La puerta es de color azul, lisa, pesada. El pomo es de plata. Resplandece bajo la blanca luz de la estancia. De mi cuello cuelga algo parecido a una tarjeta de visita que se ladea suavemente mientras camino por el angosto pasillo, resonando mis pasos sobre el mármol del suelo. Es como una película de miedo con toques futuristas, con tintes del surrealismo de Dalí. Puedo ver los relojes derretidos de su cuadro en las paredes. «Persistencia de la memoria«. Es inquietante, pero lo es más lo que estoy a punto de hacer.
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| Fotografía: Pablico (Flickr) |
En mis manos sostengo con firmeza una carpeta del mismo color azul de la puerta con el logotipo de la empresa estampado en la parte superior, para que sea lo primero que se vea. No soy yo, es la empresa, es mi precio a pagar. No me importa, yo sigo adelante sin miedo. Esto es un mero trámite.
Por fin la puerta se abre ante mí y un hombre aparece en el marco. Es alto y delgado. Viste una túnica que contrasta con los colores de la habitación. Es negra. Intento vislumbrar lo que hay al otro lado de su cuerpo, una vez traspasada la puerta azul, pero solo veo una oscuridad penetrante, un abismo. Por un momento vacilo, pero el hombre extiende una mano de dedos blancos y raquíticos y señala mi carpeta. No hay marcha atrás. Ahora no. Se la entrego muy despacio, aunque ni siquiera pienso lo que estoy haciendo. Solo ejecuto, como un programa de ordenador bajo los mandatos de su administrador. Él echa un vistazo por encima y asiente conforme. Le gusta mi carpeta. La quiere. Mi vida debe de resultarle apasionante aunque a mí no me lo parezca. Porque ese es el precio por estar allí, mis datos, mi información privada, cada uno de mis segundos respirando… Mientras el hombre de la túnica negra pasa las páginas de mi carpeta averiguando mi edad, mis gustos, mi red de contactos y hasta la matrícula de mi coche, yo paseo mi mirada por su rostro. Hubiera gritado de haber podido, pero la impresión es tan grande que a pesar de separar los labios y cerrar los ojos con fuerza, mi boca no emite sonido alguno. Aquel hombre no tiene rostro.
De pronto cierra la carpeta, la hace desaparecer en el aire con un chasquido un tanto desagradable y me quita la tarjeta de visita del cuello. Acto seguido me entrega una clave de acceso y se aparta para dejarme atravesar la puerta azul.
Avanzo un par de pasos con decisión. Ya no puedo abandonar. Con la respiración entrecortada y el pulso a mil por hora cruzo el umbral de la puerta. El hombre sin rostro la cierra tras de mí y me acompaña a través del cuarto en el que ahora nos encontramos. La habitación es enorme, colosal… En nada se parece al pasillo tan discreto que he recorrido hasta alcanzar este lugar. Ni siquiera la estética se le da un aire. Aquí todo es gris, viejo, desgastado… Me recuerda a esas mazmorras tristes y malolientes ocultas entre los piedras de los castillos en la Edad Media. Un escalofrío recorre mi columna vertebral cuando en el centro de la estancia veo una jaula hecha de hierro oxidado. Dentro hay mucha gente, demasiada. ¡Infinidad de gente! Están hablando unos con otros y algunos incluso parece que juegan. El hombre sin rostro y yo llegamos a la puerta principal de la jaula. Allí me pone unas esposas de plata alrededor de las muñecas. He ahí el logo de la empresa… otra vez. Me hacen un poco de daño, pero enseguida me acostumbro a ellas. Es como si no las llevara. Después de echar la llave hace que se volatilice en el aire, tal y como mi carpeta, y me invita a pasar.
Es extraño, pero no lo medito. La decisión está tomada.
Con una sonrisa torcida y un ápice de locura entro en la jaula… con todos los demás.
¿Qué hacen las redes sociales con nuestros datos?
Redes centralizadas, descentralizadas y distribuidas
Las redes sociales nos dan las herramientas necesarias para generar nuestros propios contenidos, estar en contacto con nuestra familia, amigos, compañeros de trabajo… Nos permiten compartir fotos, vídeos, música, intereses y todo tipo de gustos o aficiones. Y también nos proporcionan la información que nosotros queremos si seguimos determinadas páginas, si le damos al famoso «me gusta». Somos los dueños de nuestra cuenta, de los datos que queramos volcar en ella e incluso de las personas con las que queremos compartir (o no) esos datos. Hay muchas y de variados tipos. Y son útiles en base al uso que se les dé.

Económicamente no vale nada crearse un perfil en cualquier red social, y no consume más de cinco minutos y unos cuantos clics del ratón. Pero ni siquiera abrir una cuenta en Facebook, por ejemplo, es gratis. El precio lo pagamos por anticipado al entrar en la red social con la información de nuestra propia vida. Le damos nuestro nombre y apellidos, dónde vivimos, dónde hemos estudiado, para quién trabajamos, quién es nuestra pareja, qué modelo de coche tenemos, a dónde vamos los fines de semana, qué nos gusta, qué odiamos, cuál es la última película que hemos ido a ver al cine, nuestro grupo de música favorito, nuestras reflexiones, nuestras fotografías, nuestros números de teléfono… Todo (en la medida en que uno gestione su cuenta, eso sí). Y no nos importa. Aceptamos el contrato y creamos nuestro perfil. Pero esos datos que nosotros entregamos voluntariamente van a parar al servidor de la red social en cuestión, Facebook en este caso, y allí permanecen hasta que nosotros decidamos salir de la jaula a sabiendas de que todo lo expuesto anteriormente, aunque lo borremos, sea ya propiedad del servidor principal, del núcleo.
Por eso hay tanta inquietud en cuanto a qué hacen las redes sociales con nuestros datos. Incluso se han creado leyendas urbanas al respecto. Pero no se trata simplemente de cuestionar Facebook. Aplicaciones móviles como WhatsApp provocan el mismo dilema.
Así pues, ¿dónde va a parar nuestra información personal en las redes sociales?
Las redes sociales no están dentro de nuestro ordenador, sino que todo lo que vemos a través de nuestro monitor es una ventana que da al patio de internet, en el cual nosotros podemos mirar en una u otra dirección.
Debemos saber que hay tres tipos de redes: centralizadas, descentralizadas y distribuidas. Facebook, Tuenti y Twitter son ejemplos de redes centralizadas, en las que solo existe un núcleo, un servidor principal, y todos los datos van a parar ahí. En las redes descentralizadas, sin embargo, existen varios núcleos entre los que se reparten los datos. Y en el caso de las redes distribuidas podríamos decir que no hay núcleo, que este va saltando de ordenador en ordenador cada cierto intervalo de tiempo, de modo que los datos no se almacenan en ningún sitio en concreto, como es el caso de los torrents. Están en todas partes y en ninguna a la vez.
Lo veremos mejor en el siguiente esquema:
Visto esto, cada uno decide qué hacer con sus datos y dónde depositarlos, ya que existen alternativas a las redes centralizadas.
Diaspora (descentralizada) es una de ellas, aunque no es la única.
Si estas redes son mejores o peores depende de la visión de los usuarios y de sus necesidades. Todas tienen sus ventajas y sus inconvenientes, y al final, como todo, es cuestión de gustos decidir cuál marcar como favorita. Entrar en la jaula tan solo depende de un único factor. Nosotros.