Paracaídas

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¡Viernes! A las puertas de mi último fin de semana de vacaciones vuelvo con un relato que describe lo que le pasa a Evie, una joven enganchada a cierto tipo de droga, si se le puede llamar así.

Me recuerda al grupo Skillet y su You’re better than drugs. Sus canciones llenaban mi mp3 allá por el 2009, así que estas palabras se han convertido en la excusa perfecta para volver a reproducir sus temas. Los de Skillet y los de Red porque, hablando de vicios, su Already Over me tuvo tan enganchada a ellos como Evie a su particular marca de cocaína…

¿Seguimos leyendo?

paracaídas

—¿Cuándo empezó todo?

—No lo sé.

—Esa respuesta no me vale.

—¡Pero es la verdad! ¡No lo sé!

Cahir suspira y se coloca el cuello de su camisa azul otra vez. Tiene el pelo castaño, la piel clara y los ojos marrones, y se ha dejado una perilla desaliñada que, sin embargo, le favorece. Se apoya contra el escritorio y cruza los brazos ante el pecho. Está cansado, harto… pero aún debe guardar las formas y ser paciente. Porque todavía tiene que soportarme.

—¿No sabías que era peligroso? —pregunta masajeándose las sienes. Supongo que después de una hora de hablar conmigo debe de dolerle la cabeza. Aunque más me duele a mí. Me duele el alma, que es peor. Lo mío no se cura con una pastilla.

—Claro que lo sabía. No soy idiota.

—Tu actitud y tu comportamiento demuestran lo contrario.

Desvío la mirada hacia la ventana por toda respuesta. Me pregunto a cuántos metros estoy del suelo y, si en el caso de saltar por esta oquedad que se me antoja lo más parecido a la libertad, sobreviviré. Y eso que la muerte me parece casi más apetecible que este tercer grado tan innecesario como doloroso.

—Evie…

—¿Qué? ¡Ya te lo he dicho! ¡No lo sé!

—Entonces, ¿por qué empezaste? ¿Tampoco lo sabes?

Me dejo caer sobre la silla. Estoy aburrida. Admitir esto delante de Cahir es una tortura que tengo que aguantar desde que entré en este centro de rehabilitación hace dos días. ¡Dos días! ¡Una eternidad! Lo único que quiero es largarme.

—¿Y tú? ¿De dónde te viene esa manía de entrometerte en la vida de los demás?

—Esa manía es mi trabajo. Y también es lo que va a hacer que seas libre y que vuelvas a ser tú —Cahir se acerca de nuevo y se sienta a mi lado. Me toma de la mano—. Venga, ¿por qué empezaste? —repite.

Si el silencio fuera una daga, me habría degollado. Cahir habla de la libertad como quien conversa tranquilamente del tiempo que hace. Para mí, sin embargo, esto no es tan fácil. ¿De verdad algún día me desharé de estas cadenas?

—Pensé que no pasaría nada —susurro contemplando mis zapatillas—. Solo quería probar una vez y saber lo que se sentía. Creía que todo estaba bajo control, que lo tendría controlado siempre. Hasta que me di cuenta de…

Se me hace un nudo en la garganta. Cahir me taladra con sus ojos. Marrón contra marrón. Me invita a continuar con un gesto de su cabeza.

—¿Sí? —insiste.

—Me di cuenta de que estaba jodida.

Se muerde los labios. No le gusta que hable mal, pero decir que estaba perdida o dolida… o qué sé yo, me parece decir muy poco. Y más cuando no soy capaz de encontrarme ni de ver la salida. Me odio a mí misma por autoengañarme, por fingir y creer que las cosas están bien cuando no es así. Y aunque ahora Cahir me mire con desaprobación ladeando la cabeza de un lado para otro, lo reitero: estaba y estoy jodida.

—¿Qué pasó después?

—¿Cuándo?

—Cuando te percataste de que algo no funcionaba —contesta suavizando las palabras. Si pudiera estoy segura de que me lavaría la boca con jabón.

—Seguí jugando.

—¿No lo dejaste?

—No.

—¿Por qué?

—No quería.

Y mi propia afirmación me duele.

Sabía que estaba cruzando la línea que yo misma me había impuesto, que estaba quemándome en el más placentero de los fuegos. Pero no me importó. Creí que era fuerte, valiente, que no me haría daño, que no acabaría conmigo. Que jamás terminaría aquí, en esta habitación con Cahir.

Estaba equivocada.

—No es un comportamiento muy maduro.

—No —reconozco esbozando una media sonrisa—. Y sin embargo, en aquel momento la inmadurez era solo un estado de ánimo.

—Pura adicción —sentencia Cahir con rotundidad. La dureza con la que pronuncia esas dos sencillas palabras se me antoja casi cruel.

Agacho la cabeza.

—No estamos hablando de drogas —pronuncio con un hilo de voz. Cahir no lo entiende. No hay comparación posible. Ni siquiera esa. A pesar de que el dolor y la confusión son parecidos. A pesar de mis lágrimas estampadas en mi almohada. A pesar de ahogarme a gritos, de querer desgarrarme las entrañas. A pesar de volver a caer una y mil veces, lo mío no tiene nada que ver con la cocaína—. Simplemente estaba enamorada —resumo.

Enadrogada —corrige Cahir acercándose un poco más. No me gusta su tono paternalista y sobreprotector—. ¿Lo ves? Sí que estamos hablando de drogas.

