Bajo los focos

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Me muerdo el suspiro antes de que escape de mis labios. La sala repleta de gente en silencio, mi corazón bombeando. Miedo. Pánico. Temo que los latidos desbocados de esta bomba se conviertan en el eco de mis sentimientos. Temo que resuenen en las paredes, que se suban al escenario, que simplemente te lleguen. Temo que me estalle el pecho, que revienten tus tímpanos. Temo. Tiemblo. Sin control. Y tal vez por eso entrecruzo los dedos de las manos en un intento por tranquilizarme. Contengo el aliento para no seguir respirando. Para dejar de suspirar… por ti.
 
A la calma que precede la tormenta le acompañan las dudas de siempre. Este silencio es un interrogante en mi mente, como tú cuando me dabas la espalda desnuda en la cama y yo no sabía si abrazarte o dejarte a solas, entre las sábanas blancas que enmarcaban tus curvas como un cuadro de Goya, como cualquier verso de Góngora. A la calma que precede la tormenta le persigue la culpa, y no le gusta tu mirada perdida, tu ceño fruncido, ni esa lágrima de felicidad que se desprende casi por accidente de tus pupilas. Estás preciosa bajo los focos. Con el pelo negro y rizado, revuelto, y los labios pintados de rojo. Estás preciosa con ese vestido largo y sencillo a pesar de que muchos te estén imaginando sin él. Yo incluido. Aprieto los puños. Estás preciosa, joder. No puedo negarlo: estás preciosa bajo los focos.

Iluminan tu figura, acarician tu tez sin malicia, deleitándose del espectáculo que sin más ofrece tu cuerpo etéreo, como si la obra de teatro fuera tan sólo un complemento. Tu sonrisa se me clava como se hundió en mí tu despedida, y crepitan sin permiso los recuerdos de aquellos días en los que fuiste mía. Sólo mía. ¿Sólo? No. Aún te veo en el umbral de la puerta, ebria, con el rímel corrido y una sombra en los ojos alejada de cualquier maquillaje. Todavía puedo oler el fuerte aroma del tabaco rubio que despedía tu ropa mal abrochada a pesar de que siempre me juraste que no fumabas. Mi forma de entender aquellas noches era a base de golpear los nudillos de mis manos contra el gotelé de la pared hasta hacerlos sangrar. Tu manera de comprender mi reacción era dormir tras haber ingerido el correspondiente ibuprofeno. Un intento nefasto por evitar la resaca de la mañana siguiente. La mía y la tuya.
 
Me revuelvo en el asiento, incómodo, y te sigo mirando mientras la nostalgia me juega una mala pasada. Otra más.
 
Un segundo, dos…
 
El aplauso estalla. La sala entera se pone en pie y vitorea tu actuación sin saber que cuando te bajes del escenario seguirás actuando, interpretando el papel de mi serendipia. Yo también aplaudo y te dedico una leve inclinación de cabeza. Siento una punzada de celos al ver que el público grita tu nombre sin parar, haciéndolo suyo como si así pudieran enjaularte; al descubrir que me miras sin ver, con crueldad, con maldad y prepotencia. Porque ese es el único guión que no sabes representar.
 
Fuego. Fuego de infierno. Como el alcohol que quema siempre mi garganta. Así mi limerencia. Así mi envidia. Así son mis celos.
 
Aparto con cuidado a los espectadores. Están haciendo comentarios sobre lo buena actriz que eres, pero apenas los oigo. No quiero escucharlos. Podría contarles la verdad de tu vida y lo miserable que volviste la mía con tu sola presencia. Se horrorizarían y dejarían de aplaudir. Sin embargo ese no es el final del acto que tengo planeado.
 
Avanzo por el pasillo sin que nadie repare en mí. No me extraña. Por norma general no suelo destacar. Hoy todo será diferente. Hoy seré yo la estrella. Lo pienso mientras introduzco mis dedos en el interior de mi chaqueta gris y acaricio con suavidad la culata del revólver. Desconozco todo acerca del arma. Sólo sé cómo se dispara. Sólo sé que las balas llevan tu nombre. Hoy se acabará toda mi ansiedad.
 
