¡Hola! ¡Feliz 2018, viajeros! Ojalá este mes de enero arranque un año lleno de bonitos momentos (y aquí, en Radhuk, también lleno de cuentos). Cada nuevo día que nos da la vida es un regalo, no puedo tenerlo más claro. Muchas veces no somos conscientes de ello. Nos ciegan los problemas más banales que podamos imaginar. Un trabajo que nos agobia, el próximo examen, la revisión del coche o que el peluquero se haya pasado al cortarnos las puntas la última vez que le hicimos una visita. ¿Qué tal si este año nos proponemos disfrutar más de cada segundo y exprimirlo al máximo? 🙂
No quiero extenderme más de la cuenta. Sólo diré que el siguiente relato quedó finalista en el Primer Certamen Literario Cuarto y Mitad de la Biblioteca Pública Municipal Vargas Llosa y el Mercado Barceló. ¡Tenía muchas ganas de compartirlo con vosotros! En teoría, tanto los cuentos finalistas como los ganadores quedarían recogidos en una especie de antología digital que se subiría al Portal de Bibliotecas de Madrid. Así fue durante un tiempo, pero por algún motivo se retiró el enlace de descarga y ya no está disponible. Si en algún momento vuelven a habilitarlo actualizaré este post para que os paséis y leáis también los demás relatos. En cualquier caso, fue todo un orgullo participar y lograr colocarme entre los finalistas. Fue una experiencia preciosa poder reunirme con otros escritores que, como yo, tienen la manía de llenar de literatura cualquier folio en blanco.
¡Espero que lo disfrutéis!
Besos literarios 😀
Empujo la silla de ruedas. Se desliza traqueteando sobre las erosionadas baldosas del mercado. El suelo, de un tono anaranjado, sucio y mojado, verá tiempos mejores tras la reforma que tendrá lugar dentro de unos meses. Me pregunto si lo veremos. Si lo verás. Si permanecerá así, como está, en tus recuerdos alegres. Si lo olvidarás.
Toco tu hombro y lo aprieto con delicadeza. Siento frágiles los huesos, pero fuertes los pedazos de tu carácter, esos que todavía se niegan a desaparecer. Chocan contra el mío en un caos de momentos ya pasados, ya vividos, ya perdidos; como si entre nosotros se estuviera originando un nuevo Big Bang.
Te das la vuelta.
Sonríes.
Y mi mundo entero enmudece, se tambalea, se derrumba.
Como entonces.
Como siempre.
Siempre.
—Ponme lo de siempre.
—Cuarto de kilo, ¿verdad?
—Sí, cuarto —me mirabas. En tus labios se dibujaba la misma sonrisa que trazabas cuando estabas a punto de cometer una locura—, y mitad. Cuarto y mitad. Por si acaso.
Y las dudas de si nos apetecerá más antes de los postres. Para otro día. Por si sale bien y queremos repetir. Yo me reía, presionaba tu mano enjaulada en la mía y te besaba la frente. Luego seguíamos paseando por el mercado, entre los olores de la fruta fresca, las especias, el salmón ahumado, las legumbres, la miel y la carne desangrándose tras los mostradores.
A lo mejor ya se te ha olvidado el sonido de las básculas de entonces, el continuo murmullo de la gente que, como una extraña nana, inundaba cada pasillo, cada esquina. A lo mejor has olvidado el aroma a café recién hecho que solíamos tomar en este bar, donde me obligo a frenar el ritmo de mis pasos y hacer que la silla de ruedas se mueva más despacio. Luis lo preparaba con esmero. Aún lo prepara. Pero nosotros estamos lejos. Tú aún más. Fíjate, nos está mirando. Levanta una mano y saluda, nos invita a entrar.
Y nada. No dices nada.
Vuelvo a empujar la silla de ruedas y el bar queda a nuestra espalda como si nunca hubiéramos desayunado detrás de la barra.
Acaricio tu pelo blanco. Los rizos se enredan en mis dedos arrugados, en mis manos cansadas, aunque no lo suficiente como para dejar de tocarte el alma con ellas.
Como antaño.
Como siempre.
Siempre.
—Cuarto…
Me detengo.
Mi corazón también frena en seco. Escucho mi respiración mientras los segundos pasan más despacio que nunca. Tú también lo percibes. Sabes sin saber. Sientes sin sentir. Estás sin estar.
Porque ya no sabes.
Porque ya no sientes.
Porque ya no estás.
Porque ya no te acuerdas.
—Cuarto y mitad —susurras—. Cuarto y mitad.
Así, como un metrónomo. Como una especie de mantra que por un momento me vuelve loco.
Sí, cuarto y mitad de los besos que se quedaron sin dar. De las caricias que encallaron en tu espalda, los suspiros que anidaron en tu cuello y las palabras de amor que el viento dejó, pero que se llevó tu razón cegada por los años que revisten de arrugas tu delicado cuerpo. Los ojos cerrados, el alma abierta como un libro que lee un niño. Latidos que nos dieron vida; Y la vida medida en latidos. Y tú; y yo. Éramos la primavera. Dementes, buscando el camino.
Cuarto y mitad.
A versos nos comíamos. La mirada hecha poesía. Ahora, perdida.
Ahora, blanca como la nieve, como nuestro cabello cano.
Ahora… nada. Me muerdo los labios mientras te giras sobre la silla de ruedas. Leo en tu boca palabras que nunca pronuncias. Promesas que ya nos susurramos en las más de mil noches de invierno que compartimos enclaustrados en los brazos del otro. O eso me gustaría pensar. Porque cuando te devuelvo la mirada sólo veo un profundo abismo. Negro. Vacío. Un oscuro mar en donde se ahogó el minutero que marcaba el paso de nuestro tiempo. Mar enfermo que se alimenta de recuerdos.
Cuarto y mitad… de los te quiero que no te dije, que no te puedo decir. Que no me dirás.
Toco tu hombro y lo aprieto con delicadeza. Siento frágiles los huesos, pero fuertes los pedazos de tu carácter, esos que todavía se niegan a desaparecer.
Y te lo digo sin palabras. Letra a letra. Consonantes y vocales.
Pero no respondes.
No respondes.
O lo hace por ti el silencio.
Porque no sabes, no sientes, ni estás.
Porque ya no me recuerdas.

Ene 13, 2018 4:19 pm
Te felicito, no es de extrañar que hayas quedado entre las finalistas, es precioso, como siempre escrito desde el corazón.
Gracias
Ene 14, 2018 10:56 am
¡Muchas gracias, Nuria! Besos.