Llegamos al ecuador de esta semana y prácticamente al ecuador de octubre. Desde el verano el tiempo ha volado. ¿No tenéis la misma sensación? Aquí comienza a hacer frío. Más que el otoño, parece que se va a instalar el invierno directamente.
Aunque el tiempo no siempre pasa igual de rápido. Diez minutos pueden ser toda una eternidad, como pasa en el siguiente relato. Un escrito que me gustaría dedicar a mi profesor de Matemáticas de Secundaria. A él y a mi profesora de Música. Jamás sabrán que les dediqué unas líneas después de tanto tiempo, pero si por casualidad algún día llegan a Radhuk y leen este texto, quiero que sepan que siempre les estaré agradecida.
Nos leemos el viernes.
Los tubos fluorescentes del techo le conceden al cuarto de baño cierto tono azulado. La fría luz que desprenden parpadea de vez en cuando y oscurece el color grisáceo de los azulejos agrietados, dotando a la estancia de mayor tristeza. Aunque sucia, la cerámica de las paredes siempre ha sido testigo, como el espejo que corona el lavabo, de los rostros que ha visto crecer con el paso los años.
Valeria pensaba que lo peor ya había pasado. De ningún modo podía saber que esa clase de Matemáticas iba a terminar allí, en una de las angostas cabinas del cuarto de baño, sentada sobre la tapa del retrete mientras espera un milagro.
El eco y el vacío presionan sus oídos más que las palmas de sus manos. No sabe por qué sigue escuchando las burlas y los insultos. Le gustaría que el silencio fuese realmente silencio. Demoledor. Desolador. Y no lo es. Los gritos y las súplicas resuenan en su cabeza con demasiada fuerza mientras el constante goteo de un grifo suelto marca el tiempo que Valeria ha pasado encerrada. Diez minutos, quince… Quizás veinte. Veinte minutos de angustiosa eternidad. Debería estar en clase, pero no puede regresar al aula. Así no.
Roto. El silencio está roto. Tanto como su alma presa en cuentos de hadas; recluida en fantasías infantiles porque la realidad le asusta, porque sabe que en la cuerda floja no hay espacio para príncipes azules ni reinos encantados. Esa horrible certeza se transforma en una palpable soledad que presiona su pecho. El oxígeno se ha comprimido en sus vías respiratorias y le congela el aliento. Valeria no puede respirar.
Frío. No hace frío, pero es incapaz de dejar de temblar. Se abraza las rodillas y hunde el rostro en el hueco comprendido entre sus brazos y sus piernas. Es su pequeño y frágil refugio. Lejos de allí, de esas paredes aburridas, de ese grifo suelto, de su propio abrazo y de los azulejos resquebrajados, tras la puerta de madera, no tiene nada. No tiene a nadie.
Valeria se descubre a sí misma llorando. No es la primera vez; no será la última. Las lágrimas no sepultan el ruido procedente del pasillo, un estrecho corredor salpicado de baldosas de granito y tabiques tintados de un anodino verde pastel. Oye las risas, las conversaciones encendidas y los pasos que suben y bajan las escaleras. Todo es normal. Tan normal como cualquier otro día de colegio. Los niños de primaria juegan en el patio mientras que los alumnos de secundaria prestan atención a las últimas clases de la mañana.
Nadie intenta entrar en el cuarto de baño. Nadie podría. Valeria ha echado el cerrojo después de atravesar la puerta.
Apoya la espalda contra la cisterna del retrete y se obliga a ponerse en pie y salir de la cabina en la que se ha metido. La última, la más alejada de la entrada… o de cualquier salida. El lavabo de las chicas es contiguo a la sala de profesores. Desde su posición, Valeria puede escuchar la vida al otro lado de la pared. Sus maestros charlan animadamente mientras esperan a que el café de las doce esté listo. Le gustaría golpear los azulejos con sus puños y confesar que se está desangrando. Desearía que sus pensamientos tuvieran voz.
«Por favor», susurra. «Por favor».