El mundo se mueve a cámara lenta cuando estoy al pie del escenario. Durante una fracción de segundo tu mirada se detiene sobre la mía. Verde y ámbar se encuentran de nuevo, pero son incapaces de transmitirse amor. Ni siquiera aunque fuera falso.
 
Me llamas. La sala vuelve a quedarse en silencio. Quizás el público se esté preguntando si la obra realmente ha terminado o queda algo más por ver mientras yo dejo escapar el suspiro que estaba conteniendo.
 
Soy la calma que precede a la tormenta. Los rayos y los truenos que amenazan en el cielo y que caerán sobre ti, sobre tu vestido, sobre todo aquello que fue nuestro. Pero también soy esa tempestad alimentada por la locura de perderte, de no tenerte, o de haberte amado sin preguntas.
 
Alzo el arma. No te da tiempo a procesar lo que está pasando.
 
Disparo.
 
Alguien grita. El olor a sangre inunda mis fosas nasales.
 
Disparo.
 
Caes de bruces contra el suelo. Toda tu aura inefable se quiebra bajo el peso de nuestra historia.
 
Disparo.
 
Me llevo el arma a la cabeza. La aprieto contra la sien.
 
Disparo.
Estabas preciosa bajo los focos.
 
Teatro de Alabama
Fotografía: Bahman Farzad (Flickr)
 
  1. Abr 3, 2015 2:55 pm

    Como de costumbre, escribes con una brillantez apabullante. Tus textos denotan una maestría impropia de una escritora/periodista tan joven. Enhorabuena una vez más por todo ello.

    Mi única objeción es que a veces no queda claro (o no me queda claro a mí por lo menos) lo que has pretendido expresar. Por ejemplo, ¿qué significa «mi limerencia? ¿cuál es «el papel de mi serendipia»? ¿el de la casualidad?

    Por supuesto son preguntas retóricas, a las que no tienes que contestar. Te las hago porque estoy seguro de que no perteneces a ese génerto de escritores que tienen a gala que sus escritos no sean accesibles «al vulgo», como aquel que se los leía a su cocinera, y si esta los entendía no los daba por buenos y los tiraba a la basura.

    Sé que lo haces, pero no dejes de estudiar, de trabajar, de leer y escribir constantemente. Llegarás todo lo lejos que te propongas.

    Un abrazo para ti y para toda tu familia,

    Nicolás

  2. Abr 12, 2015 10:19 am

    ¡Hola, Nicolás! Muchas gracias por pasarte por el blog y comentar, como siempre. Perdona por responder con tantos días de retraso. El máster me ha tenido muy ocupada. Antes que nada, no me molesta en absoluto la crítica, al contrario: la agradezco. Me ayuda a mejorar y saber la opinión de quien me lee.

    Sobre los términos a los que te refieres, también yo tenía mis dudas sobre si emplearlos o no en el texto. Creo que para hacer que la literatura sea «bella», o simplemente para contar una historia, no hay necesidad de utilizar palabras extrañas e incomprensibles como pueden ser «limerencia» o «serendipia». Hasta donde tengo entendido, ambas son anglicismos. La primera de ellas hace referencia al estado involuntario de enamoramiento que incluso puede llegar a ser obsesivo. La segunda es un descubrimiento inesperado que se encuentra tras estar buscando algo distinto.

    Dicho esto, mi intención no es escribir para que nadie me entienda, cosa que también puede hacerse sin emplear un vocabulario desconocido. En cualquier caso, agradezco nuevamente tu comentario e, insisto, no me molesta, sino todo lo contrario.

    Espero verte de nuevo por el blog, aunque se avecinan cambios en Radhuk.

    ¡Abrazos igualmente para ti!

    Esther.

    http://www.oxforddictionaries.com/definition/english/limerence
    http://www.oxforddictionaries.com/es/definicion/ingles/serendipity

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