Humanos de arena

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Aunque 24 horas tarde… ¡Feliz Navidad, viajeros!

Hace unas semanas estuve en Oporto. Fueron tan sólo dos días, pero bastaron para conocer casi todos los entresijos de una bonita ciudad que parece haberse quedado estancada en el tiempo. Romántica, bohemia y melancólica a partes iguales, me inspiró a escribir el texto que tenéis a continuación. Un tanto agridulce, eso sí, pero tal vez sea porque es la imagen que me quedó de Oporto y con la que lo recordaré.

No me entretengo más 🙂 Espero que disfrutéis de estos «Humanos de arena».

¡Mil besos!

Humanos de arena, Crónicas de Radhuk

Azul. Mar en calma. La brisa se escabulle llevando consigo mil granos de blanca arena. Que no saben, que no sienten. Se balancean entre el suave susurro del viento, bailan entre los edificios de colores, zigzaguean, y quizás perdidos en sueños de aire, como la casualidad más dulce, se columpian en su pelo de cobre. Libre. Incontrolable. No temen a acariciar sus labios, rasgándolos sin querer, queriendo besarlos. Y ahí está ella. Ahí él, a la orilla del mismo río que dibuja la sonrisa de una ciudad cuyos segundos dejaron de contar una década cualquiera. Hoy él la espera a ella. Hoy ella siente de cristal su piel. Frágil, con miedo a colorear de rojo el vidrio con una nueva cicatriz. Tan presa. Tan preso. Queriendo y sin querer ver otro amanecer.

El desorden de sus pensamientos manifiesta en sus latidos la más ilógica entropía descrita por la física. Acaso es tal el deseo; acaso es tan sólo la dopamina que la obliga a descender los escalones de piedra, tan grises como su alma, contradictoria a los tonos saturados de callejones imposibles que la ven correr sin tropezar, ahorcándose en sus ganas de encontrar el cielo olvidado en su boca. Él contempla los barcos amarrados en el muelle. Se alisa los pantalones arrugados, al igual que su camisa, y piensa que es un día más. Un día en el calendario para vivir donde miles lo hicieron. Y quizá así ser la ceniza caliente, unas alas para echar a volar. Y quizás dejar de perder ilusiones mojando un papel. Y quizás atreverse. Y quizás soñar. Con ella. Sólo él. Para bailar sobre los adoquines desiguales, retar al equilibrio, burlarse de la palabra «complicado». Quemarse en su falda de tablas. Tomar el último café.

De nuevo el frío aire de la ciudad se cuela sin permiso entre su ropa. Acaricia el algodón. Primero superficialmente, el corazón decide tocarlo después. Ella desgasta la yema de sus dedos contra la pared junto a la que camina. Deprisa. Se desprenden motas de polvo que enturbian sus poros y los tiñen de plata sucia. Y aún así el metal continúa siendo noble. Sonríe. Se aparta sin delicadeza alguna el pelo del rostro mientras siente que los granos de arena blanca, esos que el viento ha traído consigo como si fuera una aerolínea, tatúan sus huellas dactilares. Casi vuela. Se desliza sobre la acera sin apenas tocarla y vislumbra a lo lejos el río cuyas aguas respiran la quietud del invierno. Tranquilo, quieto el Duero; inquieto el bajo de su pálido vestido, que juega entre las piernas de la joven, rozándolas con suavidad en cada movimiento. Atrás quedan los edificios de colores, de puertas altas y estrechos ventanales, la arquitectura melancólica estancada en los años 20, la nana que entona el tranvía al avanzar sobre los rieles de hierro oxidado. Atrás, los recuerdos, el olor a pescado asado, a limón y sal, a vino rosado derramado sobre el mantel.

Y sólo él. De frente. Con su camisa y los pantalones arrugados. Sólo él. Solo. La mira y tiembla el mundo. ¿Y ella? Ella sacude el suelo a cada paso, el aire a cada palabra, el corazón a cada verso convertido en una canción.

—Has tardado —susurra él. Sus dedos se entrelazan.

—Una hora, tres minutos y veintiún segundos —asiente ella—. Y un millar de granos de arena.

Se revuelve el pelo con la mano y sobre sus hombros cae una finísima capa de canela en polvo. Decir que se miran es decir muy poco. Se cuentan una a uno los latidos escapándose del pecho, los segundos en los que el oxígeno arde en sus pulmones. Se describen en silencio con el tacto de su piel. El tacto de unos labios que no saben dónde encontrar su principio y dónde su fin. Se quieren. Se quieren despacio. Se anhelan. Se funden en mil besos; el uno en el otro mientras duerme la noche y el día, perezoso, comienza a trabajar. Tan presa. Tan preso. Queriendo y sin querer ver otro amanecer.

Y aquí, donde ellos se quisieron sobre el húmedo suelo abrigado por una fina manta de nieve, descansa un diminuto montículo de mil granos de arena blanca. Que no saben, que no sienten. Se balancean entre el suave susurro del viento, bailan entre los edificios de colores, zigzaguean, y quizás perdidos en sueños de aire, se columpian en el eco de una canción.

Humanos de arena.

Fueron humanos.

De arena.

  1. Dic 26, 2016 5:48 pm

    impresionante,maravilloso,eres única cariño,orgullosa de conocerte atreves de tu mami que es impresionante como tu,sólo las personas de corazón limpio son capaces de llegar al alma como lo haces tu,yo sólo se que cada vez qué te leo me heces ser mejor persona,gracias mi niña por se como eres y ser capaz de transmitir como lo hace.No dejes de escribir nunca como lo heces para que sigamos disfrutando de tu magia.

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