extendían aquí y allá, alargándose hasta morir en una cristalera descomunal que daba a la calle y que, además de ser una de las pocas pruebas del paso del tiempo, se convertía para muchos en un símbolo de libertad.

El lugar cobraba distintas tonalidades a medida que avanzaba el día. Gris, blanco, amarillo, naranja y finalmente negro. Era lo único que le servía de diversión a la puerta 415, el cambio de los matices que teñían de vida el resplandeciente pasillo.

Puertas. Sí, allí había puertas. La 415 era una de ellas. Solía pasarse las horas muertas contemplando el trasiego que tenía que soportar su compañera, la 416. Siempre había estado frente a ella. Se habían sostenido la mirada desde la construcción de aquel pasillo, desde el día en que alguien se había subido a una escalera de aluminio para plantar sobre el marco el número que les otorgaba un nombre. Se habían hecho amigas… porque realmente no tenían nada mejor que hacer. Hasta que 416 empezó a tener visitas. Una tras de otra. Y ya no tenía tiempo, interés o ganas en conversar con la puerta de enfrente.

415 fue quedándose sola. Sufría y maldecía al mismo tiempo el hecho de parecer invisible a los ojos de los demás y empezó a preguntarse qué hacía ella en ese pasillo tan reluciente. Alguien le dijo en una ocasión que a aquel lugar iban los enfermos para que les ayudasen a recobrar su salud. Un momento… ¿Que les ayudasen? ¿Quiénes? ¡Si ella estaba terriblemente sola! ¿Acaso también estaba enferma? ¿Era contagioso y por esa razón nadie quería acercarse? ¿Se iba… a morir? Las preguntas avasallaban su mente sin piedad, pero sabía que era inútil buscar las respuestas que no tenía. Quería compañía, quería que cayese una estrella fugaz para pedirle un deseo y salir de allí. Quería un amigo… ¿Era mucho pedir? Se sintió inútil en su posición. No sabía nada, no podía informarse, no se enteraba de lo que sucedía a su alrededor y seguía estando sola. Tal vez sería más acertado decir que la puerta 415 se sentía sola, pues peor que la sensación insoportable de la soledad más absoluta, era el sentimiento de saberse realmente así. Y ella era una experta en dicha materia.

Ni siquiera los domingos, cuando el blanco pasillo cobraba vida y se llenaba de visitantes, de bolsas de regalos y de ramos de flores, recibía visitas. Nadie osaba tocar el pomo de la puerta 415. Nadie.

Y un día, harta de que la 416 no le dirigiera la palabra, se puso a gritar. Gritó tan alto que se desgarró las cuerdas vocales. Se preguntó entonces por qué podía hablar si era una simple puerta, y al no hallar respuesta alguna comenzó a gritar otra vez.

Alertada ante semejante escándalo, una mujer vestida de blanco se plantó delante del marco y extendió su mano enguantada en látex hacia el pomo. Tiró de él hacia abajo y atravesó la puerta 415 con decisión. Salió al poco rato sin decir nada, seria, y se perdió por el pasillo al compás de sus caderas.

Algo había pasado en la estancia que custodiaba la puerta 415, pero ¿qué? Se encontraba mucho mejor, y ya no hallaba una razón de peso para seguir gritando. Aunque seguía sintiéndose terriblemente sola.

Y así fueron pasando los días. Entre el agotamiento, el sueño y el dolor.

415 se dio cuenta de que, si gritaba, aquellas mujeres a las que aprendió a llamar “enfermeras” iban a calmar sus chillidos de bisagras desengrasadas. Acudían a su llamada, atravesaban la puerta y salían como habían entrado. 415 entendió enseguida que aquel no sería el remedio a su cura. Suspiró resignada pensando que solo podía confiar en los hombres y mujeres ataviados de blanco que entraban y salían como autómatas, como entes vacíos y desganados… Hasta que un día como otro cualquiera, un niño de unos doce años se plantó delante de la puerta y clavó su mirada curiosa en el letrero situado sobre el marco. 415…

—¿Quieres? —preguntó el pequeño extendiendo uno de sus brazos hacia la puerta. En su puño cerrado tenía una manzana de un intenso color verde.

La puerta se asombró de que aquel muchacho se estuviera dirigiendo a ella. Llevaba tanto tiempo sin hablar con nadie que apenas sabía vocalizar. O quizás era el dolor de su garganta lo que le impedía pronunciar palabra. No lo sabía, pero en cualquier caso sonrió por toda respuesta.

El niño retiró poco a poco la fruta. Su piel brillaba bajo los halógenos del techo.

