El Coleccionista de Llaves

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El Coleccionista de Llaves

Hace tiempo leí en una de esas novelas rosas que se pusieron tan de moda en el 2009 que cuando te roban el corazón ni siquiera puedes poner una denuncia. Y aunque el símil no mienta, lo cierto es que ahora me resulta incluso un tanto azucarado (y eso que yo he puesto por escrito una infinidad de palabras que tienen un sabor más dulce que esa comparación). Pero pensando en ello me surgió una duda: ¿Qué pasa si lo que te roban no es el corazón, sino su llave? En Radhuk ya hemos visto centros de desintoxicación para enadrogados y ordenadores capaces de almacenar recuerdos, aunque hasta ahora nada sabíamos del Coleccionista de Llaves. Un hombre con un negocio un tanto macabro para el producto con el que trabaja.

¿Queréis saber más? ¡Entonces os dejo con el relato no sin antes desearos un feliz jueves!

¿Seguimos leyendo?

El Coleccionista de Llaves

—No sé qué diablos quieres.

—Quisiera poner una denuncia —a pesar de que lo digo con determinación, mi voz deja escapar un tono infantil que me hace perder toda la credibilidad.

Me parece que no he entendido bien su pregunta.

Él levanta sus ojos del escritorio, la luna hundida en su mirada, y comienza a teclear en una vieja máquina de escribir. Golpes de tinta en papel amarillo y desgastado. Ya me habían dicho que odiaba los tiempos modernos y sus excentricidades tecnológicas.

—¿Nombre? —pregunta de forma automática. Tiene que haber repetido este proceso una y mil veces.

—Mihka, con H intercalada —me apresuro a añadir y espero a que frunza el ceño.

Ahí está. Aunque este hombre sea el famoso Coleccionista de Llaves es otro más de los que se sorprenden al escuchar cómo me llamo. No es un nombre común, ni sonora ni gráficamente.

—¿Mihka?

—Sí.

Traspasa esas cinco letras al papel.

—¿Cuál es el motivo de tu denuncia?

—Me han robado, señor.

Resopla con aburrimiento levantándose de la silla. Es alto y delgado. Se mueve grácilmente por la estrecha habitación, introduciéndose entre pasillos imposibles y un número incontable de archivadores y carpetas de cartón. Me quedo absorta en la expresión de su severo rostro, en su pelo blanco y recogido en una coleta baja a pesar de que no aparenta más de treinta años. Sé que en realidad tiene muchos más. Las leyendas me lo han contando.

—Mihka Meredith, ¿verdad? —asiento. El Coleccionista lleva ahora en la mano una ficha plastificada que ha extraído de un enorme cajón de madera—. Galgladi, distrito situado al sur de Radhuk, 1992 —recita teatralmente antes de volver a clavarme esos ojos grises—. Es la primera vez que vienes a mi despacho.

—Correcto. Y, no se ofenda, pero espero que también sea la última.

No sonríe, pero suaviza sus facciones.

—Lo comprendo perfectamente —dice. Luego echa un vistazo a la ficha plastificada—. Tu llave es plateada, pequeña y con zafiros engarzados. Valiosa, sin duda.

—¿Acaso no lo son todas las llaves del corazón?

—¿Lo son?

Primero no lo pienso. Luego le doy mil vueltas. Y al final encuentro la respuesta que más me duele, esa que traducida significa que la mía no merecía tanto la pena. O quizás sí. Por eso me la robaron. O tal vez no, aquel sueño que después se convirtió en una martirizante resaca conserva mi llave junto a otras parecidas. Falsificaciones en manos de un ladrón que también se llevó los besos y las caricias, que también me arrebató los suspiros, los “te quiero” unidireccionales, mi piel en su piel, mi cielo en su infierno. Que desengarzó el zafiro de la plata y guardó mi llave bajo llave obligándome a cambiar la cerradura y a poner esta absurda denuncia.

