Ya no

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Fotografía: Esther Ampuero Gordo
Apenas llegamos al callejón que hay detrás del bar de siempre me siento desfallecer. Me tiemblan las piernas, pero no por el frío, sino por la sensación de tenerle cerca de nuevo, ni a dos metros de distancia. Cerca en todos los sentidos, quiero decir. Hablando otra vez.

Yano se recoloca su cazadora gris, esa que para mí es tan especial y que me trae recuerdos de aquella ocasión en que se la robé. Estaba demasiado ebria como para pensar con claridad, y cuando la vi hecha un ovillo encima del sofá del local, junto a la pista de baile, me tumbé sobre los cojines y me la eché por encima. Realmente no sabía que era de él, pero lo intuía por su olor inconfundible. Esa colonia que se echaba todas las noches. Ahora le veo con ella puesta y pienso que jamás habrá una próxima vez para jugar a que se la quito sin darme cuenta.

Me doy la vuelta y decido enfrentarle por fin. Nos taladramos con la mirada. Verde y marrón se encuentran en silencio, como meses atrás, contándose cosas que con palabras no se pueden expresar. En el cielo negro, las estrellas titilan nerviosas, más que cualquier otra noche. Pero la luna resplandece con su plata habitual en lo más alto, dándome fuerzas, otorgándome valor.

Sin embargo, no sé por dónde empezar. Siempre que estoy a su lado me siento como una niña pequeña, ridícula e indefensa que ha aprendido hace poco a dar sus primeros pasos y que aún no guarda bien el equilibro. Ahora entiendo que lo que yo sentía no podía ser amor, sino una retorcida enfermedad llena de locura.

Y es que después de tanto tiempo no estoy segura de haber amado. El amor no puede ser esta tortura, este caos enloquecedor, este maldito dolor de cabeza, esta presión que ahoga y consume mi alma. El amor no tiene que ser ficticio, sino estar concebido como algo real, palpable. Porque si el temblor de mis labios al pronunciar su nombre, si las miradas van a parar al suelo cuando sus ojos, entre verdes y castaños, se topan con los míos, si las palabras que nos decimos caen en saco roto y si mis lágrimas por Yano se traducen en esto que yo he aprendido a llamar (injustamente) “amor”, entonces… no quiero estar enamorada ni perder más mi tiempo. Esto no es amar… es ser estúpida a nivel extremo, algo en lo que yo me he convertido en toda una experta.

Amor… ¿Amor?

Quizás no. O tal vez sí. Tal vez sí lo era, pero nunca le vi como un igual, esa es la verdad.

Suspiro. Suspiro y le miro mientras el viento juega con los rizos de mi cabello, estropeándolo, como este momento. Guapo y tonificado, aunque no demasiado alto, se peina el pelo castaño con litros de gomina, dejándolo en punta. Le favorece. Le hace más atractivo, más deseable… más prohibido y peligroso. Puedo verlo en el brillo esmeralda de sus ojos. Y entonces siento un escalofrío recorrer mi columna vertebral como si fuera la certeza de que antaño deseaba esos labios, esa sonrisa… y sus manos. Tenía una obsesión insana por sus manos. Era como Jack Dawson en el Titanic explicándole a Rose que lo único que había tenido con aquella prostituta de París había sido un romance con sus manos.

Sí. El recuerdo de aquellos locos y prohibidos deseos es tan fuerte que incluso me corta la respiración. Sé que me mataría si dejase que carcomiera mi alma. Pero sé también que, por alguna razón, Yano me deseó una de esas noches que en nada se parecen a esta, tan fría y lúgubre.

Me obligó a ser fuerte y valiente. Me obligó a cambiar.

Y cambié.

Pero hoy ya no queda nada. Ni amor, ni odio, ni rabia, ni un orgullo demasiado herido como para seguir callando. Ni siquiera estoy enfadada.