—¿Puedes verme? —preguntó la puerta no sin cierto esfuerzo—. ¿Y oírme?

El chico asintió una sola vez con la cabeza.

—Sí. ¿Por qué me lo preguntas?

—Porque durante días he pensado que era invisible… que había… enmudecido y que… —la puerta calló durante un par de segundos que le parecieron una eternidad. Carraspeó ligeramente antes de volver a separar los labios para hablar—. Perdón, es que…

—¿Te duele? —inquirió el joven señalando su garganta. Esta vez fue 415 la que asintió—. Come —ordenó el niño volviendo a ofrecerle la manzana—. Deberías comer dos de éstas al día por lo menos.

—No me dejan… comer —negó ella—. Además… no puedo. Soy una puerta.

—¿Tú una puerta?

—Sí. Un simple número sobre el marco. Quizás por eso aquí no me hacen caso.

El pequeño se mesó el cabello castaño y suspiró con incredulidad mirando hacia el final del pasillo vacío.

—No debería ser así —sentenció—. Esto es un hospital.

—¿Un hospital?

—Exacto.

—Un hospital…

Y tú no eres una simple puerta —declaró el muchacho acercándose con prudencia al pomo. Sus dedos lo rozaron con suavidad—. ¿Puedo entrar?

La puerta volvió a asentir en silencio, con la mirada. Era la primera vez que alguien le pedía permiso para algo en aquel lugar. El niño no se lo pensó dos veces y se coló en la habitación 415. Lo que vio allí no le desconcertó en absoluto, como si de algún modo hubiese estado esperando encontrarse con aquella visión.

La estancia era bastante grande. Al fondo se hallaba un enorme sofá de color salmón, junto a la única ventana por la que podían entrar los rayos del sol, y a la derecha había una cama de sábanas ásperas y blancas. A su lado había un sillón reclinable de color marrón. La habitación contaba, además, con una pequeña televisión colgada en la pared, como si fuese un cuadro, un armario para guardar la ropa, un baño y pocos muebles más.

Sin embargo, al muchacho poco o nada le interesó la decoración de la estancia. Tan pronto como puso un pie en ella se dirigió hacia la cama. Sobre el fino colchón descansaba una muñeca de trapo ataviada con un pijama morado. Sus ojos eran dos canicas negras y la lana de color amarillo le caía por la frente a modo de flequillo.

Ésta eres tú —dijo con calma el niño mientras se sentaba sobre el sillón reclinable—. Y al mismo tiempo eres mucho más. Estás así por la enfermedad que padeces.

—¿Soy… una muñeca de trapo? ¿No soy una puerta?

—No.

—¿Y estoy… enferma?

—Sí.

—¿Me voy… a morir?

—¡No, Dios mío, no! —exclamó el niño agitando los brazos en el aire—-. Solo tienes el síndrome de Pinocho.

La muñeca parpadeó un par de veces, atónita. ¡Hacía apenas un par de minutos que creía que era una simple puerta y poco después se había enterado de que era algo más parecido a un ser humano! Al menos tenía brazos y piernas… De trapo, sí, pero los tenia.

—No sé lo que es eso.

—Significa que quieres ser una niña de verdad. Y si a partir de ahora haces lo que te digo, lo conseguirás —el muchacho le lanzó entonces la manzana de color verde. La muñeca apenas rozó la piel con su manita de trapo—. Debes empezar por comer dos manzanas al día.

—Y si me convierto en una niña de verdad, ¿el dolor desaparecerá?

—Claro —asiente el niño con rotundidad—. No lo has pasado bien aquí, pero eso se va a terminar muy pronto, te lo aseguro. Y entonces saldremos juntos de este hospital. Aguanta un poco más —sonrió tratando de transmitirle un mínimo de seguridad. Ella asintió—. Y come.

Los días siguientes pasaron muy despacio para la pequeña muñeca de trapo incluso sabiendo que ya no estaba sola. Aquel misterioso niño iba a visitarla todos los días y hablaba con ella, la distraía y ponía calma en su caótica vida. También le daba manzanas. Muchas, muchísimas. Y de todos los colores. Desde el amarillo pastel hasta el rojo más intenso. La muñeca, que por momentos había perdido su sonrisa, comenzó a curvar los labios poco a poco, y sus costuras se rasgaron mostrando unos dientes de tela blanca. Poco a poco se fue levantando de la cama para abandonar la habitación 415 y dar paseos de apenas diez minutos por aquel pasillo blanco. Solía acercarse a la cristalera que daba a la calle y miraba hacia el exterior, hacia la carretera llena de coches… El sol bañaba su cuerpo con su luz. Era reconfortante sentirlo. Traspasaba su piel de trapo hasta su relleno de algodón.

