Rhyfel y el arte de cumplir promesas

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Tenía la boca seca y la cabeza llena de sueños imposibles. Sus ojeras destacaban sobre su piel blanca y contraída en un gesto de cansancio, como si no hubiera dormido en varios días. El hombre se revolvió el cabello castaño y apretó los labios mientras apoyaba las manos sobre la superficie de la mesa y se recostaba hacia atrás. Luego abrió los ojos en la oscuridad de su cuarto, iluminado tan solo por el baile de tres llamas en un candelabro, y se enderezó en su silla con un movimiento tan lento como torpe, pero al final volvió a ocultar el rostro entre la madera veteada de su escritorio.
Fotografía: vanessa_hutd (Flickr)
Tenía los ojos de un marrón extraño. No eran oscuros ni tampoco claros. Solían adornarse con distintos matices según acogiesen la luz del sol, a pesar de que su brillo hacía tiempo que se había ausentado de sus pupilas. Estaban tristes y hastiados de ver siempre los mismos folios en blanco.
Rhyfel parpadeó un par de veces antes de alcanzar una botella de ron y darle un trago. Sabía a rayos. Cabeceó sintiendo el fuego en su garganta. Ni siquiera a eso se había acostumbrado… Extenuado y sin fuerzas tomó entre sus manos una vieja pluma y la inundó en tinta. Sus dedos apenas podían sostenerla con firmeza. Temblaban demasiado. Tanto o más que los pensamientos inconexos que cruzaban su mente a mil por hora. Recuerdos del pasado.
Llevaba semanas intentando escribir algo para no sentirse tan solo, para recuperar la ilusión perdida tras haber caído en la cuenta de que sus veinte años se habían convertido en cuarenta y dos de pronto. Pero no le quedaba nada. Vivía de los viejos tiempos, de los amigos que ya le habían olvidado y de las mujeres que pasaron por su cama sin pena ni gloria, sin sentir emoción alguna. Sin amarle del todo.
Y tampoco sabía escribir, para qué negarlo. Nunca lo había hecho; jamás lo había intentado siquiera. Y la sola idea de refugiarse en las letras le provocaba una ira terrible que hacía que quisiera seguir bebiendo hasta terminar él solo la botella de ron. Rhyfel era un tipo duro, decidido y a veces frío. Pero todo lo que era se desmoronaba cuando pensaba en ella, en las palabras que tanto adoraba y cuya magia él no comprendía. Ella leía siempre entre líneas; él prefería leer abiertamente sus curvas. Había sellado una y mil veces sus labios entre besos y mordiscos, acallando así su voz apagada por el frío en las noches de invierno. Había acariciado su piel y dejado marcas en su cuello. Había podido tenerla para siempre, pero eligió perderla en sus letras. Ella nunca tuvo la boca seca, pero sí la cabeza llena de sueños, tal y como él en la oscuridad de su habitación.
Rhyfel golpeó la mesa con fuerza. Los folios que había esparcidos sobre la superficie se arrugaron ligeramente y la tinta manchó de negro el blanco del papel.
Solo escribió una palabra aquella noche:
Ella”.

Y, resignado, volvió a dormirse con la certeza de que se había enamorado tarde, muy tarde. Cuando ella, la que inútilmente le había inculcado el arte de cumplir las promesas que él rompía, jamás regresaría a sus brazos.
  1. Sep 23, 2013 11:45 am

    ¡Pobre Rhyfel, creo que se merece otra oportunidad! Es demasiado duro saber que tu amada no va a volver a tus brazos…
    Veo que has vuelto del verano con renovados bríos, no dejes de escribir. Cuando tus libros se vendan como rosquillas, algunos podremos decir: «Si ya lo decía yo, apenas era una niña y ya escribía como una maestra».
    Un abrazo.

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