Respirando ladrillos

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Hace ya pocos meses publiqué un relato que hablaba de la Literatura. Me inventaba su peculiar nacimiento de la forma más literaria que se me ocurrió. Hoy he decidido hacer lo mismo, pero al contrario, imaginando un después. ¡Y este es el resultado! Un relato subjetivo y un tanto extraño (en mi línea) que es más bien un símil entre un viejo edificio y la propia Literatura.

¿Seguimos leyendo?

Respirando ladrillos, Crónicas de Radhuk

Era un edificio de ladrillos destartalado que pecaba de inestable. Una desgastada madera de roble vestía de bosque la puerta de entrada, que parecía muy frágil. La pintura verde que cubría las vetas estaba demasiado desconchada. Presentaba algún ornamento de hierro, discreto y sencillo, pero el paso del tiempo se había encargado de oxidarlo y afearlo. Lo mismo sucedía con las contraventanas del bloque. Todo viejo, todo desgastado y prácticamente abandonado. Parecía que los cimientos del edificio no aguantarían una noche más el frío invierno.

La señorial fachada estaba sucia y polvorienta, tatuada con anuncios que habían sido arrancados con violencia de los ladrillos. Eran las heridas de las paredes, que presentaban la sombra de la experiencia, los años y los malos tragos. Me pregunté a cuántas guerras habría sobrevivido el edificio mientras extraía del bolsillo de mi pantalón una llave muy antigua y la introducía en la cerradura del portal.

La pesada puerta se abrió con un desagradable chirrido, cansada, como si estuviera quejándose. Mis pasos resonaron en el recibidor marcando los segundos. Tic-tac. Como un metrónomo. El suelo crujía bajo mis botas negras.

El interior del bloque no era mucho mejor que el exterior. A la derecha había una cabina que quizás alguna vez había albergado un portero. Aunque ya nadie ocupaba tal puesto. Dentro solo llegué a ver un montón de papeles arrugados y amarillos, varios bolígrafos, una taza de café vacía, un teléfono cubierto de polvo y un espejo tan sucio que ya no devolvía ningún reflejo. A la izquierda, alrededor de treinta buzones de aluminio coronaban la pared. Estaban abarrotados de propaganda y de cartas sin abrir. Cartas sin dueño y también sin destinatario. Letras para nadie, segundos malgastados pensando en alguien.

Traté de imaginarme la vida dentro del histórico edificio. Los niños corriendo escalones abajo mientras sus madres les gritaban desde el piso superior que fueran más despacio; el cartero haciendo su trabajo; el portero pegado a su radio, en el refugio de su cabina, aislado. Y en aquella pequeña oquedad junto a las escaleras, cualquier pareja podría haberse besado a escondidas. Una niña consentida, tal vez, y un muchacho de la calle, insolente y maleducado. El perfecto cliché adolescente. Vidas que le daban vida al viejo edificio. Siete pisos que latían al mismo son, pero no para siempre. Sólo hasta llegar al punto de inflexión.

Aquel lugar me parecía absurdo y ridículo, pero tan grandioso, sin embargo, que no alcanzaba a entender la maravilla que representaba cada viga. El edificio salido en tiempos mejores de la cabeza de algún arquitecto era la obra perfecta que perduraba en el tiempo. La novela a la que escritor y lector daban voz y hacían eterna. Literatura de cemento y ladrillo que respiraba a mi son.

Ascendí por una escalera de caracol cuyo aspecto iba a juego con el resto del edificio: igual de sencillo y precario. Sentía a cada paso que estaba leyendo sus capítulos. Los pequeños escalones (en los que apenas entraban mis pies) gritaban, enfadados, bajo mis pisadas, y la barandilla de hierro se tambaleaba peligrosamente hacia los lados cuando me apoyaba más de la cuenta. Ante mis ojos fueron pasando las puertas de las viviendas que ocultaba aquel lugar. Los números dorados me sugerían mil historias. Subtramas llenas de personajes secundarios. Olía a húmedo, a tierra mojada. Pero me gustaba. Durante una fracción de segundo pensé que no me importaría estar subiendo siempre por aquella escalera, soñando, leyendo intranquilo con el alma en vilo hasta llegar al final. Me preguntaría, entonces, qué habría después cuando la respuesta no era sino lo que tenía delante de mí, encima, debajo y a mis lados: el abrumador edificio abandonado.

Después, la Literatura seguiría igual, esperando a quien quisiera respirar con ella, a quien deslizase sus manos sobre los muros anaranjados, a quien jugase al escondite en cada oscuro rincón. A quien la leyese, a quien la moldease a besos y a versos. A quien en ella encontrara el camino, su forma de expresión y el sentido. A quien amase cuanto era. Seguiría esperando a quien le hiciese un hueco en su corazón sin puntos y aparte. Sin puntos finales.

Respirando.

Respirando ladrillos.

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