Muchos me lo habéis preguntado a lo largo de todo este tiempo. ¿Para cuándo el libro? Ni yo lo sé. Sí que tengo la intención de escribir una historia larga, con personajes complejos y una trama más o menos seria, pero siempre voy a contrarreloj con estas cosas. Aún así, hace unos años comencé a escribir una novela y, aunque avanza muy, muy despacio, mi idea es terminarla. Quizás nunca llegue a ningún sitio, pero no quisiera dejarla a medias y quedarme con las ganas de saber qué habría pasado de haberla acabado.
He impreso todo lo que llevo (más de cien folios) y estoy releyendo todo, quitando y añadiendo párrafos, cambiando ligeramente la trama… Mi forma de escribir ha cambiado. Esta historia la empecé cuando tenía alrededor de 19 años. Ahora, con 23, redacto de una manera más directa (fruto de mi paso por la televisión, donde me acostumbré a escribir con frases cortas), y todo lo que he escrito necesita una readaptación.
En cualquier caso, mientras me armo de paciencia, os dejo un fragmento (algo sesgado para no alargar demasiado esta entrada) del segundo capítulo de este proyecto ambientado en 1947. Una historia dentro de otra historia, por decirlo de alguna manera, que podría ser perfectamente uno de los relatos del blog. Y aunque por el contenido del texto, que redacté con 19 añitos, parezca muy fantasioso, la historia nada tiene que ver con el género fantástico.
¡Espero que os guste y que la historia de Layra os despierte cierta curiosidad!
¡Feliz Año Nuevo 2016!
¿Seguimos leyendo?
Cada noche muere un poco más. Se suicida en silencio y despierta por las mañanas, como nacida de un sueño, de una pesadilla congelada en un invierno de posguerra. Su vida está vacía. Se siente la princesa destronada de un reino imaginario. Protagonista y antagonista de sus días. Presa, condenada a la rutina y encarcelada en los suspiros que escapan de su boca queriendo huir de la realidad.
Layra se desnuda en silencio para ponerse el pijama y meterse obedientemente en su cama de viejos muelles que gritan exigiendo ser engrasados. Camiseta gris de la talla XL y pantalones de franela desgastados. También demasiado grandes para su enjuta constitución.
Es la hora del cuento y tanto si a Layra le gusta como si no, o si para ella supone una auténtica pérdida de tiempo, lo cierto es que no le queda otra que callar y escuchar la nueva historia que esta noche toca.
Layra siente las sábanas frías y ásperas cuando se desliza sobre ellas, y otra vez vuelve a añorar todo lo que ha perdido. Así se hace un ovillo entre las mantas, sintiéndose más pequeña todavía al encoger su cuerpo. Parece que el sueño la vence en el momento en que cierra los ojos, pero es entonces cuando su madre, Enea, irrumpe en su cuarto tras golpear suavemente la puerta un par de veces.
—¿Puedo pasar? —pregunta educadamente como si su hija fuese una completa desconocida. La cena no ha resultado demasiado familiar y Enea sólo espera que no sea el preludio de la Navidad que se avecina.
Layra ni siquiera contesta y su madre toma ese silencio como una afirmación más que evidente, por lo que se apresura a entrar en el vacío y triste dormitorio y sentarse en el borde de la cama, acariciando la frente de su hija segundos después.
—Vaya… Tienes la frente caliente. ¿No tendrás fiebre?
—Estoy bien —repone Layra mirando a Enea a los ojos y sonriendo alegremente para reforzar sus palabras. Pero, por si acaso, decide agregar—: de verdad.
Enea no está muy convencida, aunque finge darse por satisfecha y al final ella también sonríe mientras toma entre las suyas las manos de su hija. Últimamente la encuentra muy distante, como si su cuerpo estuviera a su lado, pero su mente viajara lejos, perdiéndose en el horizonte de la ciudad.
—Bien —dice—. No me gustaría que las Hadas del Sol te hubieran hechizado, ¿sabes? No todas las criaturas del bosque son tan buenas como se muestra en los cuentos.
—¿Hadas?
—Sí.
La hora del cuento. Enea tiene una particular manía de buscar excusas para saltarse el clásico «Érase una vez».
Layra sabe perfectamente qué son las hadas y, obviamente, no cree en ellas porque desde siempre ha tenido una mente completamente cerrada para las fantasías y esas historias que sólo sirven para hacer dormir o, en su defecto, asustar a los niños. Sus favoritas son las versiones de los cuentos de los Hermanos Grimm o de Hans Christian Handersen, en las que la belleza se ata a la crueldad y viceversa.
Aún así prefiere hacerse la ingenua. Después de todo, se supone que sólo tiene trece años.
—Pero las hadas sí que son buenas —insiste ella de forma inocente mirando el sencillo reloj situado sobre la pared blanca. Todavía tiene tiempo.
Enea parece divertirse más que la niña.
—No todas, hazme caso. Las Hadas del Sol no lo son. Y a menudo eligen a niñas como tú para que sufran una terrible maldición.
—¿Qué clase de maldición? —pregunta Layra y ahora sí lo hace con sincera y súbita curiosidad. No cree que el relato que su madre tenga preparado pueda ser cierto, pero tal vez le otorgue alguna pista si lo escucha.
—Pues… nacen de las lágrimas del sol los días de lluvia. Cuenta la leyenda que sienten predilección por jovencitas como tú, Layra. Niñas buenas que posean un corazón que parece no tener cabida en un pecho tan pequeño. Y lo que buscan de ellas es robarles el alma.