Mis manos contra las suyas, mis párpados caídos suplicándole una noche cualquiera que no se marchara. El ahogo en mi garganta cuando sólo me dejó el recuerdo de su presencia anclada a mi memoria.

Mis pensamientos estallan en mi cabeza. Gritan, pero no así mi voz. El silencio es el protagonista de esta escena que el Coleccionista decide cortar.

—Dime, ¿tienes el corazón asegurado? —no comprendo muy bien la pregunta. El hombre teclea unas cuantas frases más con su máquina de escribir mientras pienso una respuesta que no llega, por lo que decide proseguir—. Te han robado la llave, es probable que el ladrón entre cuando quiera y lo saquee. O lo rompa. Necesitas un buen seguro cardíaco para mantener intacto cada latido.

—Ignoraba que el corazón se pudiera asegurar —respondo con sinceridad.

¿Cómo podría haberlo imaginado? Sus promesas ya eran mi (refugio) seguro, mi eterna deuda y nuestro tiempo entrelazado. Aquellas promesas que resultaron ser un pacto con el diablo.

¿Qué diablos quieres?

—Podría forjar una nueva llave y cambiar la cerradura de tu corazón, así el ladrón que te robó sería incapaz de volver a entrar —susurra. Las llamas de los candelabros bailan en sus pupilas—. O podría darte una copia de tu llave para que tuvieras un recambio. O intentar recuperar la que te han quitado.

Todas las posibles opciones me conducen al olvido cruel de haberle conocido. A los instantes que dejarán de tener sentido, que morirán en cuanto contrate cualquiera de los servicios que el Coleccionista me ofrece.

Incluso olvidaré las lágrimas. Estas que descienden sin prisa por mis mejillas.

—¿Y eso cuánto me costará?

—Tiempo —sentencia. Un precio más valioso que el dinero, un contrato firmado con sangre. Mi sangre. Tiempo, quiere tiempo. Un pedazo de mi vida. Y tiempo es lo que no quiero darle.

¿Qué diablos quieres, Mihka?

Quiero al único que me demostró que podía amar a un ángel para luego arrebatarle sus alas.

—Soy el Coleccionista de Llaves de Radhuk —continúa el hombre—. Controlo todas las entradas a los corazones de la gente. Soy la llave maestra que abre y cierra puertas, que sella las sentencias, que forja y rompe. Tú decides. Porque no sé qué diablos quieres, pero te aseguro que yo los tengo todos. Y esos también poseen corazón. Esos también tienen a buen recaudo sus llaves.

Sus palabras se llevan mis segundos y me hacen llorar más fuerte. Me estremece la luna que alumbra su mirada cegando la mía, o logrando que el amor me arrebate la vista y cada sentimiento. Que los disfrace de oscuridad, que los convierta en odio. Rabia, ira, dolor, desesperación y agonía. Y luego el silencio de nuevo, la indiferencia, que tal vez sea lo peor.

Prefiero el odio. El mío y el suyo.

¿Qué diablos quieres?

Por eso, cuando abro la boca para responder, no soy yo la que habla. Es el ángel caído que, maltratado, humillado y desgarrado pide auxilio camuflado de venganza. Yo puedo vivir con el corazón destrozado a pesar de no tener mi llave, mas… ¿él podrá seguir respirando sin el metrónomo de sus latidos?

—Quiero que le robes el corazón y le dejes la llave bajo el felpudo de su vida conmigo.

El Coleccionista de Llaves sonríe con malicia. Me contagia su risa macabra. Es la cara más retorcida del amor, la que está llena de claroscuros. Por supuesto que él tiene todos los diablos. Es dueño y señor de todos ellos. Es el fuego en el que me quemo, en el que arderá la parte de aquel ladrón que se quedó conmigo por mi deseo egoísta y caprichoso de vernos juntos bailando entre las llamas. Prefiero eso y seguir a su lado que cambiar por otra y para siempre la cerradura de mi corazón sabiendo que él se quedó con mi llave.

Y tú, ¿qué diablos quieres?

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