Cuentan las leyendas de Radhuk que Inai Naal tenía una misión tan sencilla que incluso había llegado a olvidarla. Pero ahora, los recuerdos han devastado su memoria tras contemplar el cielo gris llorando nieve blanca, las enormes bombas estallando en el más horrible de los conciertos y centenares de familias tiñendo con sus cuerpos el suelo de rojo.
Todo ha terminado para comenzar de nuevo. Inai lo supo cuando aquel hombre vestido con un reluciente traje plateado la ordenó inclinarse de rodillas frente a un tribunal presidido por un ser magistral y bello que resultó ser Dios. Sabe que está allí para ser juzgada por el fracaso de no haber logrado sus objetivos, los mismos que Él le impuso hace siglos y que ella no ha sabido manejar como se esperaba que lo hiciera. Recuerda aquella habitación donde ni siquiera podía abrir los ojos sin que la intensísima luz los dañara, las correas que se ceñían alrededor de su cuerpo y que le impedían cualquier movimiento, y la mirada torcida y cansada, perdida a veces, de su compañero en esa sala de paredes acolchadas donde aquellos ineptos hombres de blanco les repetían hasta la saciedad que allí estaban a salvo.
Edahli.
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| Fotografía: nromagna (Flickr) |
Fue él quien le contó toda la verdad: que no habían muerto en la Última Guerra de los seres humanos, que se encontraban atrapados en la fina línea que separa el mundo terrenal del pasional, que no habían perdido la razón y que sólo uno de los dos recuperaría sus alas. A fin de cuentas, tanto Inai como Edahli eran ángeles que Dios había enviado a la Tierra para preservarla de los hombres. Pero ellos habían desertado. ¿Eran traidores? ¿Por qué entonces Dios pretendía devolverles sus preciadas alas? Sólo a uno de los dos, por supuesto… E Inai había sido la elegida, la que, sin embargo, tenía que arreglar el estropicio que la Creación de Dios había causado. Ella con sus alas debía lograr que la Tierra volviera a ser lo que era. Debía eliminar el odio y la corrupción de una vez y para siempre, porque si no lo hacía, el Juicio de Dios recaería sobre Edahli… y él moriría.
Siente un cosquilleo en la columna vertebral cuando Él acaricia suavemente la piel desnuda de su espalda con la yema de sus dedos. Poco a poco, una extraña luminosidad rodea su cuerpo femenino y, ante el asombro de los presentes, unas hermosas alas blancas de delicadas y sedosas plumas surgen de la nada, vistiendo de pureza divina la figura de Inai, allí donde aún late con fuerza el rastro de las manos de Dios.
—Supongo que mi mayor pecado fue jugar con la perfección —sentencia Él dibujando una triste sonrisa en sus labios de marfil. Inai no puede reprochárselo. Es cierto que los seres humanos han hecho grandes cosas, pero también es verdad que son débiles, mortales y que a la mínima se rompen. Fue esa la razón por la que, tanto ella como Edahli, olvidaron la misión de protegerlos del miedo a ser destruidos entre ellos. Acabaron aburriéndose de las pretensiones del hombre. Simplemente eso.
—No fallaré de nuevo —promete Inai frunciendo el entrecejo mientras bate con gallardía sus nuevas y perfectas alas en una silenciosa amenaza—. No fallaré, pero…
Sus ojos grises se clavan en los de Edahli, marcados por el horror de haber vivido años y más años aún sin haber podido evitar la cruel destrucción de su propio mundo. Edahli es un humano que Dios ha convertido en ángel, por eso todavía no está capacitado para volar, por eso debe quedarse en este lugar, en tierra de nadie. Por eso debe seguir viviendo en soledad. Sin embargo, han pasado tantas cosas juntos que Inai no puede desprenderse del joven que confía en que la libertad se materializará cuando vea un cielo completamente raso, sin bombas que desgarren su paz, y sea capaz de sonreír. No, Inai no puede. Ni ahora ni nunca. Jamás podrá abandonar al ser que ama. ¿Cómo ha podido pasar algo así? ¿Por qué un ángel se ha enamorado de un humano que morirá sin alas? La verdad es que tampoco le interesa saberlo. Quizá por ello Inai se sitúa a la vera de Edahli y se abrazan con fuerza mientras lágrimas de cristal se deslizan por sus mejillas.
—No me iré sin Edahli —concluye ella en una afirmación que Dios tomará como un desafío.
Las cadenas que ahogan al humano convertido en ángel se deshacen en miles de millones de granitos de hierro oxidado al contacto de Inai. Tras una última e intensa mirada dirigida a Dios, ambas criaturas desaparecen en la inmensidad de un cielo que comienza a tornarse gris, como una advertencia. Dios sonríe para sí. Ha jugado con la perfección y, sin duda, pagará por ello. Pero ahora, mientras materializa en su mente las manos entrelazadas de aquellos seres que se aman, sabe que jamás se arrepentirá de haber creado ese loco sentimiento que crece dentro de esta imperfección a la cual denominamos «amor”.