Así pues, acorto la distancia olvidándome del temblor en mis piernas. Yano espera. Y entonces se repite la escena del verano que ya ha pasado hace años. Me lanzo a su cuello y le abrazo con fuerza. Sorprendido y contrariado a partes iguales, me devuelve el abrazo y nos quedamos un rato en silencio. Así, sintiendo el corazón del otro a través de la piel. No es el mío el único que va a mil por hora, aunque le obligo a serenarse. Ya no tiene ninguna razón de peso para latir de este modo, desenfrenado.

El abrazo dura apenas un par de segundos más. Ha sido frío, cosa que nada tiene que ver con las bajas temperaturas a las que nos encontramos.

Me gustaría chillar “eh, ¿qué está pasando?” y que la respuesta fuese tan clara como el sol que brilla por las mañanas. Me gustaría tenderle mi mano y presentarme formalmente como el día en que nos conocimos, preguntarle por su edad y sus aficiones y contarle yo las mías. Ser para él la amiga que dejé de ser con el tiempo, cuando se enamoró de la persona equivocada y los problemas llegaron a mi vida. Pero no puedo y no es porque las palabras me falten, es que no encuentro las ganas de sonreírle como siempre, ni de verle como antes, ni de sentir el roce de su piel con la misma intensidad, esa que meses atrás conseguía consolarme sin importar el motivo de mi agonía. Ahora solo puedo llorar, derramar lágrimas con estos ojos brillantes… Así, bajo las estrellas y su nerviosismo e ignorando el estúpido temblor que de mis piernas se ha trasladado a mis labios.

Yano me dedica una media sonrisa y mete las manos en los bolsillos de su cazadora. Se sube un poco el cuello del jersey que lleva debajo, protegiéndose del frío, y luego se encoge de hombros sin dejar de mirarme; sin dejar de sonreír.
Sí, Yano, ríete. Ríete del trapo que soy gracias a ti, la lágrima que cae y se derrama sin sentido y se seca al calor del verano; el suspiro que se lleva el viento… Mira tu cuadro. Mírate a ti mismo en el espejo de cada mañana. Y llora. Llora, sí. Llora por la condena que arrastro y cuya pena te salpica de rabia. Llora por lo feliz que eres mientras me sigues haciendo daño.

Prometí en su día que Yano nunca jamás me vería llorar, que mi boquita de fresa se curvaría en una sonrisa tan perfecta como hipócrita cada vez que le tuviera delante de mí. Y en cambio mi voluntad y resistencia vuelven a difuminarse hasta desaparecer, y yo pierdo la cuenta de las veces en las ha sido testigo de mi llanto insoportable y sin sentido.

Las lágrimas siguen cayendo lentamente. Se pierden en el suelo, enterradas en la arena, como cuando llueve. En esta ocasión ninguno de los dos quiere moverse. Ni él se acerca a socorrerme, ni yo me abalanzo sobre su pecho. Entiende (porque en el fondo me conoce) que no podría escuchar los latidos de su corazón. Ya me duele demasiado verle respirar con esa calma, como si con él no fuera la cosa.

Siempre le había visto como una especie de salvador, aquel que me tendió la mano sin miedo un bonito mes de enero, aunque luego el pánico fue más que palpable, cuando la seriedad del asunto nos convirtió en dos extraños condenados a ni siquiera mirarse.

Retrocedo.

No es que camine hacia atrás, que también, sino que me pierdo en la niña que solía ser y me pregunto qué fue de ella y dónde está ahora. No lo sé, pero quisiera saberlo.

Doy con la espalda en la pared y parezco despertar de mi ensoñación. Me dejo caer hasta quedar sentada sobre la piedra del pavimento cubierto de arena. No quiero estar allí. No vale la pena. No puedo olvidar. No a él, sino a la culpa que cargo sobre mis hombros sin haber hecho nada. No puedo ser libre… y por eso las lágrimas siguen cayendo, aún cuando creía que ya no podría llorar más. Aún cuando creía que ya no volvería a escribir estúpidas historias de (des)amor.

Yano…

Ya, no.

Fotografía: Zuzkins (Flickr)

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