La puerta de metal chirría de manera atronadora cuando Valeria abandona la cabina. No quiere salir del cuarto de baño, pero siente que si continúa en el interior de ese receptáculo acabará evaporándose para fusionarse con el desagradable olor que desprenden los sumideros.
Se sacude el polvo de la falda del uniforme y se dirige al espejo, la mirada perdida en el vidrio tatuado de salpicaduras. Sus mejillas sombreadas de rojo delatan el rastro de las lágrimas. El pelo corto y castaño, totalmente despeinado, cae sobre la frente y se adhiere a su piel en gruesos mechones. Los ojos, aún brillantes. Sus labios todavía tiemblan.
Valeria comprende que jamás podrá mirarse al espejo de la forma en que ellas lo hacen. Altivas, seguras, especiales. Tienen trece años y se creen invencibles. Imparables. Inmortales. Tienen el mundo en la palma de sus manos. Ella es la rara, la que no encaja ni se adapta, la que por más que lo intente no encuentra su lugar. Por eso sus compañeras se encargan de recordárselo continuamente. Le recuerdan que ella sí es mortal.
Valeria se remanga el jersey de color azul marino mientras deja escapar el aire de sus pulmones. Suspira. No es suficiente. Tiene que quitárselo.
Hoy ha vuelto a pasar. Ha sido antes de la clase de Matemáticas.
Con los años, Valeria ha dejado de buscar la aceptación de quien solo mostraba hacia ella un rechazo cruel e injustificado. Prefiere la indiferencia. Por eso lee en los recreos y escribe en el cambio de asignaturas.
Ese día de temprana primavera no es diferente a los demás. Valeria permanece sentada en su pupitre y deja morir el tiempo entre línea y línea. El papel es su único aliado. Además, tampoco se le da mal escribir. Es lo que ella más ama… y lo que sus compañeras más odian.
Poco falta para que el reloj del aula marque las once de las mañana. Es en ese preciso instante cuando ellas entran en clase. Llegan como los tsunamis: sin avisar y de manera devastadora. Llegan con sus faldas tableadas rozando las torneadas piernas, el eyeliner ensombreciendo su mirada y los polos blancos impregnados en el humo del tabaco que acostumbran a fumar. Niñas que pretenden ser adultas. Valeria, que aún juega con sus muñecas, nunca comprenderá esa prisa por crecer. En realidad, nunca ha entendido por qué quiere pertenecer tan desesperadamente al grupo de Victoria y sus amigas si no tiene nada en común con ellas. Solo sabe que ansía tener amigos. Que no quiere estar sola. No quiere sentirse como tal.
Una vez dentro, las muchachas cierran la puerta del aula. Valeria intuye que algo no marcha bien y se apresura a esconder en su cajonera el cuaderno. Es demasiado tarde. Victoria, seguida de Gala, Carlota y Violeta; rodea su mesa y le arranca el papel de un tirón. Ningún otro alumno interviene. Mientras sus compañeros se limitan a contemplar la escena de reojo, en la distancia, Valeria agacha la mirada y se encoge en su asiento. Victoria se acerca a ella y, en un tono de absoluto desprecio, comenta:
—Para escribir hace falta ser lista, Val, y tú no lo eres —su aliento arroja el fuerte recuerdo del último cigarrillo que ha consumido. Gala, Carlota y Violeta asiente con la cabeza al tiempo que bordean el pupitre de Valeria. Victoria, por su parte, echa un rápido vistazo a las líneas bañadas en tinta azul antes de soltar una risita despectiva—. ¿Una poesía? ¿Puedes ser más ridícula? —se sienta sobre la superficie de madera y tira al suelo el estuche de Valeria. Los lápices de colores ruedan sobre las baldosas. La niña no se atreve a moverse ni un centímetro. Ni siquiera ha alzado el rostro—. Espera… —Victoria, burlona, parece percatarse de algo—. ¿Te gusta alguien? ¡Claro! Por supuesto que sí —Gala posa su mano sobre el hombro derecho de Valeria y se inclina para leer el poema en voz alta. Las risas en cada verso son afiladas agujas que se hunden profundamente en el pecho de Valeria—. ¡Joder, no os riáis! —continua Victoria—. Es bonito… Val se ha enamorado…
Y Valeria, que apenas puede separar los labios para hablar, reúne un coraje que no siente y, por fin, le sostiene la mirada a Victoria. Los segundos se resbalan sobre el encerado con pesadez.
