¡Un momento! Parad las máquinas, los motores y hasta el mundo si hace falta. ¿Ya es veinticuatro de diciembre? A Sabina le robaron el mes de abril, de acuerdo, pero a mí me arrebatado todo el calendario desde que terminó agosto. De pronto estamos aquí, a poco más de una semana para dar comienzo al nuevo año y yo ni siquiera me he molestado en hacer el famoso balance que todos solemos realizar. El tiempo pasa volando. Me parece tan irreal como la chica de este relato, a quien conocemos (o creemos conocer) a través de un taxista. Porque las historias no entienden de tiempo ni de lugares… y cualquier «Érase una vez» puede dar rienda suelta donde menos lo esperamos. Como es el caso, en el interior de un taxi.
¡Espero que os guste y os deseo a todos una genial Nochebuena y, por supuesto, feliz Navidad!
¿Seguimos leyendo?
El gris de la ventanilla se refleja en sus ojos oscuros. Frío, el invierno no perdona. Se estremece bajo la trenca negra antes de alisarse la falda con un movimiento airado. La tela arropa sus rodillas, sus piernas cruzadas, las acaricia allí donde algún afortunado habrá depositado sus manos. Luego suspira. Me clava su mirada a través del retrovisor interior. Así, despacio, dejando caer los párpados mientras juguetea con su larga cabellera.
Viento. El gélido viento la ha despeinado antes de subirse al taxi, pero ella no ha puesto interés alguno en apartar el pelo que ahora enmarca su rostro. Se muerde los labios cortados por a saber qué besos, se muerde los pensamientos que leo en mi imaginación, donde la veo entre sábanas blancas, de algodón, donde su desnudez censura mi razón.
Lejana me llega la voz de Mark Knopfler, de los Dire Straits. Siempre he sido más de los Smashing Pumpkins, pero ahora, con ella en el asiento trasero del coche, me encuentro tan perdido como aquel Romeo que no sabía hacer nada bien. Me gustaría llevarla a cualquier otra parte menos al destino que me ha indicado. Ser la canción que tararea distraídamente sólo para estar más cerca de su boca. Su cigarrillo y esa falda de color granate que se ajusta a su cuerpo… Pero me limito a asentir educadamente y a subir el volumen de la radio para bajar el tono de mis fantasías. Con suerte el tráfico será denso y la lluvia pisará por mí el freno.
Las gotas tibias que arañan los cristales del taxi ensombrecen su melancólica expresión mientras a mí me sorprende el deseo de despejar las nubes grises de sus pestañas vestidas de rímel. Borrar mis dudas de cualquier sentimiento de carácter ilegal. Prohibido. Y cortarle a besos los labios ya cortados. Piel con piel. Y también por debajo de su falda. Desvío. Cruce. Cruce de miradas. Sonrisas en el umbral de la locura. Ella, simplemente. El sol escondido tras la tormenta. Sencillamente ella. Ella. Todavía no sabe que se está enamorando. A ciegas. Perdidamente. Que soy el rehén de sus recuerdos, el que secará las lágrimas que no llora. No sabe que deseará haber retenido en su memoria la matrícula de este coche, como yo guardaré para siempre su juego de caderas al caminar.
Detengo el taxi. Ella rebusca la cartera en su bolso. Me dan ganas de cobrarle el plus de nocturnidad, pero no aquí, en otro lugar. Se coloca el pelo detrás de la oreja cuando deposita sobre mi mano quince euros antes de esfumarse del asiento trasero, como si nunca hubiera estado allí. Apenas se marcha ya comienzo a echarla de menos. Apenas empiezo a echarla de menos comprendo que tampoco yo sabía que me estaba enamorando.
Tarde. Demasiado tarde. Madrid se me antoja casi cruel bajo este manto de lluvia torrencial. Irreal, como ella. Jamás sabré si fue una ilusión, un susurro, un latido o un fantasma. Era ella y ya está. Ella perdiéndose en la bruma que zigzaguea en la carretera y entre los edificios del centro de la ciudad. Ella arrastrando consigo los besos que nunca habrá, fugitiva y libre. Como si estuviera huyendo de la realidad… o de mí, preso, y de nuestras miradas encontradas en el espejo retrovisor.
Como si tuviera miedo, como si sus dudas fueran todavía más ilegales que las mías y no quisiera nunca volver a amar.
