¡Hola a todos! ¡Se nos acaba esta semana y la cerramos en Radhuk! La imaginación ha echado una hora extra para sacarse de la chistera este relato y ya no podía esperar a mañana para publicarlo. Sí, otra vez llevo el amor por bandera, aunque en esta ocasión hablamos del amor ciego… literalmente.
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Dicho esto, os deseo a todos un buen fin de semana. Nos vemos de nuevo el lunes por aquí.
¡Besos!
¿Seguimos leyendo?
—Déjame mirarte.
El tiempo le había permitido formular aquella petición. Los segundos acumulados en el reloj de nuestras vidas durante meses me habían hecho llevar sus manos a mi rostro como única respuesta. Sonreía. No ella, sino su alma. Pude notarlo en el tacto de sus dedos sobre mi piel. Muy despacio, muy suave, como si fuera de cristal. Yo no. Ella. Sólo ella. Como si fuera a derretirse por tocarme al fin. Tenía los ojos cerrados. Los suyos, abiertos, pero a la par sellados. No veía, aunque sí me miraba. Me miraba con los latidos que huían de su pecho. Desbocados, acalorados, locos y ciegos. Ciegos. Como sus pupilas veladas. Me miraba sintiéndome; me sentía con su mirada.
El silencio del espejo cuando su cuerpo se posaba sobre su superficie se me antojaba casi cruel. Quizás era la única que podía hacerse esa pregunta. O quizás no entendería nunca de belleza. Al menos, no del mismo modo en que yo la concebía. Pura, nívea, brutalmente inocente, ingenua, humana. Tal era su imagen vestida de espejismo, de oasis en el desierto.
Abrí los ojos para encontrarme con los suyos tras un breve parpadeo. El dolor de aquel vacío había convertido nuestros “te quiero” en otra declaración muy distinta. Igual de sentida, pero muy dolida.
—Te hiero —susurré.
—¿Me hieres?
—Sí.
—Yo a ti también.
Apoyé mi frente contra la suya comprendiendo mejor que nunca que mi luz era su oscuridad, que cualquier fotograma en blanco y negro sería para ella un ventana abierta pintada con el arcoíris. Irónicamente cada uno de sus poros destilaba color. Teñía mi mundo de vida con su tacto, con las historias en relieve que me leía en voz alta cuando dejaron de importarme los periódicos, la radio y la televisión. Ella. Sólo ella. Pura, nívea, brutalmente inocente, ingenua, humana.
Me incliné ligeramente hacia sus labios. Ella adivinó mis intenciones.
—Los besos no se ven —dijo. En aquel juego sólo teníamos permitido mirarnos.
—Los míos, sí.
Conduje sus dedos hacia mi boca y presioné. Luego permitió que deslizase mis propias manos por las hendiduras de sus labios, heridas causadas por el frío y seco aire otoñal. Allí note su pulso, la sangre bombeando, las mariposas anidando en su estómago. Mis labios no llegaron jamás a tocar los suyos, pero sé que nos estábamos besando. Y era desgarradoramente doloroso. Tan cerca y tan lejos.
Nos miramos por última vez. Ella, con los latidos que huían de su pecho. Desbocados, acalorados, locos y ciegos. Ciegos. Como sus pupilas veladas. Me miraba sintiéndome; me sentía con su mirada.
Yo, cegado por su inconmensurable luz, también la contemplaba.
—Déjame mirarte —supliqué.

Nov 12, 2015 6:48 pm
¿ Es ciego el que no ve ? el relato no, yo sonreí. Precioso.
Nov 14, 2015 10:55 am
Muchas gracias, Nuria, como siempre. ¡Abrazos!