Nunca supo si la última luna de Radhuk ya había ascendido todo lo que podía ascender en el cielo antes de divisar al primer lobo blanco perderse en la noche. Tampoco sabría en qué momento la niebla fue tan densa como para ni siquiera ver las palmas de sus manos, ni descubriría jamás lo que realmente significa «volver a casa», a su hogar. Liam corría entre los árboles a toda velocidad, esquivando las ramas y saltando ágilmente sobre las rocas cubiertas por una gruesa capa de musgo. No era especialmente atlético ni tenía gran capacidad de resistencia, pero en aquel momento debía serlo. O seguía corriendo sin rumbo fijo o moría, así de simple. Aún podía sentir en su piel el calor del fuego, escuchar los gritos de terror de los aldeanos, oler la carne quemada o contemplar la sangre bañando el suelo plateado de Grisphere, el pueblo sin color de Radhuk. La lluvia de plata que caía únicamente en esa parte de la región impedía al lugar tener otro tono que no fuera el gris, aunque aquella noche de febrero se hubiese teñido del naranja de las hogueras.
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| Fotografía: gpoo (Flickr) |
Liam había escapado. Por lo general, solía pasar desapercibido. Era tan gris y apagado como su propio pueblo e incluso más, ya que al menos los adoquines de Grisphere brillaban bajo el sol cuando llovía, pero Liam no. Él nunca brillaba. Tímido, cerrado, introvertido y en ocasiones desagradable, solo buscaba su lugar en el mundo, aunque ni en ese cometido tenía suerte. Tampoco su físico destacaba. No era feo, sus ojos grises en un rostro aniñado eran todo lo expresivos que él jamás llegaría a ser, y su corto cabello negro, siempre despeinado, se dejaba acunar por el viento reflejando la libertad con la que Liam soñaba todas las noches. Pero tenía un cuerpo escuálido y esmirriado, erosionado por el frío de Radhuk y sus ventiscas, y el hambre… Sin embargo, el chico era especial. Él era el único en todo Grisphere capaz de hablar con los lobos. Los entendía, sentía su ferocidad en su piel del mismo modo en que ellos olían su miedo. Y aún así se respetaban, se buscaban y se encontraban cuando era necesario. Porque sí. Por algún motivo.
Aquella noche Liam no podía refugiarse en los lobos. No era uno de ellos ni lo sería nunca. No le ofrecerían ayuda. Era lo único que el muchacho sabía, la única certeza que poseía de tantas otras cosas que desconocía o ignoraba.
El reflejo del fuego en las hojas de los árboles fue atenuándose poco a poco y Liam cayó extenuado sobre la tierra. Reptó hasta acurrucarse en la falda del tronco más cercano y cerró los ojos tratando de serenar lentamente su respiración entrecortada. Se preguntó si había corrido lo suficiente, si allí no le encontrarían, pero esa respuesta tampoco la conocería.
Liam moriría esa misma noche entre los copos de nieve sin poder hacer nada para evitarlo. Ni siquiera aunque hubiera dado infinidad de saltos en el tiempo para cambiar su destino.
A miles de kilómetros de distancia, posada sobre una flor, una mariposa había batido sus alas sellando el destino de Grisphere y el suyo propio. Aunque eso Liam, obviamente, menos aún podía saberlo.
El Efecto Mariposa y los Seis Grados de Separación.
Todos hemos oído hablar alguna vez del Efecto Mariposa, el cual juega con la idea de que el aleteo de una mariposa en un cualquier parte del mundo causa un fenómeno de dimensiones inconmensurables en otro lugar del planeta a miles y miles de kilómetros de distancia. El misterio que encarna esta teoría se ha representado en multitud de expresiones artísticas como canciones, películas, novelas e incluso series de animación y videojuegos, resultando fuente de inspiración e interés. La temática que siguen estas historias en cualquiera de las plataformas mencionadas suele ser la misma: grandes cambios y saltos constantes en el tiempo para contrarrestarlos.
Pero aunque parezca increíble, la relación y conectividad de estos elementos y de los seres humanos en general es real. De hecho están vinculadas a la Teoría de Caos, una rama de las matemáticas y la física, entre otras ciencias, que habla de la sensibilidad (a veces extrema) dada en ciertos sistemas dinámicos según unas determinadas condiciones.
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| Fotografía: Wikipedia Commons |
No son, sin embargo, los únicos conceptos que tratan de explicar la conexión entre ciertos fenómenos o entre la propia gente. ¿Sabías, por ejemplo, que todos los seres humanos estamos unidos por una media de seis personas entre nosotros? Esto quiere decir, pongamos por caso, que tú conoces a alguien que a su vez conoce a otro alguien que conoce a alguien que conoce a alguien que conoce a Ewan McGregor. Algo que parece tan enrevesado es lo que intenta explicar la teoría de los Seis Grados de Separación, la cual afirma que todos los individuos estamos conectados mediante una cadena de conocidos que cuenta con alrededor de seis eslabones.
De esta manera se puede afirmar que «el mundo es un pañuelo» y que en ocasiones parece demasiado pequeño. Al final resulta que ni somos tan diferentes, ni estamos tan lejos los unos de los otros.
Cuanto menos curioso, ¿verdad?

