Llega el fin de semana y en Radhuk la inspiración también está de paso. Entrada exprés antes de desconectar el resto del día. Acertáis los que suponéis que el siguiente texto trata de lo que viene tratando prácticamente cada entrada desde que el blog vio la luz. Algún día sorprenderé con un relato totalmente contrario a lo que os tengo acostumbrados a los que me leéis (¡GRACIAS!), aunque seguramente la primera sorprendida sea yo misma.
¡En fin! No me extiendo más. Espero que os gusten estos Trazos, pero sobre todo espero seguir viéndoos por Radhuk.
¡Besos y feliz fin de semana!
¿Seguimos leyendo?
Once. Tienes once lunares en la espalda. Trazo con mis dedos el garabato que dibujo sobre tu piel al unirlos. Así, despacio, con tu respiración pausada como única banda sonora y el escalofrío que recorre tu columna vertebral cuando llego al final. Te despiertas, te das la vuelta… y sonríes. La luna líquida se desprende de la comisura de tus labios. Cierro los ojos, me besas los párpados y jugueteas con la curva de mi cintura marcada bajo la sábana blanca. Es el comienzo de una batalla que no entiende de armas ni conflictos diplomáticos. Es tu prólogo; es mi epílogo. Mis “te quiero” contra tus “tengo ganas de ti”. Y sé que cuando yo creo empezar a leerte tú ya has llegado al final. Cierras el libro, lo dejas cuidadosamente colocado en la estantería y te vas a buscar otros versos o, mejor, otra prosa. Nunca te ha gustado demasiado la poesía. Yo sólo soy la excepción que confirma la regla.
Me das la espalda, pero esta vez no tengo tiempo de contar nuevamente tus lunares. Te has puesto esa camiseta de tonos claros. No es ninguna especie de bandera blanca, es la que utilizas para dormir después de ganar la guerra. Es un símbolo de tu victoria y de mi derrota. Es la frase impronunciable que me invita a salir cerrando la puerta con cuidado. Me gustaría no entenderlo, quedarme acurrucada en tu espalda mientras el latido de tu corazón me adormece y el sol me descubre soñando a la mañana siguiente. Contigo. A tu lado. No es más que un improbable imposible.
Me incorporo lentamente. El colchón se queja cuando me siento sobre él. Mis pies descalzos tocan el suelo del parqué en el punto exacto en el que otros cincuenta pares de pies descalzos se habrán apoyado para salir de tu cama cuando, al igual que ahora, les dabas la espalda. Mis lágrimas se esconden en un suspiro que acompaña tu inhalación y tu exhalación. Tan tranquilo, tan calmado. Como un niño que se ha pasado el día entero jugando y que yace agotado esperando al amanecer. Rendido. Apenas soy consciente del tacto de tu mejilla en mis dedos, de tu pelo enredándose en mis yemas mientras hundes el rostro contra la almohada y vuelves a sonreír. A lo mejor me estás soñando desnuda entre tus brazos. O quizás se lo estés haciendo a otra. Las condiciones del contrato dejaban totalmente clara esa cláusula que yo firmé como una idiota.
A tientas busco mis vaqueros desgatados, el jersey gris y las botas negras. Me visto y salgo del dormitorio sin hacer ruido, pensando que odio mis “te quiero” y tus malditas ganas cuando te apetezco una noche de tormenta… o cuando el alcohol hace que tu cuerpo quiera buscar calor en el mío. Un refugio que yo también acepto porque tengo la absurda impresión de que algún día nuestra historia será diferente y que conoceré de memoria cada recoveco de tu habitación no porque me invites a pasar un par de horas alternativas cada mes, sino porque me pidas que me quede. La resignación aflora a mi boca y se deja ver convertida en una risa amarga. Eso nunca pasará. Serán siempre otras manos las que dibujen garabatos en tu espalda, las que cuenten tus once lunares y a las que hagas de rabiar antes de regalarles un beso. No crees en los contratos de tiempo indefinido ni en las jornadas completas. Estás hecho para ser efímero. El carpe diem renacentista personificado. Y luego dices que no te gusta la literatura, la poesía, pero sigues escribiendo tus novelas en mi piel pálida, tatuando en ella los resquicios de tu imaginación.
Me envuelvo en mi abrigo caqui y salgo de tu casa tras echar la llave. Llave que oculto bajo el felpudo, tal y como me explicaste la primera vez que atravesé el umbral de esta puerta creyendo erróneamente que sería la última. Me arrepentí cuando llegó la segunda vez. Después, sin embargo, lo dejé correr. El frío me golpea la cara con crueldad como me abofetea la realidad. Todavía tengo las mejillas sonrojadas, aunque ese tono rosado no tiene nada que ver con las bajas temperaturas de diciembre. Te lo debo a ti y ni siquiera quiero deberte eso. Nuestros favores se transforman en deudas que acaban resolviéndose en tus labios. Deudas que sólo son recuerdos encadenados de eslabones frágiles, como el hilo de plata que nos une. Como las hojas secas que tiñen de otoño el empedrado gris.
Cuán vacíos resuenan mis pasos contra las piedras erosionadas, contra el asfalto que no me conduce a ninguna parte.
Cuán vacía resulta mi cama en la soledad de mi cuerpo.
Cuando entro en mi piso y dejo caer la ropa al suelo me doy cuenta de que aquí también hace frío. Me envuelvo en el edredón nórdico y espero a que el sueño me asalte. Y le doy la espalda a algo. A alguien. Quizás a ti. Quizás al quejido lastimero de mi corazón y a los “te lo dije” de la razón. Quizás a tus hombros dibujados a trazos. Le doy la espalda a todo eso mientras me pregunto si mañana podré hacer lo mismo con las letras que aún queman mi piel. Las tuyas.
Y, por mucho que me duela, ya sé la respuesta.
