Se abrió las venas. Así, de golpe. Dibujó una línea recta y apretó con fuerza hasta que llegó el desgarro, el grito silencioso de dolor, las cálidas lágrimas y la sangre. Salía a borbotones de la herida abierta y se derramaba sobre la madera de la mesa, y caía al suelo manchando las baldosas blancas, salpicándolas de pena.
No se detuvo ahí. Siguió hundiendo la punta afilada mientras le temblaban las manos, mientras abría los ojos como platos y se mordía la lengua para no seguir gritando. Se abrió las venas una noche de invierno, cuando el frío no calma el calor de los latidos y el café es más amargo que de costumbre. En su huida hacia alguna parte encontró sin darse cuenta su refugio en aquel suicidio que no entendía de cuchillos ni navajas. Fue un suicida mientras ella soñaba en los brazos de Morfeo, en la ignorancia de su agonía. Y él apretó los labios y se abrió las venas. Murió un poco más a medianoche… mientras ella dormía. Mientras ella vivía.
Se abrió las venas, sí, pero todo lo que hizo fue mojar la pluma en tinta negra… y escribir.
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| Fotografía: Charles Stanford (Flickr) |
