Y quizás una mañana te despierten los rayos del sol en una habitación que no es la tuya. Te incorporarás desconcertada preguntándote qué pasó unas horas antes, pero no hallarás la respuesta entre las sábanas arrugadas, en la puerta entreabierta, como si alguien acabara de salir dejándote sola. No encontrarás explicación alguna en una nota de papel sobre la mesita de noche ni el desayuno caliente en una bandeja de plata. Lo siento. No serás ninguna princesita de cuento de hadas. Sólo una más. Un nombre tachado en una lista. Y por mucho que esperes una maldita señal, ésta no llegará. No recibirás ningún mensaje, no habrá más besos ni caricias, ni historias que contar. Los sentimientos te provocarán un nudo en la garganta, caerán sobre ti como la lluvia en forma de mentiras y la cama se te hará gris, triste, fría y más vacía que nunca. Como el corazón de quien te conquistó anoche.
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| Fotografía: Lucía Alonso (Flickr) |
Y quizás entonces te acuerdes de mí y del momento en que te dije que no. Me echarás de menos en silencio porque jamás querrás admitirlo en voz alta. Sonaría demasiado real, demasiado cruel, y eso te asusta, te da miedo. Notarás mi ausencia en cuerpo y alma. Sentirás mi voz en tus oídos y mis brazos rodeando tu pecho. Pero seré tan sólo una quimera, un pensamiento volátil; una imagen en tu mente y un latido en tu corazón. De pronto valorarás los segundos que te di, las sonrisas que te regalé, el tiempo en que anduve loco y perdido detrás de tu mirada, de tus curvas endiabladas, de tus labios y de tus piernas torneadas. Seré el reflejo ebrio en el cristal de esa ventana, pero no estaré ahí contigo. Nunca me elegiste a mí.
Y quizás así te des cuenta por fin de que de haber despertado en mi habitación sí hubieras encontrado el desayuno en una bandeja sobre la cama llena de rosas; jamás se hubieran terminado los besos ni las caricias. Pulularían por todo tu cuerpo sin saber nada del fin de existencias. Y no tendríamos una sola historia que contar, sino que llenaríamos miles y miles de folios en blanco con cada experiencia hecha nuestra. Serías la princesa consentida de este cuento y tu nombre sólo figuraría en mi lista de prioridades.
Qué distinto sería, amiga, qué distinto.
Pero nunca fuiste de “chicos buenos”, de esos que al final se cansan de pensar en ti, de tenerte en sueños o de intentar hacerte feliz. Fuiste de los malos, de los complicados, de los que te absorben la conciencia con palabras, con la labia del diablo. De los que no se acuerdan qué fue de ti tiempo después y juegan a base de engaños. De los que enganchan haciéndote daño. De esos fuiste, sí.
Sin embargo sé que aún así no volverás, que necesitarás engañarte más, seguir jugando, seguir pensando ciegamente que él va a cambiar.
Las mujeres sois así.
Pero no puedo reprochártelo. Porque nunca me elegiste a mí.