Ahora no dejas de sonreír —comentó una tarde el muchacho mientras le pelaba una manzana a la muñeca.

—¿Está mal? ¿Me pondré peor si lo hago? —preguntó ella, preocupada.

—Al contrario. Te vendrá bien.

Pero cuando la muñeca sonrió tanto que las costuras terminaron por abrirse del todo, no estuvo tan segura. Por un momento odió al niño por no haberle dicho que no debía excederse con su sonrisa. ¡Maldición! ¡Era demasiado confiada!

Sin embargo, las sensaciones de rabia e impotencia que ya había conocido cuando creía haber sido una puerta, desaparecieron pasados veinte segundos. Y es que debajo de su piel de trapo comenzó a incorporarse lentamente… Elevó primero un brazo hacia el techo, como queriendo tocar los halógenos con sus dedos… unos dedos largos y finos… ¡de carne y hueso! Comenzó a asomar la nariz, al igual que cuando uno se despierta en invierno y deja salir el rostro tímidamente entre las sábanas, escapando de su calor… La muñeca tuvo que parpadear varias veces para acostumbrarse a la luz del sol con la sensación de que sus largas pestañas se enredaban unas con otras. Y por fin, cuando del cascarón que se había convertido en su cárcel durante tantos días no quedaba más que un amasijo de tela y algodón, se dio cuenta de que ni era una muñeca ni estaba hecha de trapo.

Era una niña de verdad.

La jovencita salió de la cama y pisó el suelo con sus pies descalzos. Un escalofrío recorrió su cuerpo de arriba abajo al sentir el frío de las baldosas, pero aún así se puso en pie y comenzó a correr por el pasillo blanco abandonando la habitación 415.

Cualquiera que la hubiera visto habría pensado inmediatamente que aquella muchacha estaba loca. Quizás fue ese el pensamiento que cruzó la cabeza de la enfermera que la detuvo cuando se la encontró vagando en camisón por el hospital con una sonrisa que ya no era de trapo ni estaba cosida a su cara con hilo rojo.

Ana —la llamó con suavidad, pero al ver que ella no respondía, tuvo que alzar el tono de su voz—. ¡Ana! ¿Qué haces fuera de la cama? ¡Todavía tienes que guardar reposo!

—Puedo correr… —dijo Ana como si aún no acabase de creérselo—. ¡Puedo correr!

Y hablar sin problema alguno, gritar si quería. Podía hacer todo aquello que había tenido prohibido durante el tiempo que había estado encerrada tras aquella puerta.

—Sí, y también puedes volver a tu habitación. Tienes que descansar, Ana.

—¿Ana?

Claro, ¿cómo crees que te llamas, si no?

415

La enfermera la miró con incredulidad antes de echarse a reír y tomar de la mano a la chica para conducirla de regreso a su cuarto.

—¡Por favor, Ana! —exclamó aún entre carcajadas—. Ni que fueras el número de una puerta.

Pero así era como ella se había sentido en la soledad de su enfermedad. El síndrome de Pinocho… Hasta que se encontró con el misterioso niño de los vaqueros. El doctor-niño, como le llamaría a partir de ese momento. Nunca sabría cómo agradecérselo del todo. Un simple “gracias” le parecía demasiado vacío y carente de significado, pues él era el que había visto más allá del letrero de su puerta cuando ningún otro médico lo había hecho. Él se había dado cuenta de que Ana no era ninguna muñeca de trapo, de que era un ser humano que estaba sufriendo.

Mientras la enfermera la obligaba a recostarse en su cama de nuevo, Ana pensó que debía hacerle un regalo a aquel niño en cuanto saliese del hospital. Ella no sabía hacer gran cosa, pero recordó de pronto que no se le daba mal escribir… Podría redactarle un cuento a aquel doctor vestido de niño. Podría darle las gracias así…

Podría…

Se quedó dormida pensando en la historia que escribiría a modo de agradecimiento. Se quedó dormida pensando… que le apetecía comerse una manzana.

—Ana… ¡Ana!

Ana abre los ojos. Se encuentra en la consulta del otorrino, quien le da unas palmaditas en la espalda con aire de preocupación.

Ana se despierta y el otorrino deja escapar un largo suspiro.

—Cielos… me voy un minuto a consultar los informes y te quedas dormida. No me des estos sustos.

