Esta no es ninguna historia de amor. En ocasiones la realidad nos confunde y nos hace sentir bello lo que en verdad es gris, triste. Mortal. Y por eso puede parecerlo, pero no hay ningún final feliz de cuento, sólo un final a secas, un epílogo y ya está. Este tipo de historias se cobró el año 2015 casi 190.000 vidas en todo el mundo demostrando que hay «Érase una vez» que no vale la pena empezar a leer.
Así pues, esta, como tantas otras, es la historia de un violín sin cuerdas ahogado por sobredosis cuyo sueño es volver a sonar.
¿Seguimos leyendo?
Tiempo atrás la nieve caía pura y violenta sobre estas calles. Cruel teñía la piedra de blanco y enmarcaba los valles en un fugaz recuerdo. Congelaba el invierno que ahora anida en mi pecho, pero no en aquellos años, no en aquel tiempo de luz cegadora y decisiones sin tomar, promesas rotas y tratados sin firmar. Y ahí estaba ella, ahí estaba yo contemplándola al bailar. Saltaba en el aire y parecía acariciar el cielo antes de tocar la tierra con la punta de sus zapatos desgastados. Así, mecida por el frío viento mientras avivaba el fuego de su interior respirando. Contagiándome su respiración entre billetes de veinte. Hipnotizado y perdido en cada movimiento.
Tiempo atrás no era de nadie, cuando perdíamos años con los veranos y las historias de amor no iban más allá del treinta y uno de agosto. Y esta ciudad no era tan grande, tan distante, ni nosotros tan ingenuos. Cuando no teníamos dinero. Desaprendimos con la experiencia de los errores y escogimos la bifurcación en nuestro camino de falsas baldosas amarillas. Libres, ella era libre. Yo vivía encarcelado en los latidos que no cabían en su cuerpo, preso en los suspiros que escapaban de noche, en silencio, en su efímera fragilidad. Obsesionado, adicto a sus manos de porcelana enroscándose alrededor de mi cuello.
Porque tiempo atrás la quería. Tiempo atrás era mía. Dueña de besos y caricias que traspasaban la piel, que se aferraban al alma como un clavo ardiendo con la intensidad de una llama antes de consumirse. Y no existía para mí nadie más. Ni nada. Sólo ella y mis celos ante los rayos del sol que la tocaban; ante la plata de luna que la bañaba. Ante otros ojos, otras manos. Ante el violín que cada atardecer otorgaba vida y hacía sonar. Y soñar. Su espalda contra mi pecho. Metrónomo de sentimientos que vienen y van. Deseo. Nos tatuamos el cuerpo a base de ganas del mismo modo en que nos olvidamos como si nos hubiesen practicado una lobotomía.
Caída. Caída en picado. Realidad, engaños y mentiras. Recaída.
Sobre el escenario sólo dejó un violín sin cuerdas, sonido roto. Tiempo atrás fuimos dos locos. Ahora la veo pasear con otros destrozándolos sin preguntar como hizo conmigo. Los conocería en el asiento trasero de un viejo coche, en algún local del centro, en los baños del cine o en cualquier esquina, cualquier noche… Una cualquiera de todas aquellas en las que pude amarla y no lo hice. No quise. Ya no. Tiempo atrás me tentaba ante el espejo con sus vestidos blancos. Seda del diablo que me ahogaba más y más. Me presionaba. Jugaba y me seducía para probar su boca también blanca. Y sentirla y hacerme sentir que podía volar.
Tiempo atrás era mi heroína. Ahora rompe otras vidas. Compone partituras mortales que resuenan en teatros vacíos, lejanos. Toca mil historias de amor no correspondido. Tragedias. Hiere, enloquece y mata mientras yo recojo los pedazos de este violín sin cuerdas preguntándome si algún día tendré el valor que me falta para escapar de aquellos tiempos de atrás, para volver a hacerlo sonar.
Y soñar.
