Contra la pared de gotelé

122/142

Me dejo caer hasta quedar sentada en el suelo, la espalda apoyada contra la pared de gotelé de color malva. Cerrar los ojos es todo lo que quisiera para no ver lo que tengo delante; no saber nada de lo que está detrás. Pero eso sería otra forma de huir, algo a lo que jamás volveré a enfrentarme. Las puertas del armario están abiertas ante mí, mostrándome el único pedazo de tu vida que se ha quedado en esta casa. Tu ropa, toda ella arremolinada y muy arrugada, permanece en equilibrio colgando de las perchas de madera, y las sombras proyectadas sobre la oscuridad del armario se asemejan a figuras ahorcadas en las vetas marrones. Aún llevo tu camisa blanca. Es lo único que me viste, el único recuerdo que retiene tu olor, el de aquel perfume caro que te regalaba por Navidad. Solía decirte que te quedaba perfecta, aunque prefería verte sin ella. Nunca imaginé que me la quedaría, pero tampoco que tuviera deseos de quemarla. Nunca pensé que hubiera un último beso, que se agotasen los «te quiero» o que mi sonrisa endiabladamente estúpida dejase de aparecer con el tiempo. Y tú nunca imaginaste que fueras a echarme de menos, que tejería mis hilos de plata alrededor de tu cuello para transformarte en la única víctima de esta telaraña.
Fotografía: Mary’sp (Flickr)
Te fuiste sin pedir permiso a mis ojitos negros, teñidos de rojo después de tanto llanto sin sentido. Te marchaste sin despedirte de mis labios cortados, de los suspiros que escaparon de mi boca sin transmitirte todo aquello que sentían. Y ni siquiera sonó el portazo que marcaría el final de nuestro cuento de hadas, sino que sólo el silencio se quedó para hacerme compañía. Mudo, frío, impasible y muerto. A veces es mejor que te absorba como si te hubiera cortado la lengua para no decir nada, para no romper lo que no ha de ser roto, lo que pende de la cadena que te ata a mí. Únicamente me quedó el vacío. Eso y la inutilidad de tu recuerdo vagando a solas por mi memoria… Fue tan sólo el viento pasajero de una noche de verano, la estrella fugaz del mes de agosto.
Y aquí me tienes, escribiendo historias de amor sobre mi piel porque no puedo dormir. Porque odio mi cama vacía si no estás tú retirando las sábanas de mi cuerpo, quedándote con toda la manta mientras finjo que no me importa y me acomodo en tu espalda. Y respiro ese maldito perfume. No estás tú para declararme la guerra sobre el colchón y los muelles que crujen y se revelan, pese a saber que nosotros los ignoramos por completo.
A cada palabra, un latido. A cada letra, un recuerdo. ¿Cuántos he relatado ya?
Fotografía: María Marangolo
No sé por qué escribo si probablemente mis palabras no sean más que fraudes sin sentido. No sé a dónde pretendo llegar. No sé si quiero que leas estas líneas y te des por aludido, que mires por la ventana y te preguntes si echas de menos esta camisa que poco hace contra el frío. No sé si quiero tenerte y amarte o alejarte para siempre de mi lado. Odiarte. Olvidarte. Forjar de nuevo el entramado de mis sueños y terminar mis poesías sin tener que inspirarme en tu pelo corto y rebelde, en tus ojos de color ámbar o en tu sonrisa torcida cuando me buscabas las cosquillas.
Sé que a ratos te quiero. Sé que somos dos extraños que jugaron a robarse suspiros contra esta misma pared de gotelé. Sé que a ratos también te odio. Sé que tan pronto como te eche de mi vida te suplicaré que vuelvas. Y sé que ondearé la bandera blanca cuando esto vuelva a pasar y te marches dejando el armario abierto de par en par, como debía haberse quedado la puerta que, sin embargo, has preferido cerrar.
Créeme, desearía encontrar un conector mejor para pasar al siguiente párrafo y hablar de otra cosa. Percha, lo llaman. En cambio y para mi desgracia, el hilo conductor de esta farsa eres tú.
Yo escribo cuentos, pero no creo en ellos. Tienes la culpa de haberme disfrazado de una falsa princesa que necesitaba ser salvada. De hecho, me diste la obcecación y la fijación para encerrarme en esa torre tan alta y esperar a que alguien me rescatara. Tú jugaste a ser el príncipe azul. Aquel que lucharía contra el dragón que custodiaba mi alma. Tú me hiciste creer que era buena, especial. Una entre un millón. Y no lo soy. No necesito que me rescates. Ya no.
Espero que estés contento si me ves llorar y, más aún, si de pronto decido ahogarme por mi cuenta. Si decido contener la respiración apostando contra el propio tiempo a resistir otro día más.
Deshaciendo los nudos de mi garganta, abriendo las arterias de mi corazón. Voy recitando estas palabras escritas con tinta negra sobre mis piernas blancas. Los folios en los que tú dibujaste mil “te quieros” con tus labios. Tal vez cuando ante el espejo siga escribiendo, entienda que no comprendo nada, que se me ha agotado la inspiración y que soy solo el trapo que une los tejidos de las muñecas que venden en la tienda de la esquina. Que busco el camino en otras bocas que también relatan historias, a ver si te encuentro en una de esas estúpidas fábulas de amor y te conservo entre sus páginas para no dejarte salir nunca. Para quitarte tu camisa blanca cuando yo quiera y para no tener que dejarme caer contra la pared de gotelé.
Construir tu jaula.
Para que vuelvas una y mil veces a esto que llamamos hogar… incluso aunque tú no cedas, aunque te niegues. Incluso aunque ya no me quieras.

Para que vuelvas a esto que, injustamente, denominamos amor.
Fotografía: Viviendo más de noche que de día (Flickr)

  1. May 19, 2013 5:05 pm

    Las despedidas siempre son tan amargas… Bien reflejada, por cierto.

    Nos leemos.

  2. May 19, 2013 9:23 pm

    Tienes razón, no importa si es una despedida «temporal». Siempre es difícil decir adiós. Y ante la incertidumbre de si una persona volverá o no, resulta incluso más complicado. ¡Gracias por tu comentario! ¡Nos leemos!

Responder a Esther Ampuero Gordo Cancelar la respuesta

Write Comment...

Name

Email

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.