—¿El alma? —repite Layra sin comprender. ¿Por qué les interesaría un alma humana? —¿Para qué? ¿Por qué necesitan eso de las niñas?
Enea le acaricia el pelo con delicadeza. Su hija se estremece ligeramente. Es muy arisca y odia cualquier tipo de contacto físico.
—Sencillamente porque se alimentan de sentimientos humanos, aumentando así su esperanza de vida. Cuanto más puro e inocente sea el sentimiento que roben, más años vivirán.
Inocente. Layra se reiría de poder hacerlo.
—¿Y cómo lo consiguen? No son invisibles. No pueden robarte el alma sin más.
—No, claro que no —comenta Enea guiñando un ojo misteriosamente. Ante el silencio de su hija y su extraño rictus, decide ofrecerle una explicación para que lo entienda—. Es como contagiarte de una enfermedad de la que no te puedes curar pero que no llega a matarte. Se disfrazan de nosotros mismos, buscan nuestras debilidades y se aprovechan de ellas. Nos engañan, nos enamoran sin que nos demos cuenta. Es lo que se conoce como el Soplo. No puedes mirar a esas criaturas a los ojos sin caer en la perdición. Ellas saben que no juegan limpio, pero somos su clavo ardiendo al que aferrarse, su salvación. Matar o morir. Es irónico, cierto, y sin embargo lo consideran algo injusto por su parte. ¡Como si robarle el corazón a alguien no lo fuera!
Layra aprieta los labios. No le gusta demasiado el «cuento».
—Ya. ¿Y qué pasa después?
—Lo olvidas todo —Enea contempla tristemente a su hija, que se encoge en un movimiento apenas perceptible mientras se tapa aún más con las sábanas—. Olvidas quién eres, cómo te llamas y también a aquellos que son importantes para ti. Así es como las Hadas del Sol roban los sentimientos de la gente, haciendo que las personas pierdan sus más preciados recuerdos, sus ilusiones y sus sueños. Sus cuerpos se convierten en receptáculos vacíos, vagando en ninguna parte como almas en pena. Y quien se convierte en una de sus víctimas, desgraciadamente, ya no deja de serlo nunca. Nos vacían para llenarnos con la más absoluta oscuridad, como un eclipse total de sol que tiñe de negro la Tierra.
—Es horrible —comenta Layra con incredulidad. Le gustaría rebatir que todo eso lo hace el tiempo sin necesidad de disfrazarse de algo tan falso como un hada. El propio tiempo se alimenta de razones y sentimientos, colecciona miles de millones de almas y forja los cambios de las personas. Y un día el olvido no es sino polvo y arena. Granito y letras de bronce que pierden su brillo poco a poco.
Menuda historia más macabra para tratarse de un cuento infantil. Uno que, por cierto, es un vago intento de asustar a los niños, como era de esperar. Es como el más cruel de los amores no correspondidos.
—Lo sé. —afirma Enea antes de añadir la frase que justifica cualquier reacción, como si en verdad sus próximas palabras fueran la base y el resumen a la vez de la historia—. Pero es una maldición. No les dejes entrar nunca, Layra. No permitas que nadie nuble jamás tu razón.
Layra no pronuncia palabra. Poco o nada le importa la fantasía literaria. La sociedad ya se encarga ella sola de cometer genocidios contra la lógica y la humanidad.
—Sólo es un cuento —asegura Layra para sí misma, aunque lo hace en voz alta—. No tiene nada de real.
«Salvo el tiempo», piensa.
Tiempo. Vuelve a mirar el reloj.
—Bueno, eso es relativo —interviene Enea con cierta aura enigmática en sus ojos—. Es real todo lo que tú quieras que así sea.
La muchacha decide no añadir nada más porque no está de acuerdo con las palabras de su madre, pero no quiere hacérselo ver. 1947 no es un buen año para empezar a creer en la magia. Y punto.
—Mamá, ¿crees en Dios? —le suelta de pronto. Enea clava la mirada en el crucifijo situado sobre la cabecera de la cama, los ojos abiertos como platos. Los brazos cruzados ante el pecho. No se esperaba esa pregunta.
—Sí, Layra.
—Pero… ¿es real o simplemente es algo relativo?
—Dímelo tú. Esas cosas se sienten aquí —contesta Enea rozando con sus dedos el pecho de su hija, cerca del corazón. Una sombra cruza los ojos de Layra. Ella es incapaz de sentir nada ni de creer en nadie. Ni siquiera en ella misma. No tiene respuestas a sus preguntas y está convencida de que ningún ente divino despejará sus dudas.
—Buenas noches, mamá —se despide recostándose del todo sobre el colchón en un claro gesto de que ya está cansada de escuchar falsas leyendas.
Enea se da cuenta.
—Buenas noches, Layra —dice inclinándose hasta rozar con sus labios la frente de la niña. Sigue preocupada por esas décimas de fiebre. Acto seguido se dirige hacia la puerta de entrada y apaga la luz—. Que descanses.
Enea abandona el dormitorio de su hija. Ella se queda sumida en la oscuridad de la noche y en el débil reflejo blanquecino de la luna y las estrellas, que se cuela por la única ventana que hay en la cuadriculada habitación.
Ya está lista para seguir muriendo, pero antes enciende la radio que descansa sobre la mesita de noche. El locutor anuncia, emocionado, que faltan tres días para que se produzca un eclipse total de sol.

Ene 1, 2016 10:07 pm
Se puede morir estando vivo.