Febrero ha sido el más breve suspiro. Una montaña rusa que en su recorrido ha ido perfilando el relato que tenéis a continuación. En él he probado a cambiar un poco la narrativa, a ver qué tal se me daba. Y creo que ha funcionado, aunque esta especie de apuesta conmigo misma ha hecho que durante todo el mes le haya estado dando vueltas a las siguientes líneas.
Espero que lo disfrutéis tanto como a mí me ha gustado escribirlo 🙂
¡Besos literarios!
El (ahora ya) anciano orfebre había fabricado hacía años aquella veleta. Brillaba casi de forma sobrenatural posada sobre el tejado, como si una estrella de color escarlata hubiese anidado entre las tejas de oscura pizarra. Era una golondrina con alas de hierro pulido; vistosos los ornamentos que surcaban unas plumas tan inertes como vacíos sus pensamientos.
Libre. Era libre. Solía elevarse junto al viento que a menudo encallaba en las montañas nevadas. La mirada perdida lejos; más lejos aún, el corazón.
El orfebre había trabajado incansablemente en el modelado de sus sutiles curvas mientras imaginaba en soledad que sus manos acariciaban la piel desnuda de una mujer. Esa mujer. Día y noche. Le susurraba al metal sin vida palabras de amor. Promesas veladas por unos ojos que no veían más allá del tejado de pizarra, donde él la haría suya. Y ella, de él.
Era, sin lugar a dudas, su mejor obra.
Roja. La veleta roja.
Abrigado con un viejo gabán de lana, el orfebre contemplaba los giros de la golondrina metálica mientras ella bailaba con el gélido aire una balada cualquiera. Podía escuchar el violín, cómo sus cuerdas se deshacían por ellos. Un triste piano y de vez en cuando, una guitarra. Solitaria.
Como ella. Como él.
Las horas se perdían en el reloj junto a los recuerdos inconexos que un día redujeron a nada la distancia entre sus labios. Él solía abandonarse a su cintura. Ella reía mientras la música envolvía lentamente algo más que sus manos entrelazadas, más que las palabras que después fueron suspiros. Más. Aquella golondrina no era sino la jaula en la que ella permanecería siempre presa, añorando la libertad de los halcones, que sin permiso podían volar.
Durante años, el orfebre había visto cómo los montañeros que hallaban su hogar perdido entre los árboles cansados del invierno, se deleitaban con la figura de la veleta coronando el blanco cielo, tiñendo de carmesí las nubes esponjosas. Estiraban sus manos enguantadas en un intento por acariciar el hierro sobre el tejado. El orfebre sonreía con malicia y egoísmo. Allí, encaramada al techo de la casa, ella siempre le pertenecería. Y él siempre la querría, aunque ella no le quisiera. Aunque ella no quisiera. Aunque se hubiera marchado hacía tantas décadas que el anciano había perdido ya la cuenta. Aunque se hubiera marchitado. Era enfermizo.
Aquella mañana, el orfebre despertó temprano sacudido por una tos tan horrible como inesperada que contorsionó su pecho sobre la cama. Apartó las sábanas y se dirigió a la sala de estar, donde tomó un café que le supo más amargo que nunca. Solía desayunar escuchando chirriar la veleta roja en la dirección del viento. La golondrina lo seguía allá donde este fuera y al viejo le gustaba agudizar el oído entre el crepitar de su estufa y el susurro de la cocina de gas, como quien sintoniza su emisora de radio favorita. Así interpretaba él un buenos días disfrazado de silencio. Aquella mañana, sin embargo, el anciano se asustó al no escuchar sonido alguno. Sólo el eco de las montañas, que de pronto le pareció la melodía más triste del mundo. Casi de forma automática depositó la taza de café, aún caliente, sobre la mesita auxiliar y se dispuso a ponerse su pesado abrigo. Notó cómo iba perdiendo la respiración a cada paso que daba. Cientos de siglos pasaron antes de que llegara al pequeño recibidor y abriese la puerta que daba al exterior. Y entonces, nada. Ahí seguía la veleta, quieta, inerte, sobre el tejado nevado.
—Aún duerme —dijo el orfebre e inmediatamente regresó al interior de su hogar —. Aún duerme.
Pero no dormía. No dormía. El beso de aquella mañana contra sus labios sabía a óxido y a polvo. A olvido. El orfebre pudo haberse percatado de aquel sabor metálico, pero no lo hizo. Ella estaba allí. Como siempre. Para siempre. Era todo cuanto le interesaba ver.
Regresó a la cocina arrastrando los pies sobre el suelo de madera, que crujía bajo sus viejos zapatos. Comenzó a llover cuando dejó la taza de café en el interior del fregadero. La tormenta se ensañó con la casa. Las contraventanas golpeaban la fachada con fuerza y las ramas de los árboles cercanos fustigaban las cristaleras que daban al salón. Nada de eso, sin embargo, hizo que el orfebre deshiciera los pasos andados para volver al recibidor. Y fueron unos golpes contra la puerta, ligeros como un metrónomo, los que obligaron al anciano a sentir otra vez el frío aire sobre su arrugada piel.
Allí, frente a su cuerpo enjuto y contraído, había un niño. Un muchacho con la nariz roja y las manos entumecidas. Unas manos que sostenían…
—No vuela.
El anciano creyó morir. Entre una maraña de dedos blancos yacía la veleta desmembrada. Sucia. Fea. Vieja.
—¿Llora porque no vuela? —preguntó el niño con inocencia.
El orfebre apenas logró tomar entre sus brazos lo que quedaba de la golondrina, un amasijo de hierro oxidado. Huesos de metal.
La lluvia azotó el pelo del anciano mientras intentaba respirar.
Roja.
La veleta roja.
Ella.
Apretó los labios tratando de discernir si lo que mojaba su rostro era la tormenta o sus propias lágrimas. Y fue incapaz de saberlo. Tan ignorante en su silencio como ciego había estado por creer que ella sería eterna. Por pensar que la haría suya sobre el tejado de pizarra. Y él, de ella.
—No es verdad —susurró el orfebre. El niño contempló sus ojos velados, pero él ya no volvió a mirarlo —. Está volando. Está volando.
Y allí, bajo el susurro de la lluvia, el anciano también aprendió a volar.
Era una golondrina con alas de hierro pulido; vistosos los ornamentos que surcaban unas plumas tan inertes como vacíos sus pensamientos.

Jun 18, 2017 10:14 am
[…] sí, lo digo con la boca pequeña, pues han pasado meses desde que escribiera la historia de aquel anciano orfebre y su veleta roja. Perdonad por tan larga espera. La inspiración es caprichosa y escribe cuando quiere, ya lo […]