—Era amor.

Era amor

Puro, alegre, vivaz, loco. Era un amor ciego e incondicional. Hermoso, sentido, sufrido y leal. Aquello iba más allá de la química, más allá de cualquier ley física. De cualquier sentido, de cualquier lógica. Era amor en todas y cada una de sus acepciones. Del que libera, del que no existe mayor explicación que la felicidad, del que agota los días en el calendario y las horas en el reloj. Era amor de cuento. Real en la mente; ficticio en el corazón.

—No lo era —dice Cahir pronunciando lentamente cada sílaba. Sé que en el fondo tiene razón, pero no puedo dejar de mentirme y seguir pensando que la única que lo sintió como tal fui yo—. Para él no. El amor es cosa de dos. Si te dolía, si te quitaba el alma, si te absorbía… No era amor.

—Cahir…

—Si te mataba, no era amor.

Noto cómo se me humedecen los ojos. En estos dos días apenas he querido escuchar las duras palabras de Cahir por miedo a asumir que aquel tiempo fue un error. Sin embargo, ahora es como si mis oídos se abrieran de pronto incluso aunque yo no quiera escuchar, como si mis pupilas conectaran con las suyas para aceptar que la realidad no es como yo la imaginaba; como si mis labios temblaran intentando inútilmente contener las lágrimas.

Supongo que me enamoré de los mensajes que jamás llegaron al día siguiente, de las llamadas sin contestar y de las conversaciones vacías, sin vida. De la mano que nunca nos dábamos, de las caricias que vio la luna, de la pasión escondida en su copa de ron. Me enamoré como una ilusa de un corazón que no latía enamorado, de una sonrisa falsa y de los “te quiero” que sólo resonaban en mi cabeza. Me enamoré de unas manos que se entrelazaban con otras, que tocaban otra piel, otro cuerpo… Y de una boca que besaba otros labios.

Me enamoré de él hasta la locura, hasta la dependencia, hasta la adicción más absurda.

Me enamoré un día de lluvia. La misma que hoy se hunde en mí como fríos puñales de hielo. La que golpea el cristal de la ventana.

Me enamoré como una tonta.

Enadrogada, sí. Estaba enadrogada. Estoy enadrogada.

Y para esto me parece que ni siquiera el tiempo tiene la cura.

Nunca supo todo lo que le quería. Y yo ni siquiera sabía que existía para él. No hubo una presentación formal, o al menos no recuerdo ninguna, ni una despedida a la que poder aferrarme. El final llegó un día y ya está. Y yo empecé a morir otra vez esa mañana alumbrada por un sol que no alcanzaba mi piel. Le recuerdo en todos y cada uno de mis días. Y le siento en todas y cada una de mis noches. Le recuerdo subido en el techo del todoterreno de su padre gritando como un loco, viviendo sus veintitrés años. Le recuerdo hablando con sus amigos en aquel bar, entre tequila, limón y sal. Le recuerdo caminando por la calle en verano, sobrellevando el calor asfixiante con una lata de refresco en la mano. Le recuerdo mirándome mientras yo no le veía, mientras seguía apartada de aquel mundo de heroína. Le recuerdo y ese es el problema, que no debo recordarle.

Cahir me observa con atención. Sé lo que está pensando, en lo mismo que yo, pero sencillamente no puedo arrancármelo del pecho, borrarlo del corazón. Sencillamente no puedo hacer como si nunca hubiese existido, como si todo lo ocurrido hubiera sido un cruel producto de mi imaginación, como un prometedor anuncio de la televisión que es sólo eso: prometedor. Cahir eleva las cejas cuando pregunta:

—¿Te mataba?

—Me estoy muriendo, Cahir —admito—, pero me muero de no tenerle, de no sentirle y de no verle. Me muero de gritar palabras vacías, de recordar imágenes que no tienen cabida, de saber que todo era mentira. Y si me vas a decir que el tiempo es el olvido y que debo ser paciente, lo siento… No estoy dispuesta a gastar más días en mi calendario.

Preferiría que me borrasen la memoria. Lo vería muchísimo más efectivo que esta gilipollez. No tengo ningún problema. No soy una drogadicta.

—“Es tan corto el amor y tan largo el olvido” —cita Cahir. Supongo que se refiere a la maldita paciencia, pero a mí esa respuesta no me sirve.

—¿Quién dijo eso?

Alguien que también se enamoró.

—¿Lo superó?

—Escribía poesía —resume él. Yo me dedico a resoplar, resignada.

—Entonces era de los que saltaban sin red.

—Yo creo que se aferraba a los versos para construir su propio paracaídas.

Cahir sonríe, me acaricia el pelo y se encamina hacia a la puerta de la habitación. Se despide sin más con un movimiento de la mano y me deja sola, sentada en esta incómoda silla. ¿Se supone que de esta sesión he de aprender una gran lección?

Vuelvo a mirar por la ventana. El cristal está empañado. Al otro lado veo cómo las gotitas de lluvia dejan su rastro al estrellarse contra él.

Me levanto. Noto el vidrio frío cuando poso los dedos sobre la fina superficie y los deslizo en un garabato indescifrable.

Es un paracaídas.

Mi paracaídas.

Y como aquel loco poeta, sólo tengo que aferrarme a él.

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