—De-devuélvemelo —tartamudea. Aprieta los puños para controlar el temblor de sus dedos y siente auténtico terror de lo que pueda ocurrir a continuación.
—¿Cómo dices, Val? —prosigue Victoria sin mostrar compasión—. Juraría haber escuchado algo, pero tenía entendido que los perros no saben hablar.
Valeria siente que sus propias uñas se clavan en la palma de sus manos y, resignada, deja de ejercer presión. Tenía que hacerlo, tenía que intentarlo, probar suerte… aunque supiera que la suerte nunca está de su lado.
Violeta, que hasta entonces ha permanecido callada, interviene:
—¡Vamos, te estás pasando!
Pero sus palabras desprendían el mismo desprecio que las de Victoria y Valeria supo que aquello, lejos de detener la humillación, iba a empeorarla.
—¿Qué tal si ladras un poco? —preguntó Victoria dirigiéndose a ella—. A lo mejor así me asusto lo suficiente y te devuelvo esta gilipollez.
Valeria no dice nada. Deja caer la mirada de nuevo. Gala y Carlota comeinza a reír otra vez mientras le dan golpecitos en la espalda y sacuden sus hombres. En la garganta de Valeria acaba de formarse un nudo que le dificulta la respiración.
—¿No? —continúa Victoria—. Vaya, qué decepción. Pero bueno, si no sabes ladrar, ¿cómo vas a saber escribir? Te lo digo por tu bien, para que no sufras en vano: No importa cuántas poesías redactes, porque eso es lo único que podrás hacer. Nadie te va a querer. Nadie va a estar contigo. Esto no es más que basura, como tú.
Y rompe el papel en mil pedazos. Desgarra las letras de Valeria y con ellas, sus sentimientos. Cada verso, cada estrofa… todo lo que ha plasmado en ese espacio de líneas cuadriculadas queda reducido a fragmentos literarios. Inconexos. Perdidos. Valeria pericbe que sus ojos se inundan de lágrimas. Se las traga. Con rabia. Con pena. Con desesperación. Valeria, una vez más, se traga sus lágrimas.
Victoria se inclina sobre la mesa. Casi con delicadeza le aparta a Valeria el pelo de la cara y le susurra al oído:
—No te preocupes. Nosotras te enseñaremos a escribir.
Valeria no puede reaccionar. Cuatro pares de brazos la sostienen con fuerza. Cuatro pares de brazos que tiran de ella y la obligan a levantarse de la silla. Valeria contempla cómo los trocitos de papel que han quedado esparcidos sobre la superficie de su pupitre caen al suelo como lo hacen las hojas en un otoño carmesí. Muertas.
Sus compañeras arrastran su cuerpo contra la pared y Valeria nota un dolor agudo en las cervicales al clavarse en la nuca el cabezal de un perchero. Le tapan la boca con unas manos que también apestan a tabaco y pintauñas. La niña intenta morder sus preciosas manicuras, intenta chillar y revolverse. Todo inútil. Todo en vano. El miedo aumenta cuando comprende lo que va a suceder.
—Las mangas —ordena Victoria. En la mano derecha porta un par de rotuladores de tinta indeleble.
Violeta y Gala le arremangan el jersey y dejan al descubierto sus pálidos brazos. La mantienen inmovilizada mientras Victoria y Carlota se dedican a tatuarle la piel con los rotuladores. Le clavan la punta con fuerza, arañando la carne. Le hacen daño, tanto daño… Valeria deja de luchar. No puede protestar. No puede huir. Le dolerá más. Ha perdido la fuerza, las ganas de gritar. Deja caer su peso contra la pared y cierra los ojos. Desea que todo aquello termine pronto.
