El error está a la orden del día. Es inevitable la equivocación, como suelen ser habituales los posteriores remordimientos. Suelen ser. Porque en algunos casos ni siquiera es una opción. La lealtad, la fidelidad, la tentación… son puestas a prueba en distintos sentidos. Exámenes y autoevaluaciones que, una vez suspendidos, en ocasiones llevan a recorrer, como le sucede a la protagonista de este relato, esos tétricos túneles de culpa.
¿Seguimos leyendo?
El túnel era negro. Desde el suelo hasta el techo y las paredes. Negro, todo negro. Sus pasos retumbaban en la oscuridad como un eco macabro que la perseguía mientras seguía avanzando. Corría. Su respiración se agitaba más a cada segundo que pasaba y por momentos creía asfixiarse en aquellas vías abandonadas. El viento crepitaba en sus oídos como lo hacía el fuego. Fuego dorado. Aquella noche también había fuego. Fuego que se nota en el aliento, que pasa de boca en boca, de mano en mano… Fuego convertido en culpa.
Sacude la cabeza de un lado para otro casi con desesperación. Grita sin dejar de correr a ciegas. El túnel se hace más estrecho y se acrecienta su agonía. Siente la humedad desprenderse de las piedras, como si las malditas paredes estuvieran llorando. Ella se resiste a dejar caer ni una sola lágrima convertida en recuerdos que se bañan en la más absurda locura.
Recuerdos. No recuerda nada. Leyó en un thriller psicológico que el alcohol es responsable de que la memoria a corto plazo no funcione. Las lagunas mentales existen, pero no en el sentido de haber perdido los recuerdos, sino de ir tan borrachos que la mente no es capaz de generarlos… y mucho menos de almacenarlos. Pero ella recuerda el vodka descendiendo por su garganta. Y recuerda la culpa. Solo la culpa prendida en el cabecero de aquella cama, en las sábanas mojadas, en los gemidos que olían a la última copa o en el sudor que adornaba su frente esa madrugada de calor insoportable. Nada fue de ella. Nada le pertenecía, nada era suyo, pero tampoco de nadie más. Quizás por eso el engaño y la mentira llamaron a su pecho. Quizás por eso se olvidó de que había otra y dio rienda suelta a lo que únicamente fue un capricho. Tal vez por esa razón ocupó el vagón de aquel tren.
Le gustaban los trenes. Los veía deslizarse cada mañana bajo tierra, como largas serpientes rozando su cuerpo escamoso contra la arena. Le gustaba cómo el traqueteo y su susurro la acunaban hasta el punto de cerrar los ojos, apoyar la cabeza contra la sucia ventana y dormir. Y soñar que el viaje no se acababa nunca, soñar que lo que hacía era lo correcto, que era feliz. Que era diferente al resto de almas en pena que vagaba por los andenes de la ciudad. “Aquí yacen las vidas de nadie”, canturreaba tristemente siguiendo el ritmo con los dedos sobre sus vaqueros.
Nunca cedía su asiento. Ni siquiera se molestaba en fingir que estaba escuchando música para no atender a ninguna otra razón. Y sólo contestaba con un gesto de su mirada cuando alguien preguntaba si se iba a bajar en la siguiente estación.
—Sí —mentía. Hasta ese punto era infiel.
“Sí”. Únicamente dijo que sí cuando él cerró la puerta del dormitorio. Había comenzado el juego. Le cayó sobre los hombros como una predicción inquebrantable, como una sentencia. Había comenzado, pero ojalá nunca lo hubiera hecho.
Formaba parte de la injusticia, del teatro, el daño y de la mentira. Formaba parte del callejón sin salida. Y no estaba segura de poder perdonárselo algún día.
Las paredes del túnel vibraron de manera espeluznante cuando un nuevo grito se expandió por el aire. Algo le pisaba los talones. Algo grande y repulsivo. Sintió el nudo en la garganta cuando cayó desfallecida al suelo. Sintió quebrarse sus huesos. Le dolía todo, le pesaba todo. Sabía que no podía levantarse y seguir huyendo, como sabía igualmente que tampoco podría retener el llanto durante mucho más tiempo. Estaba sola. Se sentía sola, acobardada. Se encontraba perdida en aquella oscuridad, en los túneles de la culpa que vendrían a buscarla cada noche, que arroparían su cuerpo con sus dedos fríos y viscosos, pegándose a su piel, quemándola en su hielo.
Ojalá jamás hubieran existido aquellas noches en las que a ella le pedía que confiase y a él le suplicaba el último beso. Ojalá ninguna de las dos hubiera sabido cómo era aquella habitación, cómo los muelles del colchón crujían miserablemente bajo su peso. Ojalá se borrasen los últimos meses del calendario. Ojalá encontrase la opción de reinicio, porque nada de toda aquella pesadilla merecía la pena.
“Ojalá hubiera valido la pena”.
¡Cuán equivocada estaba!
Lo pensó cuando llegó el fogonazo de luz y las vías temblaron. Lo pensó mientras el tren chillaba a su espalda. Lo pensó mientras se abandonaba definitivamente y apretaba los puños, rendida, cansada.
Lo pensó mientras se dormía, mientras sus errores y la rabia entonaban un réquiem por ella. Mientras el tren de la culpa finalmente la arrollaba, la engullía, la consumía, se desangraba y moría.