Ella se incorpora y apoya la espalda contra el respaldo del sillón en donde había estado recostada.

He tenido un sueño… 

—¿Era bonito?

—Era de mi ingreso en el hospital —el otorrino tuerce los labios como si su pregunta hubiera perdido el sentido de pronto. Sabe que Ana no lo ha pasado precisamente bien en aquel lugar—. Pero ha sido muy… irreal. Lleno de figuras literarias.

Hasta en sueños no dejas de pensar en ser escritora, ¿eh? —apunta él—. Abre la boca, vamos a revisar esa garganta.

Ana obedece y el otorrino examina cuidadosamente sus anginas hipertróficas. Aún siguen irritadas, pero mejorarán día a día.

Salía usted —comenta la joven—. Venía a visitarme y me daba manzanas.

El otorrino sonríe.

—Lo que me recuerda que debes seguir con los detergentes naturales. Ya sabes…

Manzanas, naranjas y granadas —recita Ana. Ha aprendido que no hay mejor medicina natural que la fruta.

Ambos se dirigen hacia el escritorio. El otorrino se sienta ante el ordenador y empieza a teclear el cuadro de Ana mientras ella ocupa la silla situada frente a él y le observa trabajar en silencio. Luego intercambian palabras sobre cuándo será la próxima consulta y se despiden con un apretón de manos.

Sin embargo, Ana no se mueve del marco de la puerta. Recuerda que debe entregar algo y se lleva las manos al interior de su bolso para extraer un sobre cerrado.

—Esto es para usted —dice dándole el sobre al otorrino—. Muchas gracias por todo lo que ha hecho por mí.

El otorrino contempla el sobre con curiosidad sin saber que el interior contiene un cuento irreal y algo poético acerca un niño y una muñeca de trapo con el síndrome de Pinocho.

Ana sonríe y da media vuelta para encaminarse a la salida. El otorrino ya no es ningún muchacho de doce años, por supuesto, sino que cuenta con varios lustros de experiencia a sus espaldas. Pero mientras observaba el sobre, Ana no ha pasado por alto su mirada inocente y limpia. Era, sin duda, la mirada de un niño. La mirada del doctor-niño.

~

Dedicado a un gran doctor.
Muchas gracias por todo. De corazón.

  1. Nov 4, 2013 11:56 am

    A esto es a lo que se le llama «hacer de la necesidad virtud»: aprovechar los malos momentos para mejorar todavía más la calidad y calidez de tus relatos. Enhorabuena, una vez más (espero que este comentario pueda publicarse, lo que no sucedió con el último que hice: misterios de la técnica) y cuídate mucho. Tus lectores te necesitamos.

  2. Nov 5, 2013 2:35 pm

    ¡Muchas gracias, Nicolás!

    Me alegro de que le haya gustado y, por supuesto, ¡me alegra poder decir que tengo lectores!

    No entiendo por qué no se pudo publicar su anterior comentario… Supongo a internet le apetecía hacer novillos. Menos mal que ya vuelve a funcionar.

    ¡Gracias otra vez!
    Cuídese usted también.

    ¡Saludos!

  3. Nov 7, 2013 3:15 pm

    Tienes lectores ya, pero o mucho me equivoco o dentro de unos años los tendrás a millones. Para que sea así, lo primero que tienes que hacer es no creértelo, y lo segundo seguir preparándote y trabajando como hasta ahora, con ilusión, constancia y tenacidad.

    Me alegro mucho de que ya estés recuperada. Un abrazo.

    PD Como sigas llamándome de usted, voy a hacer yo lo mismo.

  4. Nov 9, 2013 6:53 pm

    Como ya te escribí, estaba seguro que tu estancia en la habitación 415 y todo lo sucedido en esos días te serviría de experiencia para un gran relato pero, como siempre, ha superado a mis expectativas.
    Sigue acumulando experiencias y no cejes en tu empeño.
    ¡¡Enhorabuena!!

    Edu

  5. Nov 13, 2013 9:54 pm

    Gracias de nuevo, Nicolás. Ojalá estés en lo cierto (de acuerdo, ya dejo el «usted»de lado). Nos leemos en próximos relatos. ¡Abrazos!

  6. Nov 13, 2013 9:55 pm

    Edu, ¡muchas gracias por tu comentario y la preocupación mientras estuve ingresada! Poco a poco vuelvo a ser la de siempre y por suerte la experiencia del hospital se quedó atrás. Me alegro de que te haya gustado el relato, de verdad. ¡Un abrazo!

  7. Dic 10, 2013 6:24 pm

    Amm. Buen relato.

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