—El polo —exige Victoria. Violeta y Gala se miran entre ellas, como si por un segundo dudaran de qué es lo correcto y qué no. Ojalá hubieran sabido distinguir entre el bien y el mal. Ojalá hubieran puesto límites. Sin embargo y pese a la desesperación de Valeria, no lo hacen. Victoria se enfada y desvía la mirada hacia la puerta cerrada—. ¡Vamos! —apremia.
Valeria también contempla la puerta en busca de alguien que detenga tanta locura.
«¡No! Por favor, no lo hagáis. Por favor, parad».
Y no. Y nada. Ni nadie.
La orden de Victoria es suficiente convencimiento para sus amigas. Gala y Violeta suben por completo el polo blanco de Valeria, descubriendo su ropa interior, y comienza a pintar su estómago, a rodear su ombligo con insultos de oscura tinta… Valeria ya no se esfuerza por disimular sus lágrimas. Vuelve a moverse, a patalear, a gritar. A pedir ayuda. No deja de hacerlo. Pero nadie actúa. Nadie escucha. Nadie la salva.
Aquel día, en aquella clase, 27 niños fueron testigos de una cruel humillación y ninguno de ellos elevó la voz. En consecuencia, el corazón de Valeria se rompió un poco más.
Bajo los tubos fluorescentes que delinean su figura semidesnuda, con el polo y el jersey del uniforme escolar a sus pies, la mirada de Valeria escruta el espejo. A pesar de los trazos fugaces lee claramente cada palabra: fea, zorra, gorda, puta.
Y vuelve a llorar. Se pregunta si algún día dejará de hacerlo. Sabe que la herida es tan profunda que nunca cicatrizará. Valeria inunda sus brazos en jabón y frota todo lo que puede hasta que su piel enrojece. Es imposible borrar la tinta, borrar cada insulto. Aquello también duele. Dolerá siempre.
De pronto unos golpes sacuden la puerta de los baños de las chicas. Fuertes, estridentes. ¿Serán ellas? Valeria se asusta. Se viste deprisa y retrocede hasta que su espalda toca la pared del fondo del lavabo. Se deja caer al suelo, donde, desesperada, se arrodilla. No podrá soportar otro golpe. No podrá.
Su corazón bombea sangre a toda velocidad, sus pulmones trabajan a mil por hora, su razón se nubla y su voz pide auxilio a gritos.
Si son ellas… No podrá seguir luchando.
El picaporte estalla. El miedo le impide ver al principio, pero esa sensación de ceguera y parálisis dura apenas dos segundos. Su profesor de Matemáticas está allí, con los brazos extendidos y los ojos muy abiertos. Se aproxima lentamente a ella. Valeria no lo piensa y corre, corre a refugiarse en su pecho. El abrazo es real. Su voz es real. Valeria escucha las palabras de su profesor mientras llora. Ya está. No hay más. Su secreto ha salido a la luz. El secreto que guardaba por temor, el secreto de su dolor incomprensible, de su pánico. El secreto que grita piel vestida de tinta indeleble. Y se siente ligera, libre. Se acaba la pesadilla.
Cierra los ojos y simplemente se duerme.
Y sueña, por fin, con reinos encantados.

Oct 14, 2015 9:16 pm
Precioso texto, sobre el desagradable y por desgracia frecuente asunto del acoso escolar. Solo espero que no tenga nada de autobiográfico y sea solo producto de tu portentosa imaginación.
Un abrazo.
Oct 15, 2015 8:39 pm
¡Muchas gracias, Nicolás! ¡Abrazos!
Oct 26, 2015 8:07 pm
Me encanta!
Quiero más más más!
Oct 27, 2015 9:14 pm
¡Hola, Noelia!
¡Muchas gracias por tu comentario y por suscribirte!
¡Besotes! 😀
Oct 27, 2015 6:04 pm
[…] así, aquí estoy con un relato difícil de escribir, como me sucedió con Reinos encantados. Pero creo que también se debe dejar por escrito estas realidades crueles e injustas que hacen un […]
Nov 15, 2017 3:48 pm
El relato es tan vivo que llega a doler leerlo.
Muy bien escrito!
Nov 23, 2017 6:13 am
¡Muchísimas gracias por tu comentario, Pilar! Un beso.