Hace 24 horas me gradué… otra vez. Es increíble lo deprisa que pasa el tiempo y lo rápido que vuelven a mis oídos los discursos de motivación, esos que te provocan unas ganas insaciables de comerte el mundo. Son etapas de la vida que abres y cierras, que empiezas temblando como un flan y con la duda del error siempre presente; pero que terminas pensando que el viaje mereció la pena. Y este así lo ha sido. El camino, por supuesto, no lo he realizado sola. Debo dar las gracias a quienes siempre me han dado la mano para apoyarme, los mismos que tuvieron el coraje de soltarme para hacerme entender que los obstáculos existen.
El futuro en todos los sentidos es un interrogante (¿Y ahora, qué?). La vida seguirá dando una y mil vueltas aunque, tal y como me dijeron ayer durante el acto de clausura del curso, debemos «abrir bien los ojos y no perdernos ninguna de esas vueltas».
Por mi parte he de decir que este año lleno de experiencias lo dejaré oculto en algún rincón de mi memoria, en algún recoveco del corazón… o en el interletrado de algún texto como este. Porque de eso va el relato de hoy.
¡Feliz sábado!
¿Seguimos leyendo?
La mejor parte es cuando te vas. Y no estás, y no vuelves. Y después, el silencio tranquilo e indiferente que araña las paredes; las razones que desconchan la pintura; los latidos que prendidos se quedan a las telarañas de mis ojos, incapaces de seguir llorando. La mejor parte es cuando te olvido, cuando no te pienso ni te miro, cuando el cielo se oscurece y sonrío, y siento que no te echo de menos, que simplemente no te quiero. Te abandono en mis suspiros, y te escapas y no te sigo. Ya no. Atrás se quedó el libro que llenamos de tantas palabras que quisimos decirnos. Que fuimos la sed del otro, el surrealismo, la rabia en la boca contenida. Que fuimos idiotas por los besos que jamás nos dimos.
Pero esa es, sin duda, la mejor parte. Cuando me esquivas y te esquivo, cuando tus hombros se difuminan en el horizonte y tu sombra no es ni siquiera un recuerdo lejano. Cuando los acordes de la guitarra no me devuelven tus dedos en mi espalda; cuando la poesía no me dice nada; cuando dejo de buscarte en las fotografías. Cuando no me duele el alma y no abrazo la ilusión que nunca me abandona.
Y el tiempo pasa, y mi memoria te borra. Y la vida avanza, y el vals se acaba. No bailamos pegados, ni siquiera juntos. Ni evocamos el pentagrama de nuestra historia. No hay más páginas que escribir y las que quedaron escritas se amarillean con el paso de las estaciones, se agrietan acariciadas por la luz del sol. Se hunden bajo el polvo con el que jamás nos despedimos.
La mejor parte es cuando no te dedico ni un maldito segundo más y le pongo un punto final al pulso que me conduce a ti. Cuando las letras de mil canciones dejan de contarme los misterios de tu piel, el secreto de tu sonrisa ladeada o el enigma de tu mirada bruja. Y mis manos no te buscan, no te persiguen. Y tú no estás, y no vuelves. Y yo me alejo y ya está. No hay más.
Cuando mis versos o mis textos no hablan de amor escondiéndote en el interletrado.
Una jaula. El amor no es una jaula, ni un punto y aparte, ni un paréntesis. Es un cohete. Y enamorarse es viajar en él. Es perderse irremediablemente en un camino de curvas peligrosas, volverse loco y no querer recuperar la cordura.
Esa es la mejor parte. La que no quisiste ver.
La que todavía sigue engañándome por las noches y hace que el corazón se crea las mentiras que mi mente le susurra casi con crueldad. Ciego, inútil, atado a tiempos que fueron mejores. Y entonces se deshacen las telarañas de mis ojos, amanece en mi ventana. Te echo de menos, pero te has ido, y no estás, y no vuelves. No vas a volver. Y no te olvido, te pienso y te miro. Y sencillamente te sigo queriendo un poco menos, pero a fin de cuentas… te quiero.

Sep 20, 2015 11:20 am
Precioso escrito! Pero esta vez la enhorabuena va más dirigida a tus padres, que como bien dices, son los que gracias a su cariño, a la vez que coraje, te han impulsado a llegar tan lejos… Y la guerra que aún te queda por dar!